Ausencia de José Emilio

En este artículo especialmente escrito para Proceso, el narrador Hernán Lara Zavala (Charras, Península, península), ensayista, editor y catedrático universitario sitúa a José Emilio Pacheco entre las figuras señeras de la cultura mexicana del siglo XX, a la par que revive su contexto y hace un repaso personal sobre la obra del creador de Las batallas en el desierto y No me preguntes cómo pasa el tiempo, dos de sus libros inolvidables, así como de la columna “Inventario”, que JEP animó en esta revista desde su fundación hasta el día de su partida, hace dos años.

En nuestro país existen varias posibilidades para convertirse en un “intelectual público” y, desde esa palestra, tener oportunidad de ejercer el poder. Así, Ignacio Manuel Altamirano congregó, a través de sus revistas y muy particularmente de El Renacimiento, a los grandes pensadores de finales del siglo XIX para pugnar por una literatura nacional.

A su vez, José Vasconcelos, otro líder destacado de la cultura mexicana, surgió primero como fundador de El Ateneo de la Juventud para después, en su calidad de secretario de Educación Pública, brindarle apoyo a los pintores emanados de la revolución para que realizaran sus murales en los edificios públicos, en tanto que convocaba a los escritores a difundir sus obras a través de diversas publicaciones y programas culturales, sin contar con el afamado proyecto editorial de “Los Clásicos Universales” entre 1921 y 1924.

A Vasconcelos le sigue don Alfonso Reyes, también del grupo del Ateneo de la Juventud que, al volver a México en 1939 tras desempeñarse como diplomático en diversos países, se convierte en presidente fundador de La Casa de España (antecedente de El Colegio de México) y se levanta como el indiscutible jerarca cultural en el país.

Octavio Paz, hombre brillante y ambicioso que había dirigido la revista Taller y participado en la creación de otras como El hijo pródigo, vuelve a México luego de una larga estancia en el extranjero donde participó en favor de la causa republicana y se relacionó con varios grupos de intelectuales europeos, muy particularmente con el surrealista,  regresa determinado a ocupar un lugar preponderante en nuestra cultura y poco a poco se va convirtiendo en el líder y pensador que dirigirá los derroteros de la intelectualidad durante la segunda parte del siglo XX. Él es uno de los promotores de la Revista Mexicana de Literatura –cuyos primeros directores fueron Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo– y entre sus principales colaboradores se contaban los más destacados pensadores mexicanos (además de latinoamericanos y algunos europeos): el propio Reyes, Leopoldo Zea, Ramón Xirau, Emilio Uranga, Elena Garro, Rosario Castellanos, Antonio Alatorre, Juan Rulfo, José Luis Martínez, Tomás Segovia, Juan García Ponce, Jorge ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Marco Antonio Montes de Oca, Jaime Sabines, Inés Arredondo, Juan Vicente Melo, José de la Colina, Huberto Bátis –entre otros muchos– y, por supuesto, el propio Paz.

Este selecto grupo pronto se posesiona de los principales suplementos culturales: México en la Cultura del periódico Novedades, la Revista de la Universidad de México de la UNAM, La Cultura en México de la revista Siempre!, el Diorama de la Cultura del diario Excélsior que dirigía Julio Scherer García. La consolidación de Paz como líder intelectual no se daría sino luego de renunciar a la embajada de México en la India en 68, cuando vuelve a nuestro país y funda y dirige la revista Plural que le ofrece Scherer.

Esta breve reflexión viene a cuento porque dentro del consolidado grupo de la Revista Mexicana de Literatura colaboraban ya dos escritores muy jóvenes y extraordinariamente talentosos: José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Su saber enciclopédico, su amplia cultura y su memoriosa personalidad hacían que la gente creyera que ellos habían participado en el programa –en la naciente televisión mexican– Los niños catedráticos.  El propio José Emilio se encargó de desmentir esa versión y, con su clásica modestia, aclaraba: ni Carlos ni yo fuimos niños catedráticos, “el que sí fue, fue José Antonio Alcaraz”.

