Aprender de los errores

Este domingo 14 la capital de Jalisco cumple 474 años de su cuarta y definitiva fundación en el valle de Atemajac. Pero si este abultado aniversario se ve sin anteojeras demagógicas ni telarañas emocionales, no hay mucho que celebrar, sobre todo ante el deterioro que presenta actualmente no sólo la maltrecha Guadalajara, sino toda el área metropolitana. Tan lamentable estado de cosas es consecuencia de varios factores: del descuido y la dejadez de los tapatíos de las generaciones recientes; de una planeación anómala, así como de un lamentable desarrollismo. Todos estos factores, estaría de más decirlo, han sido alentados, cuando no propiciados directamente, por gobiernos de diverso signo partidista hasta el extremo de tener a la ciudad cumpleañera metida en una espiral de deterioro que comenzó hace unas cuatro décadas.

Este largo periodo de descalabros y vacas flacas para Guadalajara y su área conurbada se puede situar hacia finales de los setenta y comienzos del decenio siguiente, cuando las autoridades del estado y del municipio concibieron, entre otras cosas, ese implante muerto que es y ha sido desde el principio la llamada plaza Tapatía, y para cuya construcción no sólo se hizo tabla rasa con una docena de manzanas de la vieja Guadalajara (toda la zona que va de la parte posterior del teatro Degollado al frente del Cabañas) sino que tuvo un dañino efecto multiplicador, tan grave como irreversible, en todo el primer cuadro tapatío.

Dicho golpe no sólo se padeció en el epicentro de la ciudad, especialmente en el barrio de San Juan de Dios, sino también en demarcaciones circunvecinas como Analco, las cuales pocos años después resentirían también otros males mayúsculos como el traslado de la terminal de autobuses foráneos a los límites de Tlaquepaque y Tonalá –un duro revés para la economía y la vida urbana de toda la zona–, así como las explosiones del 22 de abril de 1992. Desde un principio, esta necrosis urbana hizo metástasis hacia los cuatro puntos cardinales de la ciudad. El centro tapatío no sólo se fue deshabitando, sino que aun las actividades comerciales y de entretenimiento padecieron la desaparición de la plaza de toros El Progreso y el Coliseo Olímpico (ambos se ubicaban entre el Cabañas y la calzada Independencia), así como el fin tácito de la célebre vida nocturna de San Juan de Dios.

Ésta, vale decirlo, no se limitaba al estigmatizado comercio carnal, pues de manera predominante estaba conformada por una diversa gama de espectáculos de todo tipo, donde lo mismo había salones de baile que funciones de lucha libre, presentaciones de cantantes y grupos musicales,  proyecciones  cinematográficas, espectáculos para adultos con las divas del momento, cenadurías para noctámbulos y un largo etcétera. Con una ganancia nada despreciable por lo que hace al orden y a la convivencia sociales: la inseguridad era algo más bien marginal, pues es un hecho de que la gente suele cuidar a la gente. Para decirlo en pocas palabras: con la construcción de la plaza Tapatía y el fin tácito de la vida nocturna de San Juan de Dios, en el centro de Guadalajara todo o casi todo se volvió más inseguro, complicado, contraproducente.

Y a la par comenzó a darse un fenómeno de despoblamiento de la zona, de suerte que no sólo el corredor de la plaza Tapatía se convirtió, como hasta la fecha, en un lugar desolado después de las ocho de la noche (hora en que cierra el comercio), sino que buena parte del centro fue perdiendo a pasos agigantados su uso habitacional –una tendencia que desde entonces no ha cesado–, con las graves consecuencias que hasta hoy se observan: un número creciente de fincas abandonadas que colapsan durante el temporal de lluvias, sin que las autoridades del municipio hayan podido hacer algo eficaz para ponerle alto, y ya no se diga para poder revertir, este desastre. Y cuando de pronto se les ha ocurrido algo, a la larga termina siendo más grave el remedio que la enfermedad.

Eso ocurrió hace siete años, durante la administración municipal del panista Alfonso Petersen Farah, cuando el susodicho y colaboradores pretendieron construir un complejo habitacional de gran escala en los alrededores del parque Morelos. Y para ello llegaron hasta el extremo de comprar a sobreprecio muchas fincas y terrenos de la zona. Ese ambicioso proyecto, apellidado “Alameda”, pretendía que dicho complejo habitacional se estrenara sirviendo como sede de las distintas delegaciones que vendrían a los Juegos Panamericanos de 2011 y que, una vez terminada la justa deportiva, funcionase como punta de lanza para “redensificar” (repoblar) el centro de Guadalajara.

Pero como Petersen Farah y compañía no fueron capaces de convencer a los involucrados en el negocio panamericano –entre ellos al caudillo del business, el finado negociante Mario Vázquez Raña– de las ventajas de que la Villa Panamericana se construyera en los alrededores del parque Morelos, a la hora de la verdad el ayuntamiento de Guadalajara se quedó con infinidad de lotes baldíos y otras fincas a medio derruir, así como con un adeudo mayúsculo a consecuencia de la mencionada compra a sobreprecio. En resumidas cuentas, el frustrado Proyecto Alameda también acabó siendo contraproducente y, casi en seguida, escenario de una quimera: la nonata Ciudad Creativa Digital, de la cual en el intervalo de cinco años jocosamente ya se ha puesto varias veces “la primera piedra”, aun cuando siga siendo una grenetina que no acaba de cuajar.

A los ejemplos antes mencionados se podrían sumar otros igualmente fallidos y contraproducentes por distintas zonas del área metropolitana: el fracasado proyecto de Puerta Guadalajara en el norte de la ciudad; la infinidad de precarios desarrollos de vivienda popular en los cuatro puntos cardinales, particularmente hacia el viento sur, en el territorio municipal de Tlajomulco; la imprevisión en los daños colaterales que las obras de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano habrían de provocar en su largo trayecto por los municipios de Zapopan, Guadalajara y Tlaquepaque.

No menos grave ha sido el gasto (tanto de dinero federal como estatal y municipal) en onerosas obras de infraestructura urbana, que a mediano y largo plazo han tenido un efecto anómalo por partida múltiple, pues han relegado la modernización del transporte público, al tiempo que han fomentado la circulación de vehículos particulares y con ello han conseguido que la movilidad urbana sea más lenta y tortuosa, y como consecuencia de ello que los índices de contaminación atmosférica se incrementen peligrosamente.

Al llegar a sus 474 años, Guadalajara y toda el área metropolitana siguen contaminando las cuencas aledañas de los valles de Atemajac y Tlajomulco como se puede atestiguar, a toda hora, hacia el norte, en el infecto río Santiago, y hacia el sur en la laguna de Cajititlán, a consecuencia de que las aguas negras o residuales de nuestra urbe, en un muy alto porcentaje, siguen sin ser saneadas.

Sin ánimo de exagerar y mucho menos de ser catastrofista, cualquier diagnóstico honesto sobre la salud de Guadalajara tiene que declararla como una ciudad decaída, con un cuadro patológico múltiple, agravado por el descuido de varias generaciones de tapatíos y por políticas públicas equivocadas o contraproducentes. Sin embargo, la ciudad no sólo tiene remedio, sino también la posibilidad de un futuro sano y saludable. Pero para ello se deben reconocer en primer lugar los achaques y flaquezas, que no son pocos, y en seguida que tanto pobladores como autoridades hagan la parte que les corresponde. Y en éste, como en muchos otros casos, no hay mejor medicina que aprender de los errores propios. l