Este año la Plaza México, el mayor coso del continente, cumplió siete décadas. Y la temporada grande que debía celebrarlo concluyó con una pequeñez que azora. La última oportunidad de rescatarla no pintaba mal: Pablo Hermoso de Mendoza, Enrique Ponce, Fermín Rivera y El Payo auguraban una buena tarde, pero el gran triunfador fue el posturismo, que sigue recibiendo premios en detrimento de la verdadera competencia y el arte.
Comprobado históricamente que la fiesta de los toros es reflejo de la temperatura anímica, ideológica y social de los pueblos en que está inmersa, a un país prendido con alfileres, con frágil sustentación, sin compasión por sí mismo, inevitablemente le corresponde una fiesta de toros con alfileres, extraviada y a la deriva.
Excluyente, subsidiada y autocomplaciente, la fiesta brava de España sigue teniendo importantes niveles de profesionalización junto a un proteccionismo que no sólo cuida privilegios y fuentes de trabajo sino que le permite exportar matadores, a diferencia del resto de los países taurófilos. Sudamérica, reacia a integrar un mercado común, ocasionalmente se acuerda de dignidad, factores identitarios y de estimular, en serio, su potencial torero y ganadero respectivo. Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, asumidos desde siempre como meros enclaves coloniales de España, con su dependiente fiesta reflejan, antes que una expresión propia, la añeja postración económica y cultural de unas élites criollas incapaces de justipreciar y defender lo propio.
México, antes líder taurino del continente y, junto con España, el otro país con una genuina expresión tauromáquica, en las últimas décadas ha experimentado un proceso de sudamericanización al reducir el espectáculo a unos cuantos nombres importados como oferta taurina para el público masivo, con el consiguiente abandono de las plazas cuando aquéllos no son anunciados.
La indiferencia, velado ataurinismo o abierta oposición de los gobiernos federales, estatales y de la Ciudad de México hacia la tradición taurina del país y su valor cultural, económico, histórico y político propiciaron una desbocada autorregulación del espectáculo y su consiguiente feudalización, hasta reducirlo a intocable duopolio –Espectáculos Taurinos de México, de los Bailleres, y la empresa de la Plaza México, de los Alemán. Esas compañías ni fomentan la competencia ni muestran la menor voluntad por recuperar al toro con edad y trapío, coordinar esfuerzos, crear circuitos taurinos compartidos y promover a por lo menos una docena de toreros nacionales de probado potencial. Eso sí, dichos consorcios siempre están dispuestos a disputarse a los mismos diestros importados. La reciente temporada “grande” 2015-16 en la Plaza México –cuyos manejadores no mostraron ningún interés en darle brillo al 70 aniversario del inmueble– no fue la excepción.
Otro sainete delegacional
Para la corrida número 19, la empresa anunció otro cartel “cuadrado”, es decir, con tres matadores del mismo nivel que, en vez de alternar con figuras, lo hacen entre sí más que por convicción porque resultaría incómodo para los “astros”. Dicha usanza ha sacado a la gente de los tendidos, y así ocurrió en este festejo, en el que ante menos de media entrada hicieron el paseíllo el hidrocálido Arturo Macías, en su segunda comparecencia luego de su desastrosa presentación en la decimotercera corrida; el tlaxcalteca Sergio Flores, que también repetía, y confirmó su alternativa el joven peruano Andrés Roca Rey (Lima, 21 de octubre de 1996), triunfador en las plazas más importantes del orbe desde novillero y que a sólo cinco meses de haber recibido la alternativa en la plaza francesa de Nimes está dispuesto a convertirse en figura mundial del toreo en categórico mentís a la colonizada peruanidad taurina. Lidiaron un encierro de la ganadería queretana de Barralva, en su encaste español Parladé-Conde de la Corte, bien presentado pero de escasa transmisión en el último tercio.
Se llevó la tarde Sergio Flores (Apizaco, 17 de abril de 1991), vencedor en ruedos europeos ya de novillero por su sólida tauromaquia, castigado por los toros pero más por los racionales, que desde que regresó a México buen cuidado tienen de apenas ponerlo con los “ases”. Primero enfrentó a un feo toro “descuadrado” de cabeza que llegó con fuerza a la muleta y al que sometió con eficaces doblones para estructurar una poderosa faena con la diestra, coronada con una estocada desprendida y trasera, por la que recibió una oreja. Se superó con su segundo, el mejor del encierro, al que recibió con templadas verónicas y quitó por chicuelinas. Colocado siempre a la distancia precisa consiguió tandas, algunas demasiado cortas, por ambos lados. Tras ajustarse en bernadinas dejó un pinchazo a toro parado y una entera en lo alto, para que le fuese concedida la segunda oreja y saliera a hombros.
Arturo Macías, ya con 33 años de edad y 10 de matador, “asegundó” no el triunfo sino una desconcertante etapa de retroceso evidenciada en su tarde anterior, no tanto por enfrentar en los estados reses anovilladas ante públicos de feria, sino por la notoria confusión que le ha traído el frecuente cambio de apoderados, lo que a la postre parece inhibir su otrora espontánea tauromaquia, y lo que era despliegue de clara expresión arrebatada se ha convertido en un hacer despersonalizado que se quiere “clásico”. Su valor no está a discusión, su criterio para emplearlo sí. La gente lo nota y rechaza, como siempre, el esfuerzo infructuoso. Quites por saltilleras y gaoneras fueron lo rescatable.