Cuando Enrique Jiménez Siles, de Empresas Editoriales, publicó la famosa colección “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos”, con prólogos de Emmanuel Carballo que incluía a la entonces nueva generación de escritores entre los que se hallaban Juan García Ponce, Vicente Leñero, Salvador Elizondo, Gustavo Sainz, José Agustín y Carlos Monsiváis, entre otros, la gran ausencia fue José Emilio que, con su singular reticencia, declinó participar para frustración de muchos de sus lectores (yo incluido).

A finales de los años sesenta apareció en la Revista Mexicana de Literatura un artículo titulado “Cuervo y paloma de Luis Spota”, de José Emilio que, por su capacidad conciliadora y ecuménica fue designado por la redacción como árbitro para dirimir una polémica entre unas declaraciones de Spota en torno a su candidatura para el Nobel y las iracundas respuestas de Carlos Monsiváis y Rosario Castellanos. El salomónico planteamiento de Pacheco frente al problema fue el siguiente:

“La adhesión de un público que consume sus libros como los de ningún otro escritor mexicano, la elocuencia de algunos periodistas que lo sitúan entre los grandes narradores de América, contrasta con la hostilidad de los literatos que ven en su trabajo el justo ejemplo de lo que no ha de ser  ni hacer un novelista.”

Este papel se repitió varias veces en su vida intelectual: dirimió la acusación de plagio cuando Carlos Fuentes publicó Diana o la cazadora solitaria y él solo realizó un estudio comparativo entre las dos novelas en conflicto que presentó al juzgado, y dejó en claro la abrumadora originalidad de la obra de Fuentes.

A la postre ambos, Pacheco y Monsiváis, se convirtieron en “intelectuales públicos” aunque con personalidades diametralmente opuestas. Carlos de algún modo heredó, a la muerte de Paz, la jerarquía de líder cultural y de opinión nacional por sus intervenciones públicas, sus posturas de vanguardia y su afán de polemista, mientras que José Emilio se mantuvo siempre a la distancia expresando valientemente mediante su escritura acerbas críticas al sistema mexicano.

Monsiváis ganó fama desde muy joven con su excéntrica figura de “Woody Allen a la mexicana”, sus gafas de negro y aparatoso armazón, su cabello desaliñado, su rostro hierático, pero sobre todo por el agudo sentido del humor y los provocadores comentarios que desplegaba en todo lo que participaba: crítica de cine, colaboraciones en la radio y televisión, conferencias, mesas redondas, crónicas y muy particularmente por su destacada columna “Por mi madre bohemios”, cuyo título es fiel reflejo del sentido del humor que le gustaba practicar.

José Emilio era su antípoda: alto y bien parecido, no aceptaba entrevistas, no le gustaba aparecer en eventos públicos, tuvo alguna ingerencia en unos cuantos proyectos institucionales como la creación del Centro de Estudios Históricos del Castillo de Chapultepec o el proyecto editorial de varios tomos sobre La Ciudad de México que realizó en colaboración con Fernando Benítez y el propio Monsiváis. Su fama pública, sin embargo, se debe sobre todo a la columna “Inventario” que a partir de 1976 publicó en Proceso y que se convirtió en una sección de culto para todo tipo de lectores, a la cual volveré más adelante.

José Emilio fue un polígrafo nato que practicó con fortuna todos los géneros: poesía, cuento, ensayo, crónica, novela, traducción, antologías, guión cinematográfico y hasta dramaturgo (El pasado lo guardan las arañas). Sus lectores se preguntan con frecuencia cuál es el género más importante dentro de su obra. No hay respuesta única y el juicio dependerá sobre todo del propio lector, pero yo me pliego a la opinión del poeta Jorge Fernández Granados cuando afirma: “Es en la poesía donde esta obra encontró probablemente sus mayores alcances.”

El mismo Fernández Granados divide la obra poética de Pacheco en tres ciclos: el primero, que define como “elegías de lúcido pesimismo” [Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1966)] donde aparecen “Plantas y animales como fuente de alegorías y lecciones, el tiempo y la destrucción, el drama testimonial de la conciencia”. El segundo ciclo, que se inaugura con No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) “que declaró al poeta y a su obra como subproductos de una fuerza mayor: la historia” y que incluye entre otros libros Irás y no volverás que, “con la brevedad del apunte y la austeridad del testimonio… alude al lugar o país de los cuentos infantiles”. En el tercer ciclo contempla los poemas publicados entre 1986 y 2009, donde habla sobre “el mal de la historia, el recurrente drama humano y la nostalgia de lo perdido” en la cual “La crónica se funde con la poesía y la poesía se sincroniza con la historia”.  (Prólogo a Los días que no se nombran. Antología personal. UNAM, Colegio Nacional, Era).

