Un gran coro festeja los 80 años de Mario Vargas Llosa. Literariamente los merece y como latinoamericanos no dejamos de sentirnos orgullosos de que haya ganado muchos de los mejores premios, y claro, el Premio Nobel. El siglo pasado fue en novela y en poesía el siglo de Latinoamérica, como el siglo XIX lo fue de los narradores rusos y estadunidenses.
Hay cinco o seis novelas suyas que quedarán como de lo mejor que escribieron latinoamericanos en el siglo XX (La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, La fiesta del chivo). Aunque a veces peca de prolijo, como ensayista Vargas Llosa es admirable, y La orgía perpetua (1975), y La verdad de las mentiras (1990), su canon personal de las novelas del siglo XX, me han sido muy gratos y útiles.
En cuanto a sus obras de teatro quedarán como una lección de que grandes novelistas no necesariamente pueden llegar a ser, aun proponiéndoselo con seriedad y poniendo su mejor ingenio, ni medianamente dramaturgos. No las he visto en escena, pero al leer al menos cuatro de ellas –un par reseñé en su momento para Proceso– uno no deja de preguntarse cómo se podría perfeccionar mejor la cursilería y la banalidad.
Como teórico político, me parece un seguidor de segunda fila de lo que pensaba con intensa lucidez Octavio Paz. Vargas Llosa tiene definido un esquema, en el que si no se siguen en determinado país las bases del neoliberalismo, es decir, el mercado libre y toda suerte de libertades, el gobierno de ese país entra al terreno de la satanización. Pero la mínima desviación, o lo que él crea que lo es, merece de su parte el dedo flamígero. En eso no oculta su alma de ayatola. En una entrevista por sus 80 años declaró que vivimos en un mundo mejor. Tal vez porque él lo viva, así lo cree, aunque este mundo tenga mucho más de infierno que de cielo.
Puede admirarse en ocasiones su valentía, pero hay hechos que me parecen tocaron límite. Cuando fue candidato a la presidencia del Perú en 1990, venturosamente para la literatura fue derrotado por Fujimori. Jugó y perdió, y está bien, son las reglas del juego. Leí en 1993 con admiración su libro autobiográfico El pez en el agua y me asombró cómo decía, aun injustamente en algunos casos, todo lo que pensaba de cada personaje y hecho. Sin embargo, casi coincidiendo con la publicación, ante mi perplejidad total, se nacionalizó español por el riesgo, supuesto o real, de que le fuera retirado el pasaporte peruano y convertirse en “un paria”. Confieso que me causó una mezcla de indignación y repulsión. Me pareció una gigantesca traición a millones de peruanos que votaron por él, es decir, que lo votaron como peruano, y no como español.
¿Qué cara podía dar a todos los peruanos, entre ellos algunos valiosos intelectuales, a quienes había fulminado en su libro? ¿Se le retiró el pasaporte peruano? ¿Se hubiera convertido en un “paria”? Vamos. Con la celebridad literaria que tenía, como recién candidato a la presidencia de una república ¿qué país no se hubiera honrado con darle el pasaporte como perseguido, y primero que nada, Francia, Inglaterra o España, los países donde había vivido más?
Más explicable pero mucho menos patriótico es el otro argumento que dio en aquel 1993: los peruanos eran muy mal vistos y el visado para entrar a otros países les causaba mucho engorro. Se sentía “sorprendido y halagado” por el estatuto legal que le daba el gobierno de Felipe González. Los que no se deben haberse sentido “sorprendidos y halagados” con su pasaporte español que le abría todas las puertas de Europa fueron los millones de peruanos que votaron por él apenas tres años antes.
Como a los otros grandes narradores del “boom” –García Márquez, Fuentes y Cortázar– a Vargas Llosa le encantó la cercanía del poder, y ante todo el poder presidencial. Para celebrar sus 80 años, Vargas Llosa hizo una fiesta para 400 invitados en el Hotel Villamagna –políticos, grandes empresarios, socialités, periodistas y escritores afines–, en fin, no cualquier gente, sino la gente bien. Como tituló el diario español El Mundo, una fiesta de “besamanos y lujo”.
Hay gobernantes tanto de centro como de derecha y de izquierda muy estimables y decentes, y siempre recuerdo la frase de Albert Camus, quien decía que no importaba la posición ideológica del gobernante, sino que gobernara bien. Pero ¿quiénes estaban entre los expresidentes invitados de derecha y de ultraderecha? Sólo ejemplifiquemos con dos. Uno, un psicópata y asesino como el colombiano Álvaro Uribe, de quien buena parte de la familia y de colaboradores tienen cuentas directas o pendientes con la justicia, y el otro, José María Aznar, quien obligó a España a entrar a la guerra de Irak, pese a la aplastante oposición, y quien culpó a la ETA de los atentados del 11 de marzo de 2014, sabiendo perfectamente que habían sido terroristas islámicos, lo cual le costó a Rajoy llegar esa vez a presidente.
Las consecuencias de la guerra de Irak, debida a la ambición por el petróleo y a las ganancias de la reconstrucción del país arrasado por parte de los Bush y los Cheney, los Blair y los Aznar, sigue pagándola occidente con creces y no se ve a corto o mediano plazo cómo puedan detenerse las ramificaciones terroristas. Un añadido: ¿alguien estaría dispuesto a alzar la mano para defender como político de izquierda a Felipe González?
Pero veamos un escenario parecido en un caso contrario: ¿Qué habría opinado Mario Vargas Llosa, qué habrían dicho los escritores y medios conservadores (que son la inmensa mayoría en prensa, radio y televisión), si en sus 80 años, García Márquez, en una gran fiesta, habría invitado a su casa de la calle de Fuego en el Pedregal a Fidel y a Raúl Castro, a Néstor Kirchner y a Hugo Chávez, a Evo Morales y a Daniel Ortega? Sólo una diferencia: uno sí lo hizo y el otro no; uno es, desde 2011, gracias a la magnanimidad de Juan Carlos II, marqués de Vargas Llosa, el otro es simplemente Gabo.
¿Cómo tomar las palabras que Vargas Llosa dijo al enterarse de su marquesado?
Algo más: Vargas Llosa recomendaba a los escritores no trivializarse y aparecer en revistas frívolas o de chismes. Quizás ahora podría decir: depende cuáles, porque él es ahora estrella de la revista ¡Hola!
Mario Vargas Llosa llegó a los 80 años. Sinceramente, felicidades. Escritores así no nacen con frecuencia. Pero ojalá no hubiera sido tan buen amigo de sórdidos y siniestros expresidentes neoliberales, que hicieron un desastre en su país, tan impresentables como buen número de aquellos de izquierda. l