El caso de Roca Rey se cuece aparte y mientras las plazas más importantes de España, Francia y Sudamérica no han dudado en incluirlo en carteles postineros, el Cecetla –o Centro de Capacitación para Empresarios Taurinos de Lento Aprendizaje–, antes Plaza México, decidió anunciarlo en la penúltima corrida del serial y en un cartel “cuadrado”, no fuera a ser que si lo ponía antes el muchacho superara a los consagrados. Recibió a su primero con templadas verónicas y armoniosas chicuelinas y tafalleras, e inició la faena con cambiados y de pecho, derechazos y naturales en que la quietud posibilitaba la suerte, no obstante lo agarrado al piso del burel. Como dejara una estocada baja, lo que debió ser un triunfo quedó en sonora salida al tercio.
Con su segundo, el limeño reiteró su gusto capotero en verónicas, gaoneras, caleserina y revolera, y como el toro se rajara a las primeras de cambio, anunció con el dedo índice que regalaba un toro, exactamente como lo había hecho en la corrida del 5 de febrero el francés Sebastián Castella. Y aquí comenzó el nuevo sainete: el juez Jorge Ramos, rebautizado por la empresa como Juezpen, negó la autorización del regalo. Entonces, de su palco se desprendió el mismísimo promotor, y con ademán flamígero señaló al palco de la autoridad, la cual por el sonido local replicó que era la empresa la que no autorizaba, para que al final torero y público se quedaran con un palmo de narices. Una vez más, ni la demarcación Benito Juárez ni el empresario ni el juez ni el inspector de callejón ni el coordinador taurino ni nadie tuvieron la atención de dar al público una explicación del enésimo numerito de la nefasta mancuerna Cecetla-autoridades de la Ciudad de México.
El cerrojazo
Al concluir el paseíllo hubo una cerrada, nostálgica y prolongada ovación en memoria del fino maestro Jesús Córdoba, el último de Los Tres Mosqueteros, fallecido el miércoles 17, quien fuera figura de los ruedos, triunfador en México y España y exigente juez de plaza.
Como todo lo que empieza acaba, la empresa destapó el frasco de la imaginación y concluyó su vigesimosegunda temporada “grande” con un cartel como de lujo. Encabezaba el rejoneador navarro Pablo Hermoso de Mendoza, que el próximo abril cumplirá 50 años. Él ha sido rebautizado por algunos como Problemoso, por sus condiciones y exigencias, y por otros como Alevoso, por sus reiterados cuanto impunes abusos en plazas de la República, tanto con alternantes como con toros, autoridades y empresas. Con 26 años de alternativa y 16 de venir al país a llenar plazas y asegurar inversiones –aunque no alterne con rejoneadores mexicanos “por la diferencia de niveles” nunca ha apoyado a buenos toreros de a pie. Estuvo también el valenciano Enrique Ponce (44 años y 26 de alternativa en marzo), amigo y compadre de la empresa, al que hay quien se atreve a apodar Hamponce por sus frecuente despotismo en la Plaza México, sobre todo en lo que se refiere al ganado que exige o cambia, por no hablar de su reciente incumplimiento.
Nadie discute su condición de primeras figuras del toreo, pero es patente su doble moral ante lo que son obligados a lidiar en Europa e incluso en algunos cosos sudamericanos, y las ventajas sistemáticas que les permite el dependiente y banalizado medio taurino mexicano. El veterano cartel lo completaron el potosino Fermín Rivera, que actuó por tercera ocasión, y el queretano Octavio García El Payo, que venía por su cuarta tarde, no obstante estar aquejado de un fuerte padecimiento gastrointestinal que a la postre le impidió salir de la enfermería a matar a su segundo. Dos toros de Los Encinos fueron para el rejoneador y seis regordíos y pasadores de Teófilo Gómez para los de a pie. Ante el anuncio del caballito se registró la segunda mejor entrada de la temporada, con poco más de tres cuartos del aforo, pero con un público dispuesto a hacer valer su boleto y a divertirse con cabriolas más que a justipreciar lo realizado.
Fue una tarde bonita, alegre, plagada de diversiones y frenesí, de expectativas cumplidas y de cursilerías soñadas, que si no es por la seriedad y torería de los muchachos mexicanos –Fermín una oreja y El Payo unos naturales de ensueño– aquello se convierte en otro guateque papal, con demiurgos de tauromaquia terminal, con una fe de carbonero taurino rayana en la idolatría emergente, en las ganas de creer y en ser parte de otra apoteosis histórica. Pero de emoción a partir de la bravura, nada. Uno de los daños colaterales de haberle dado al rejoneador el mismo rango que a los toreros de a pie es que la gente valora igual una corveta que una verónica, un respingo que un pase natural, si bien uno frente a pitones aserrados y el otro frente a astas íntegras. Quizá por eso cuando dobló el segundo de Hermoso, fulminado por un certero rejón de muerte, la multitud pidió las orejas y el juez Jesús Morales soltó el rabo, por aquello de que no lo fueran a rebautizar o a mandar descansar como a sus dos colegas.
Ponce retozó con su joven y débil primero y escuchó un aviso; muleteó a larga distancia a su segundo, otro manso pasador, volvió a estar mal con la espada, el juez ordenó improcedente arrastre lento a los despojos del astado y el valenciano dio una vuelta, y con el que correspondía al Payo predominó el posturismo sin codicia y los efectos sin bravura, dejó otra estocada defectuosa y recibió una oreja, pero por orden superior y sin merecimiento alguno fue sacado a hombros junto con Hermoso. Todo pues a la altura… del Cecetla.








