Señor director:
En el número 2053 de Proceso se aborda la polémica acerca del gentilicio para nombrar a los habitantes del Distrito Federal, debido al decreto que cambió la denominación de la urbe por el de Ciudad de México. Permítame referirme el hecho mismo del cambio de nombre.
Ha resultado un verdadero atropello dicho renombramiento, ya que supone la negación de la personalidad propia de los pueblos originarios de la Cuenca de México. En sentido estricto, la Ciudad de México es lo que antes fue México Tenochtitlán y que, en un tiempo, se denominó el Primer Cuadro de la Ciudad de México. Más allá de eso, ya se trata de otras poblaciones. Si bien es cierto que la urbanización generó una gigantesca conurbación que se ha engullido a buena parte de los asentamientos, eso no significa que los pueblos originarios pierden su naturaleza. Milpa Alta no es Ciudad de México. Azcapotzalco no es Ciudad de México. Tlalpan, Coyoacán, Iztapalapa y San Ángel tampoco lo son. Éstos y otros muchos más tienen su propia historia, sus barrios internos, y mantienen su ciclo anual de fiestas religiosas. Incluso algunos conservan algo de su antiguo ciclo agrícola y de su organización comunitaria. No son “colonias”, son pueblos fundados como comunidades agrarias, congregaciones religiosas y unidad política con gobierno autónomo.
A ningún estado del país se le ocurriría establecer como nombre de su entidad el de su capital. ¿Imagina usted que Michoacán se rebautizara Ciudad de Morelia? El Distrito Federal es una entidad con su capital –la Ciudad de México– y sus delegaciones –que equivalen a municipios–. Difícilmente, los xochimilcas adoptarían como identidad la de “mexicalinos” o algún otro gentilicio de índole semejante. “Distritenses” tiene sentido para referirse a los habitantes de la entidad Distrito Federal, pero no querer llamar a todos con un gentilicio derivado de Ciudad de México. Es de presumir que los legisladores que perpetraron este atropello hicieron tabla rasa de la historia y la cultura de los pueblos y barrios originarios.
Atentamente
Carlos García Mora, maestro etnólogo
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