Sin embargo, Pacheco no estuvo exento de críticas negativas. En alguna ocasión y contra sus propios principios se lanzó a defenderse de las constantes críticas que le hacían desde las páginas de la sección cultural de Novedades. Me parece que fue uno de los pocos errores que cometió, pero finalmente eso lo hizo más humano: no estaba totalmente al margen de la vanidad. No obstante, los múltiples premios que obtuvo a lo largo de su extensa trayectoria poética prueban la solidez de su obra al punto de que, gracias a ella, llegó a obtener el máximo galardón al que puede aspirar un escritor en lengua española: el Premio Cervantes.

Yo añadiría que después de su poesía su obra cuentística le sigue en importancia, acaso porque entre el poema y el cuento se tiende un puente relacionado con la inspiración, y en algunos de sus versos Pacheco utilizaba recursos narrativos así como en alguno de sus cuentos se trasluce su vena lírica. Para él un relato “vale o se hunde por sí mismo al margen de que lo firme quien lo firme”. Su producción fue parca pero muy versátil, tanto en su temática como en su forma. Escribió cuentos realistas, intimistas y también de carácter fantástico a los que les imprimía el toque de “desastre” feroz y siniestro, como lo consigna el epígrafe de Henry James al inicio de El viento distante y que ha ocupado buena parte de su imaginación literaria y que le abre las puertas de los “desastres apocalípticos” tan recurrentes en el imaginario poético de Pacheco.

Sin duda la obra narrativa más reconocida de José Emilio Pacheco es Las batallas en el desierto, donde se interna en la mente de un joven pre-adolescente en la Ciudad de México, para explorar sus anhelos y frustraciones. El relato parte de la idea de recuperar el pasado distante, de rescatar, mediante el artilugio de la memoria, el pulso de toda una época en la ciudad de los años cincuenta durante el régimen de Miguel Alemán.  Como en los cuentos de El viento distante y en el relato El principio del placer, el núcleo de la historia será la familia del protagonista a partir de la cual Pacheco indagará los misterios del deseo, de la sexualidad y la culpa del protagonista, al tiempo que refleja los conflictos domésticos de la clase media citadina, sus grandes contradicciones y, tangencialmente, le servirán también para ejercer la crítica social al sistema. Las batallas en el desierto es una novela de amor pero es también un reclamo y un ajuste de cuentas con una época.

No soy particular admirador de Morirás lejos, novela que le publicó Joaquín Mortiz en 1967. Me parece que está demasiado influida por la moda entonces en boga de la ”nueva novela francesa” que ha envejecido considerablemente.

Para terminar deseo evocar los “Inventarios” que se negó sistemáticamente a publicar en forma de libro a pesar de que se lo pidieron propios y extraños, acaso por sus rigurosas exigencias para consigo mismo pues se trataba de colaboraciones semanales sobre alguno de los muchos tópicos que llamaban su atención, pues lo mismo evocaba la vida y la obra de algún gran poeta mexicano o extranjero que recreaba un suceso histórico o hacía un análisis de la obra de un narrador, escribía la crónica de alguna efeméride importante o nos daba a conocer a los escritores extranjeros que él frecuentaba y admiraba y cuyas dotes deseaba compartir con sus lectores. Los lectores de Proceso extrañamos sus sabias e interesantísimas colaboraciones.

José Emilio Pacheco fue un intelectual público casi a pesar de sí mismo. Pero sus opiniones y comentarios, ya fuera a través de sus “Inventarios”, de su poesía o de sus relatos, crearon conciencia en el lector, y sus textos y opiniones eran escuchadas con respeto y convicción. Su obra refleja a un sólido pensador, figura de las letras a quien todavía extrañamos.  l