MONTERREY, NL.- Desde hace años, Topo Chico era gobernado por Los Zetas, dicen algunos de los reclusos al reportero durante un recorrido por el penal, en cuyos patios, celdas y comedor, añaden, pocos se atrevían a levantar la vista por temor a represalias.
Ahí, una mirada era considerada un desafío. La sumisión de los internos era total tanto en el área masculina como en la femenil, según los testimonios recabados por el corresponsal. En ese espacio un ejército de 400 zetas ejercía la ley, cuentan los reclusos.
Una fuente de Seguridad Pública del estado comenta que en el área femenil las 400 reclusas están divididas: unas son seguidoras de Los Zetas; otras llegaron ahí por sus nexos con el Cártel del Golfo.
Y eran éstas las que más agresiones sufrían: golpizas, humillaciones, extorsiones, explotación sexual. El control penitenciario le dejaba millones de pesos a Los Zetas. Sólo por el cobro de extorsiones a cada recluso, dice la fuente, cada semana obtenían de 2 a 5 millones. También traficaban con drogas que entraban de contrabando al penal. Los custodios lo consentían todo.
Secretario particular del general Cuauhtémoc Antúnez Pérez, titular de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE), Josué Reyes, un militar de élite, es el nuevo responsable del penal. Como integrante de las Fuerzas Especiales del Ejército incluso participó en la captura de algunos de los narcotraficantes más peligrosos en los últimos años.
La mayoría de los internos lo conocen y hablan con él sin temor, ahora que los presuntos responsables de las 49 muertes –Gregoria Salazar, quien fungía como directora y Fernando Domínguez Jaramillo, era el subcomisario de las penitenciarías estatales– ya no están, y de que los 233 internos más peligrosos fueron enviados a otros reclusorios.
Reyes tiene menos de 15 días para hacer los cambios necesarios a fin de preservar la seguridad de los presos, habilitar los servicios dañados –las cámaras de vigilancia, los baños– y garantizarles el funcionamiento del comedor.
El miércoles 17 el obispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, ofició una misa por la mañana, en la cual pidió a los internos seguir la senda de Jesús. “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”, dice una manta colgada por los organizadores.
En Topo Chico, donde Los Zetas impusieron el autogobierno desde hace 14 años, la convivencia era un infierno, refiere la misma fuente de Seguridad Pública, que pidió el anonimato. En la etapa más reciente, el jefe del penal era Alberto Roldán Zúñiga, El Fresa, originario de Nuevo Laredo. Detenido por marinos, quedó preso el 26 de febrero de 2015, acusado de secuestro. Fue él quien estableció las cuotas internas.
Meses después, el 25 de septiembre, otro recluso, Jesús Iván Hernández Cantú, El Credo, asesinó al Fresa y se quedó con el control, explica la fuente. Y comenzó la redistribución de espacios.
La parte antigua del penal, formada por un viejo edificio de tres niveles en forma de cruz ubicado en el lado oriente, cerca de la entrada, incluida la torre de vigilancia fue tomada desde noviembre por Juan Pedro Saldívar Farías, Z-27, cuando llegó a Topo Chico procedente del penal federal de Matamoros, Tamaulipas.
El Credo estableció su guarida en el extremo poniente, donde están los dormitorios nuevos, en el tercer piso. En ese lugar se dio la batalla el miércoles 10, indica la fuente, al tiempo que explica cómo se originó:
“Creemos que la orden contra El Credo –un líder muy abusivo– vino de fuera, según los testimonios recabados, y la recibió Z-27. Él dio indicaciones a un recluso del área ampliada y se alborotó la gente. En los penales un alboroto prende de inmediato.”
Los seguidores de Z-27 se lanzaron contra sus rivales y los apalearon hasta matarlos, asegura el informante y añade que Saldívar Farías era una figura respetada: se ganó el mote de Z-27 por su cercanía con otros zetas, como El Canicón o Los Goris.
Cuando se inició la riña, la mayoría de los 3 mil 800 presos se atrincheraron en sus celdas. Para entonces, indica la fuente, muchos ya le habían dado la espalda al Credo. La trifulca duró 40 minutos. A final, los cadáveres fueron colocados en la cancha de futbol, junto a la puerta de acceso al área ampliada.
El Z-27 y El Credo ya no están en Topo Chico: los trasladaron a penales ubicados fuera de Nuevo León.
La fuente entrevistada refiere que en la sección femenil las reclusas también están divididas. Sin embargo, dice, líderes zetas las ultrajaban por igual. Sostiene que a veces pedían que les enviaran a varias decenas para abusar sexualmente de ellas. Según el informante, alrededor de 80 eran leales a Los Zetas.
Durante el recorrido por el centro penitenciario, las internas se muestran relajadas, sobre todo las identificadas con el Cártel del Golfo, las que más temieron por su vida durante la refriega, pero también las que tienen consigo a sus bebés.
A Topo Chico le queda poco tiempo. El gobernador nuevoleonés Jaime Rodríguez ya busca recursos para reactivar la construcción de un nuevo penal en Mina, 50 kilómetros al norte de esta capital, para trasladar ahí a los reclusos. l








