Arabia Saudita está en guerra contra el Estado Islámico (EI), el cual tiene grupos armados en el país, y encabeza una coalición militar que oficialmente está contra los fundamentalistas, pero, de facto, va contra Irán.
Sin embargo, han sido los petrodólares de los príncipes árabes los que han financiado la expansión de las sectas musulmanas extremistas –que ellos llaman el “renacimiento” islámico– y la existencia del propio EI.
El salafismo es una corriente radical dentro del Islam de tradición sunita, de la que han nacido numerosos movimientos –pacíficos o armados– para hacer la yihad o guerra santa.
La tendencia posiblemente más dura y fanática dentro del salafismo es el wahabismo, que predomina entre la aristocracia saudita y buena parte de su población. Como el Islam impone a los creyentes el mandato de la caridad, tanto el gobierno como los miembros de la realeza (hay al menos 2 mil príncipes) canalizan importantes fondos a fundaciones religiosas, que a su vez subsidian mezquitas y organizaciones alineadas a sus principios.
Con subvenciones y becas, los árabes han empujado hacia el extremismo a muchos clérigos moderados en África, Asia, Europa y posiblemente también en Estados Unidos, pues éstos tienen que elegir entre la doctrina más radical o quedarse en la pobreza. Y su prédica, por tanto, ha convencido a muchos fieles de abandonar modos de vida supuestamente impíos y asumir una estricta ortodoxia religiosa.
No sólo eso: el dinero saudita es la mayor fuente global de financiamiento para los grupos armados. En un cable diplomático secreto enviado en diciembre de 2009 y divulgado por WikiLeaks el año siguiente, la entonces secretaria de Estado y hoy precandidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, afirmaba: “Se necesita hacer mucho más pues Arabia Saudita sigue siendo una base de apoyo financiero fundamental para Al Qaeda, los Talibanes, Lashkar-e-Taiba y otros grupos terroristas”.
Pero la monarquía saudita fabricó su propio Frankenstein: el EI. Sus fundaciones financiaron a los grupos que después formaron ese ejército fanático.
El informe de la comisión oficial que investigó los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York no ha sido dado a conocer en su totalidad, pero su autor principal, el exsenador demócrata Bob Graham, ha insistido en que sea revelada la parte relativa a los vínculos de Arabia Saudita con los terroristas, ya que EI “es un producto de los ideales sauditas, del dinero saudita y del apoyo organizativo saudita, aunque ahora hagan como que son muy anti-EI”, declaró durante una conferencia en Washington en enero de 2015.
Más aún, afirmó que el EI representa una forma de wahabismo que los sauditas ya no pueden controlar y ahora también los amenaza a ellos.
Pese a ese riesgo, siguió Graham, “Arabia Saudita no ha abandonado su interés en difundir el wahabismo extremo”.
Las inversiones sauditas suelen estar acompañadas por esos multimillonarios fondos de la fe. En India, por ejemplo, los servicios de inteligencia informaron que entre 2011 y 2013 acudieron a ese país 25 mil clérigos sauditas que utilizaron más de 250 millones de dólares para construir mezquitas, madrasas (escuelas islámicas), centros culturales y universidades. Todos de línea wahabita o salafita. l








