“Pseudomatismos”

Sin una narrativa curatorial que explique la identidad, riqueza y complejidad   del arte electrónico, la exposición Pseudomatismos de Rafael Lozano-Hemmer, que presenta el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se percibe como una propuesta reduccionista que, centrada en la seducción del entretenimiento tecnológico, soslaya la esencia de esta disciplina artística: la experiencia interactiva con los espectadores. Una experiencia que se basa en la comunicación y que es muy diferente del simple acto de activar las obras con el movimiento, tacto o calor corporal.

Curada por José Luis Barrios –académico de la Universidad Iberoamericana– y Alejandra Labastida –¿sobrina de la coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, Teresa Uriarte de Labastida?–, la exposición sorprende por la ausencia de un discurso que rebase la descripción técnica y operativa de las piezas. Si bien se informa que es la primera exposición monográfica de la obra de Lozano-Hemmer en un museo mexicano (un dato irrelevante), no se explican ni el concepto curatorial, ni los criterios de selección de las piezas, ni el tipo de historia personal que se pretende narrar.

Nacido en 1967 en México y con estudios en físicoquímica cursados en Canadá, Lozano-Hemmer ha destacado en la escena artística internacional  por la eficaz y emotiva comunicación que establece entre tecnología y comportamiento humano. Como todo el arte digital interactivo, su propuesta se basa en el diseño de sistemas tecnológicos que, en distintos formatos –instalaciones, proyecciones, objetos, displays, máquinas–, sean capaces de generar contextos, situaciones y experiencias que propicien nuevas formas de relacionarse con la realidad. Sumamente atractivo por el juego que establece con el espectador, este tipo de arte tiene el reto de rebasar el entretenimiento simplista de vivencia inmediata y fácil olvido.

Integrada por aproximadamente 20 piezas realizadas entre 1992 y 2015,  la exposición presenta, con excepción de las intervenciones en espacios públicos, todos los géneros que ha cultivado el artista. Aun cuando no es explícito, a lo largo de la muestra se detectan algunas temáticas que lo caracterizan: su confrontación ante el acto de ser vigilado –instalación de cinturones que siguen al espectador al activarse con su calor (2004)–; la emotividad de la interconección humana –instalación de 2006 con focos que se prenden y laten al unísono de los latidos de los espectadores–; el vínculo individuo-sociedad –serie de displays creados entre 2006 y 2007 que proyectan la silueta del espectador activando la acción de recuadros que reproducen situaciones distintas de múltiples personas.

En lo que corresponde a su pensamiento político, el MUAC omitió su confrontante proyección interactiva que, bajo el título de Nivel de confianza (2015), asimila la fisonomía de los espectadores con alguno de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

Consumida por numerosos visitantes como una rápida acción corporal que activa las obras, la muestra necesita información que contextualice tanto su contenido como la significancia del arte digital. Es lamentable que un museo universitario la reduzca a un intrascendente entretenimiento.