Recientemente, algunos funcionarios de la Universidad de Guadalajara le han hecho coro al exrector Raúl Padilla y han salido a tratar de justificar los 12 mil millones de pesos (la inmensa mayoría de dinero público) que la cúpula universitaria tiene planeado gastar en su pretendido Centro Cultural Universitario. Según uno de esos funcionarios, el arquitecto Mauricio de Font-Réaulx, quien funge como coordinador general de dicho proyecto, cuando éste se halle concluido terminará aventajando al famoso centro cultural que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) tiene funcionando exitosamente, anexo a Ciudad Universitaria, desde mediados de los años setenta.
El hecho de que un funcionario udegeísta, como el mencionado señor De Font-Réaulx, salga de pronto a decir (El Informador, 16 de febrero) que en materia promoción cultural en la universidad pública de Jalisco las cosas no sólo se están haciendo mejor que en la UNAM, sino que a la larga los resultados serán más sustentables y provechosos, revela que o bien entre el grupo político que controla a la UdeG se ha perdido el sentido de la realidad, o que entre esa misma camarilla, en el poder desde hace más de un cuarto de siglo, el cinismo ha sentado sus reales.
Por principio de cuentas y en términos generales, históricamente la actividad cultural de la UdeG siempre ha estado muy a la zaga –por no decir que a años luz–, en cantidad pero sobre todo en calidad, de la que se realiza en la UNAM. Para ello bastaría con hacer una somera comparación del quehacer editorial de una institución y otra, así como sus respectivas carteleras teatrales, musicales, dancísticas, museísticas… Así por ejemplo, mientras en espacios “culturales” de la UdeG como el teatro Diana y el Auditorio Telmex no sólo ha predominado la estética Televisa, sino que una filial de ese mismo consorcio es también la encargada de buena parte de la programación “cultural” udegeísta, en el territorio de la UNAM no pinta para nada el show-business y con el concepto de cultura (léase en el ámbito manifestaciones artística e intelectuales) tampoco se acostumbra dar gato por liebre.
Lo curioso –o más bien cínico– del caso es que ahora se quiera hacer virtud de la necesidad, pretendiendo demostrar que los administradores culturales de la UNAM son old fashion, de la pelea pasada, mientras que los udegeístas son de vanguardia, acordes con los nuevos tiempos. En esa falsa pretensión, De Font-Réaulx no distingue o no quiere distinguir entre la industria del espectáculo (que no es ni debería ser nunca parte de la naturaleza de una universidad y menos cuando ésta funciona con fondos públicos) y la verdadera promoción de la cultura (que sí está ligada a la razón de ser universitaria). Tampoco distingue o quiere distinguir entre la infraestructura cultural, la industria turística y el business inmobiliario.
Así, el coordinador general del CCU de la UdeG trata de pasarse de listo cuando quiere justificar el hecho de que ese pretendido centro cultural vaya a incluir, aparte de la infraestructura teatral y museística requerida, “áreas comerciales, hoteles con alrededor de mil cuartos, oficinas (en renta), viviendas para retirados”, etcétera. Según el funcionario de marras, esto le permitiría al proyectado complejo “cultural” de la UdeG que pueda generar los ingresos económicos que se necesitan para su subsistencia y “no depender del recurso fiscal”.
En otras palabras, tanto el multicitado funcionario como su jefe (¿eres tú, Raúl?) pasan por alto que estarían enajenado un bien público (parte del terreno de los Belenes) que el gobierno federal entregó a la UdeG a principios de los setenta con el propósito de que estuviese dedicado “a fines educativos”. No sólo estarían pasando por alto el condicionamiento básico de la donación gubernamental, sino que paladinamente se privatizaría un bien público, que legalmente no puede ser enajenado, por más que el Consejo General Universitario de la UdeG pudiere avalar el cambio de régimen, aduciendo la “autonomía” de la institución y que en más de una ocasión ha servido de coartada para algunos enjuagues del padillato.
Con ínfulas de estar muy enterado y hasta de ser cosmopolita, De Font-Réaulx dice que “la principal industria en el mundo es de turismo” (sic) y que aquí en Guadalajara “tenemos la oportunidad de capitalizarla con oferta cultural”. ¡Sueños guajiros! ¿O sea que los jeques udegeístas estarían esperando la llegada de ríos de turistas (del país y del extranjero) a la capital de Jalisco, ansiosos por venir a ver en el CCU de la UdeG a Julión Álvarez, los reencuentros de Timbiriche, a Emmanuel y Mijares, a los Ángeles Azules, a Paquita la del Barrio, a Intocable, a la Banda El Limón, a Gloria Trevi y demás pilares de la “cultura” mexicana, según la cúpula que regentea a la universidad pública de Jalisco?
Luego, como para reforzar el desembolso de dinero público que habrá de hacerse en los años venideros, aparte de los miles de millones de pesos del mismo origen que ya se han gastado, a fin de poder concluir la pretendida ciudad cultural del padillato, De Font-Réaulx incurre en una exageración que se instala en la desmesura, echando mano del argumento más manido por los políticos locales que se quieren adornar hablando de Jalisco como puntal de la cultura mexicana: “Los principales artistas del siglo pasado que eran de Jalisco (sic), ninguno se quedó a vivir aquí porque no había condiciones para quedarse”.
¡Cuántas mentiras en una sola frase! Para empezar es falso que “los principales artistas” del siglo XX fueran originarios de estas tierras, comenzando porque el único ganador del Premio Nobel de Literatura era chilango. También es falso que de los grandes hombres y mujeres de artes, letras e ideas de Jalisco “ninguno” se haya quedado a vivir aquí”; bastaría con consignar el caso de grandes poetas como Alfredo R. Placencia y Francisco González León.
Y sobre la migración de artistas y personas de otros oficios y vocaciones hacia la capital del país, habría que recordarle al coordinador general del CCU de la UdeG que en nuestro país siempre ha existido una cosa llamada centralismo, la cual ha provocado que desde la época del México independiente hombres y mujeres de todas las regiones abandonen su lugar de origen en buscar de mejores oportunidades y condiciones de vida más ventajosas. Por lo demás, creer que el faraónico conjunto “cultural” del padillato va a ser un ancla para pintores, escultores, escritores, arquitectos, compositores, bailarines, actores, directores de escena, coreógrafos, realizadores cinematográficos, cantantes, instrumentistas… del solar, es un cuento chino, propio de demagogos sin demasiadas luces.
Irónicamente, la gestión cultural de la UdeG, desde la época en que la casa de estudios está bajo la férula de Raúl Padilla, ha mostrado una remarcada tendencia para desdeñar o ningunear a los artistas de la comarca, comenzando por aquellos y aquellas que trabajaban para la propia institución en las más diversas disciplinas. Así por ejemplo, se liquidó la compañía de teatro de la casa de estudios y otro tanto ocurrió con las agrupaciones oficiales de danza contemporánea. Y las grandes y más costosas empresas del padillato, como la Feria Internacional del Libro, la Cátedra Julio Cortázar y el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, están concebidas para halagar a la fauna intelectual y también a la flora ídem de otras latitudes, comenzando por la chilanga banda.
En conclusión, el exrector Raúl Padilla y empleados suyos del área culturosa no sólo engañan con medias verdades, sino con mentiras completas. l








