Como era fácil imaginar una adaptación a la pantalla a partir de un libro de poesía en prosa del celebrado Khalil Gibran; Salma Hayek y su equipo de productores concibieron la idea de una película animada. El profeta (The prophet; E.U., 2014), dirigida por Roger Allers, reúne a diferentes artistas de la animación para ilustrar los poemas de la colección.
El semblante cambia cuando se enamora de un joven plomero italoamericano, el horizonte comienza a expandirse a cada paso. Después vienen las penas, las decisiones espinosas, tomar el control de su propia vida.
Brooklyn (Irlanda-Reino Unido-Canadá; 2015), la película menos espectacular de la lista de los Óscar, pero la más sutil, proviene de alto linaje: está basada en la novela homónima de Cólm Tóibín, cuya adaptación corrió a cargo del escritor británico Nick Hornby. El responsable de la dirección es el irlandés John Crowley, también avezado en puestas escénicas, por lo cual a lectores de Tóibín no se les escapará que ciertos episodios y personajes de la novela aparecen atenuados, y es que la culpa es de Crowley por razones de teatro: había que podar ramas y hojas para efectos dramáticos y delinear mejor al personaje.
El ambiente opresivo de Enniscorthy, el pueblo irlandés de donde emigra Eilis, contrasta con el ritmo moderno neoyorquino, la playa veraniega, el abrazo voluptuoso pero inocente dentro del mar, los artículos lujosos de la tienda que de todas maneras la empleada no puede adquirir. Brooklyn roza todos los lugares comunes del género romántico de Hollywood sin caer en ninguno, antes bien los renueva; el traje de baño que Eilis va estrenar es un capítulo en el que interviene todo un equipo de mujeres, y funciona como fetiche erótico sin ser bikini; la primera ida al cine o la subrepticia pérdida de la virginidad ocurren de manera inevitable.
De ese cuidado y sencillez proviene la eficacia en el tratamiento de personajes, simples pero de una complejidad emocional que resuena más en lo que no aciertan a decir que en lo que dicen. Y no es un cine de silencios, pues todos hablan hasta de más, no podía desperdiciarse la oportunidad de musicalizar los dialectos del irlandés al de Brooklyn.
Si hay notas alegres, como el entrenamiento de Eilis en la manera de comer espagueti para la presentación en casa de Tony (Emory Cohen), el novio italoamericano, ahí donde no quieren a los irlandeses, las notas negras pesan más. El clasismo de Miss Kelly, la ponzoñosa patrona de la tienda allá en el pueblo irlandés, los lutos, la soledad, contrastan con el color y la vitalidad, primero dormida y luego despierta, de Eilis. Brooklyn parece la tierra de promisión, pero lo niega la fiesta de caridad navideña que organiza el padre Flood para los exiliados irlandeses, esos que construyeron los puentes, cantan la nostalgia de la tierra y la derrota frente al sueño americano. El espíritu de Los muertos de James Joyce flota en el ambiente.








