¿Compone el albur nuestra mexicanidad?

Hace dos semanas le dimos aquí cuerda de análisis a un tema poco común en nuestros medios exquisitos o académicos para mejor entendernos (“Albures y calambures”, Proceso Jalisco 583). En estas esferas se suele trabajar cualquier manifestación del lenguaje, por modesta que sea. La poesía se lleva las palmas en cuanto al respeto aristocrático de lo estético. La gran narrativa no le va a la zaga. Ambas ocupan sitial de honor siempre que se habla de creatividad hablada o escrita. Hay mucha injusticia en estas apreciaciones, al grado de que las obras dramáticas, la lírica, las memorias y otros géneros literarios suelen menospreciarse, sin argumento de peso que sostenga su depreciación.

Mas el que recibe tundas sin misericordia alguna, a contrapelo de todos los demás géneros, viene siendo el albur y sus asociados: los calambures, la carrilla; la socarronería, pues. Se les remite a las cañerías del habla sin atisbos de redención. No hay lingüista que proceda a su análisis de fondo. En todos los foros se le vitupera y arrincona, como producción muy menor, propia de carretoneros y de gente burdelera, quienes por definición no tienen nada que hacer en los perfumados recintos de la academia y en la vida pública del arte, definido éste como la excelsitud, por antonomasia.

Circula desde hace medio siglo un texto paradigmático sobre estos materiales callejeros designados como albureo. Su título es de sobra conocido: Picardía mexicana. Lo publicó el arquitecto Armando Jiménez Farías. Su primera aparición se remonta al año de 1960. Desde su aparición, corrió el texto con gran fortuna, convirtiéndose en uno de los libros mexicanos más vendidos y reproducidos. Quienes saben del asunto afirman que si no ha rebasado ya el centenar y medio de reimpresiones, poco le falta.

Entre los motivos que movieron a Jiménez a levantar este inventario autóctono de mandobles elípticos y giros de doble sentido, capacidad que ahora se busca presentar como definitoria de identidad nuestra, estampó él mismo la intención de contribuir a dotar de un conocimiento más amplio de México y del mexicano a todos aquellos que se esfuerzan por la superación cultural de nuestra comuna. Esta pretensión ya no posee la fuerza ni el atractivo de los años pasados en que fue formulada. Se vivió el siglo pasado, como resultado de nuestros conatos de descubrimiento y construcción del perfil de lo auténticamente mexicano, toda una cruzada en el campo educativo, en el estético, en el político, y aun en lo religioso y lo económico, campos tan renuentes a estas caracterizaciones, la fiebre de la búsqueda de la identidad, los irremediables tintes y toques de unicidad, exclusivistas, los de naturaleza irrepetible.

Obras voluminosas y otras no tanto, del campo de la filosofía y de la psicología, bogaron por estos rieles. Algunas tuvieron más éxito que otras. Los trabajos de Samuel Ramos, entre los que descuella El perfil del hombre y la cultura en México, aparecido en 1934; El laberinto de la soledad de Octavio Paz, publicado por primera vez en 1950; los textos de don Santiago Ramírez sobre la psicología del mexicano; el ya mencionado en la entrega anterior de Jorge Portilla: Fenomenología del relajo, aparecido en 1966, y algunos otros textos de este jaez contextualizan las intenciones y metas que estimularon a Jiménez a publicar su exitosa obra sobre nuestra picardía colectiva.

Uno de sus axiomas de motivación, la búsqueda del santo grial de nuestras exclusividades, con aire de ontologismo que ya no se justifica más, ha perdido actualidad. Podría decirse que fue una meta equivocada. Es muy difícil sostener que la naturaleza haya forjado o apartado rasgos para los habitantes de este rincón del globo, que luego se transfiguraran en la “mexicanidad en sí”. Eso de la mexicanidad en sí y por sí es, para decirlo con claridad, una pseudoentidad. Y todos los problemas que genere su estudio pasan a ser, por lo mismo, pseudoproblemas. Los textos que alentó esta tarea pasaron a nuestro museo intelectual. Eso no los descalifica. Simplemente perdieron ya la actualidad y la prestancia, que alientan a las verdaderas obras de pensamiento.

En ese contexto, se define al albur como producción propia de los mexicanos, al grado de elevarlo al rango de característica particular de nuestra identidad nacional. Es la pretensión escondida al presentarlo ante la UNESCO para ser incluido en el inventario de nuestra riqueza patrimonial inmaterial. Como se desprende de lo que afirmo, se trata de una pretensión trasnochada. Si en el arcón de la naturaleza no hay esqueletos nacionales, carece de sentido buscar la calavera mexicana. Es una especulación ontológica que no lleva a ninguna parte. Algo así como la pretensión metafísica clásica de “andar buscando en un cuarto sin luz y en una noche oscura a un gato negro que no existe”.

Eso no querrá significar que los albures y retruécanos del lenguaje con que se divierte el mexicano socarrón no existan o que hayan perdido vitalidad. Nada de eso. Con los albures estamos ante la elaboración de tapices ingeniosos, en muchos casos agresivos, con los que bordamos nuestras borucas e intercambios. Son realidad simbólica, con contenido semiótico definido, expuesto por nuestros léperos. Que de siempre han sido los usuarios de estos dobles sentidos estigmatizados y arrojados de los salones de cultura, como arrojó Zeus del Olimpo a los titanes, eso es otro boleto. Es lo que hay que dirimir.

Los albures son expresiones con mala fama, la que le viene de su referencia permanente al terreno de una sexualidad morbosa. Dentro de su imaginario, en sus esquemas de comunicación, el alburero, visto como el emisor, se lleva a su receptor, de grado por la fuerza del discurso, a los tópicos de la morbosidad sexual. Todos los referentes usados, vocablos, gestos y ruidos no verbalizados, entablan una esgrima, en la que uno de los dos terminará siendo vencido. Pero se trata de una derrota que significa la capitulación de la resistencia ante un fornicante siempre poderoso. El derrotado pasa a ocupar el espacio pasivo de la violación, del ultraje, de la vindicación ominosa. Estos cuadros referentes están atados, en el caso de varones, a esquemas homosexuales con fuerte connotación homofóbica. De aparecer la mujer, también se le reduce a víctima, a violada, a incestuada, mancillada a la fuerza, ramera involuntaria.

El albur, visto como creación auténtica de la mexicanidad, no nos sublima ni puede enorgullecernos. Reproduce las vilezas de la arbitrariedad, la impunidad y el autoritarismo salvaje que nos subyuga. Retrata de frente el nulo respeto que nos guardamos unos a otros. Quienes pretenden definir la personalidad colectiva del mexicano con semejantes tretas lingüísticas, como nacidas de un alma auténticamente nacional, reproducen el esquema de nuestra nacionalidad de manera deformada, reducida y pigmea. Ni idea les llega de la profunda rebaja que, con ello, se está haciendo de nosotros mismos. En fin.  l