Sin transición, apenas con el final del anuncio de la tercera llamada y el escenario aun sin luces pero con el telón abierto, se adivina más que verse una figura femenina vestida con uno de esos típicos y bellos caftanes africanos multicolores que, colocándose en el centro, empieza a cantar con una poderosa y clara voz que nos revela a plenitud la negritud y ese sabor inigualable que solo el África profunda puede producir.
No hay acompañamiento instrumental pero la voz lo llena todo y, a su expansión, van también encendiéndose las escénicas luminarias y escuchándose los acordes de un par de instrumentos que no son los que habitualmente vemos en nuestras orquestas y conjuntos, un balafón y un n’goni que, para que usted se forme idea, le diré que en nuestros términos son una marimba y un bajo de seis cuerdas. Pero el balafón es balafón y no marimba y, por supuesto, el n’goni no es un bajo.
A estos instrumentos se une el kora, otro cuerdófono que, digamos, es como un chelo pero de mástil largo; y esa voz, la de la cantante Hawa, y los sonidos de los instrumentos, nos trasladan de golpe a lo profundo de la negritud original y nos sumergen en lo desconocido, la magia atrapante de “La noche de los griots”.
Los griots: los que saben y cuentan, los que llevan las noticias y narran las historias, los que recogen y trasmiten las leyendas, los que toman, amorosamente cobijan, preservan y, llevándola de una a otra a otra, a otra, a otra generación, hacen permanecer viva la tradición, las tradiciones.
Son, para nosotros, los juglares, los trovadores, los lutieres, los trasmisores, los que, como los nuestros de la civilización occidental, surgieron allá por el siglo XVIII, o por lo menos de ya por esa época se tiene registro, para cantar-contar las gestas, las guerras, los reyes pero también el hecho cotidiano. Fueron los periodistas, los reporteros del Medioevo, Gutenberg aún tardaría un poco.
Pero, al contrario nuestro, allá la tradición no se ha perdido y los griots, el griot, él o ella –porque también las mujeres puede ser griot–, son un personaje importante en su comunidad, el depositario y trasmisor de la memoria colectiva, el responsable de que el conocimiento no se pierda. Surgieron en el XIII y se mantienen en el XXI para que su permanencia se mantenga hasta el fin de los tiempos. Y ese trabajo no es otro sino seguir contando-cantando la vida, y hoy también denunciarla, desenmascararla, combatirla en la injusticia y, a través de la música-canto-poesía (el arma cargada de futuro del que hablara Gabriel Celaya), contribuir a un mundo mejor.
Eso nos dejó la leyenda viva del profundo canto africano: Kasse Mady Diabaté, su hija Hawa, el sorprendente balafonista Lassana Diabaté, un auténtico virtuoso de su instrumento que nos hizo recordar que no conocemos a ningún marimbista de su talla; el tañedor del n’goni, Mamadou Kouyaté, y el que hace sonar el (¿o será la?) kora, Ballaké Sissoko. Un grupo como nunca habíamos contemplado en vivo. Sin duda, La noche de los griots en el Esperanza Iris durante el Festival del Centro Histórico.








