La asesina en la muestra

En la época de la dinastía Tang (siglo IX), Yinniang (Shu Qi), una joven princesa entrenada por una monja para matar, recibe la misión de eliminar al Señor Tian (Chang Chen), el gobernador de la provinicia de Weibo. La asesina descubre que la concubina está embarazada y que la primera esposa se vale de un brujo para controlar a la corte. La asesina (Nie Yin Niang; Taiwán, China, Hong Kong, 2015), está basada en un relato de la época adaptado por un equipo de literatos chinos y taiwaneses.

No era tan difícil suponer que algún día el taiwanés Hou Hsiao-hsien llegaría a hacer una película de wuxia (género de artes marciales y caballería), que parece ineludible para los maestros del cine chino, de Zhang Yimou a Ang Lee; pero casi imposible era imaginar cómo la magia y la acción de los combates se integraría a la poética del autor de La ciudad de la tristeza (1989).

Poco apreciado en su país, tanto por su falta de corrección política como por su estética complicada, Hou es un favorito de la crítica occidental, ya que es considerado por algunos como el más grande cineasta vivo. Ahora los fanáticos del cine de kung-fu protestan por el tratamiento secundario y distanciado, casi de soslayo, que Hou hace de las peleas de la letal Yinniang. La asesina diluye casi por completo las fórmulas de King Hu o de Chang Che, que con su gramática de acentos visuales y ritmo sincopado en los combates, perfeccionaron el género wuxia.

Pero lo que a Hou Hsiao-hsien le preocupa es captar flujos de vida y retratar más lo invisible que lo visible; las tomas rara vez se fijan en un rostro, el personaje es parte de la puesta en escena, y lo que pasa dentro del individuo es tan misterioso como lo que ocurre dentro de los demás objetos. Clave para apreciar su cine es entender que la cámara es una persona que posee su propio punto de vista, trata de captar un todo que la elude constantemente; en el lenguaje cinemático de Hou no exite la noción de montaje, la vida es un flujo continuo que, paradójicamente, sólo puede captarse de manera discontinua; si la cámara voltea, se distrajo, los movimientos de los personajes y su disposición pudieron haber cambiado.

En el ritmo de interiores y exteriores, la naturaleza representa la inocencia; la fotografía de Ping Bin Lee (Deseando amar) reproduce un tiempo mítico donde la belleza de los paisajes no ha sido aún violada por la rapiña industrial. La ambientación de interiores (recreados a partir de la investigación obsesiva de Hou sobre los usos culturales durante la dinastía Tang), las costumbres de la corte o de los campesinos, sus baños rituales, o hasta la forma de tratar las heridas, se sienten tan concentradas que cuando un personaje sale a la naturaleza lleva consigo la atmósfera de esos interiores. Lo fascinante es que la densidad en el cine de este artista no proviene de la saturación del decorado, sino de metonimias, manejo de distancia y vacío: “liubai” (dejar en blanco, en palabras de Hou).