Es deseable que el gesto institucional de haber premiado a Cecilia Appleton con la Medalla Bellas Artes, máxima distinción que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes por su trayectoria como bailarina, coreógrafa y maestra, abra cauces para, ahora que se aprobó la Secretaría de Cultura, escuchar la opinión y sugerencias de una artista de su talante y demás integrantes de su generación.
Creo que es un momento inmejorable para considerar acciones paralelas que den trascendencia y consoliden ese reconocimiento. Por ejemplo: Preguntar a la galardonada si tiene propuestas para fortalecer a grupos independientes de danza y a su propio grupo. Ofrecer a Contradanza –su compañía fundada hace 35 años– una sede permanente que además pueda albergar a otros grupos independientes con alcances similares al suyo, sea como agrupación o por la trayectoria de sus directores.
Probablemente ese podría ser un primer paso para reactivar los salones que actualmente albergan a la Escuela Nacional de Danza Folclórica, en la Plaza Ángel Salas del Centro Cultural del Bosque, espacio que en la década de los setenta tuvo su mayor efervescencia educativa y artística. Conviene remontarse brevemente a lo que sucedió entonces. Ahí estaba la Academia de la Danza Mexicana, entonces bajo la dirección de Josefina Lavalle, quien arrancó un formato piloto que llamó Carrera de Bailarín de Concierto.
Ahí se preparaba a los alumnos a lo largo de nueve años para terminar sus estudios dominando el ballet, la danza contemporánea y nociones de folclor. Se hizo un plan de estudios muy completo en cuanto a las artes y se incluyó la escolaridad a las aulas y al ritmo de trabajo de la Academia de la Danza. A cada ciclo escolar se presentaban maestros de Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Rusia, etc., culminando con un activo intercambio cultural con Cuba, que incluía clases magistrales, innumerables funciones del Ballet Nacional de ese país, con la consiguiente impartición de clases por maestros cubanos a los grupos más avanzados y becas para estudiar o terminar la carrera en la Escuela Nacional de Danza de La Habana.
Imposible enlistar todos los beneficios. Baste decir que se dio mucha importancia a las prácticas escénicas en los más diversos foros, desde el Palacio de Bellas Artes hasta el entonces nuevo Reclusorio Oriente, plazas públicas, municipios y capitales de distintos estados del país. Fue Lynn Durán quien, hacia finales de los setenta y principios de los ochenta, impulsó a los egresados de esa carrera para ir a la escuela de Martha Graham en Nueva York y a The Place en Londres. También inició con esa misma gente el Cesuco (Centro Superior de Coreografía), que ofreció a esta generación la posibilidad de empezar a desarrollarse a plenitud…
Los resultados de ese cuidado que se tuvo con los estudiantes, específicamente con la generación 70-79, fueron muy positivos y siguen dando frutos a la danza mexicana. Esa es la generación a la cual pertenece Cecilia Appleton, con Eva Pardavé, Laura Rocha y Norma Batista, por mencionar sólo a algunas. Pero estoy segura de que la mayoría –dispersas por el país o en el extranjero, unas como maestras, otras haciendo gestión cultural– estarían dispuestas a retribuir en lo posible a la institución que las formó, el Instituto Nacional de Bellas Artes. l
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* Bailarina egresada del INBA. Directora de la escuela de danza Isadora en Xalapa, Veracruz.








