Retrocede el país en materia de libertad de expresión que se manifiesta en una crisis severa del ejercicio periodístico. Reporteros asesinados, amagados, en el exilio; prensa crítica al borde de la extinción por falta de publicidad, cercada por las empresas multimedia; una explosión informativa en internet proveniente de emisores empresariales que con sus páginas inundan el ciberespacio.
Además: El ejecutivo al servicio de las grandes televisoras; dinero en abundancia, subsidio disfrazado de compra de tiempo; un congreso dominado por la idea de que sin pantalla no hay partido ni político que exista y gane elecciones. En estas circunstancias, la involución es posible (Proceso, 2053).
El planteamiento que pretende modificar lo establecido en la ley electoral en materia de medios electrónicos sería un regreso no al 2007, que fue cuando se elaboró la reforma, sino a los tiempos de Salinas de Gortari, a los de Fox. Entonces todo era válido: Los noticiarios informaban sin equidad, reportajes, entrevistas y notas se vendían al mejor postor, los partidos políticos podían comprar horas y minutos sin tener que dar cuentas. El colmo se dio en 2006, en que los grupos empresariales hicieron campaña en contra de López Obrador.
¿Volver atrás?, ¿permitir que sea el dinero lo que determine el éxito de las campañas?, ¿dar lugar a una información en que los opositores desaparezcan de radio y televisión?, ¿continuar deformando las contiendas, mediatizar aún más la política?
Al parecer eso es lo que se pretende.
Sin embargo, ese cambio sería sólo para cerrar el círculo. Lo cierto es que actualmente el monopolio de la palabra televisada y radiofónica es un hecho. Con la salida de Carmen Aristegui se acabaron las voces discordantes en los medios privados, donde impera la monotonía de los halagos al poder, de la profusa cobertura de hechos banales. Más que notas periodísticas son propaganda. Los analistas no tienen un tono distinto.
Existen aún, en los medios públicos, programas que dan una nota discordante, mientras que los noticiarios son tan anodinos como oficialistas. Éstos llegan a un público limitado, especialmente cuando se trata de ciudades y poblados pequeños. Hasta allá no llegan los medios públicos. Ahí hacen su agosto TV Azteca y Televisa.
Sin medios solidarios, responsables, guiados por la avaricia, es muy difícil aspirar a una vida democrática. La televisión ha dejado de ser el “quinto poder” –como le denominó Manuel Buendía–, para convertirse en el primero.








