INBA-Conaculta-Secretaría: una demorada transición

Consultados sobre la creación de la Secretaría de Cultura, extitulares de organismos rectores anteriores –INBA y Conaculta– enumeran los nuevos deberes que enfrentará esta dependencia para actualizar al país en la materia. Así, Sergio Vela, Consuelo Sáizar, Gerardo Estrada y Teresa Vicencio piden fortalecer al INBA y al INAH, además de establecer una buena política fiscal que fomente el mecenazgo y la corresponsabilidad del sector privado, algo que permitirá aprovechar mejor el presupuesto. Consideran que la nueva instancia es la “culminación de un proyecto de muchos años”.

Desde el pasado 16 de diciembre, tras ser promulgada por Enrique Peña Nieto, México tiene por primera vez en su historia una Secretaría de Cultura. Con ella se pone punto final a una ya larga historia de 27 años del ahora desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

Incluso más, pues se cambia la estructura organizativa, aquella que concibió a la educación y la cultura unidas en una misma institución en los proyectos de Justo Sierra –creador de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, a principios del siglo XX–, y José Vasconcelos –fundador de la Secretaría de Educación Pública (SEP), en el periodo postrevolucionario.

Nombrado por Peña como el primer secretario de Cultura el pasado 21 de diciembre, Rafael Tovar y de Teresa considera a esta nueva institución como resultado de la suma del trabajo de muchas generaciones y momentos históricos, aunque fue éste el “momento propicio” para su creación y la aplicación de “una política cultural del Estado”.

Siguen latentes los cuestionamientos sobre si era realmente el mejor momento y es la solución a los problemas del sector. De hecho, la idea de crear una secretaría, que Tovar apreció como “una de las grandes decisiones de Peña”, no es nueva, ni siquiera reciente. Muchos la imaginaron antes, como el fallecido dramaturgo y abogado Víctor Hugo Rascón Banda, para quien sería la vía de reordenamiento de un Conaculta con problemas jurídicos, plagado de duplicidades y carente de “orden y concierto” (Proceso, 1257).

Este semanario consultó a expresidentes del Conaculta y extitulares del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) sobre la nueva secretaría de Estado. Algunos declinaron, pero se reúnen aquí los testimonios de los titulares del primero, Sergio Vela y Consuelo Sáizar, y los del segundo, Gerardo Estrada y Teresa Vicencio, así como de los poetas Alejandro Sandoval, hijo del desaparecido Víctor Sandoval (quien dirigió el INBA entre 1989 y 1991), y Jorge Ruiz Dueñas (secretario técnico del Conaculta con su presidente fundador Víctor Flores Olea).

Necesaria reorganización

Diseñador y director de ópera, exdirector del Festival Internacional Cervantino y presidente del Conaculta de 2006 a 2009, Sergio Vela considera que la creación de la secretaría es un avance en el reconocimiento de la importancia y la especificidad del tema cultural, por lo cual le parece encomiable la iniciativa que se tradujo en reformas, así como la designación del primer secretario, Rafael Tovar, quien tiene una “amplísima experiencia como titular del Conaculta”.

A decir suyo es el primero de una serie de pasos para insertar “con mayor vigor” el tema cultural en la agenda de la gestión pública. En ese sentido advierte que no debe suponerse que el nuevo organismo, creado por decreto del Congreso, resolverá por sí solo los problemas del sector. Por el contrario, enumera aspectos necesarios para que la dependencia “fructifique en el mejor desarrollo de la sociedad”.

Por ejemplo, reconocer la relevancia de las industrias culturales, ya no por el titular de la secretaría, sino por los responsables de las finanzas públicas, quienes deben admitir “que la materia cultural forma parte esencial del desarrollo del país y tiene una vertiente económica importante”.

Ello implica la urgencia, “a mi juicio impostergable, de establecer una buena política fiscal tendiente a un mayor mecenazgo”. Piensa que los mecanismos de apoyo a la industria cinematográfica y al teatro, establecidos en los artículos 189 y 190 del Impuesto Sobre la Renta, deben ampliarse a otras disciplinas escénicas como la danza y la ópera, así como a la música y las letras, tal como se hace en las artes visuales con el Pago en Especie. Asimismo debe haber una mayor corresponsabilidad del sector privado, no sólo la iniciativa privada sino los individuos con iniciativas particulares.

No se deben soslayar, agrega, los puntos de convergencia o transversalidad de la cultura con temas como la educación (cuyo vínculo no debe desaparecer por la creación de un órgano para la cultura) o la promoción en el exterior que requiere de coordinación con la Cancillería.

Vela dice que es el momento de un reordenamiento necesario para evitar duplicidades. Se pregunta, por hablar de un caso, dónde queda el Fondo de Cultura Económica (FCE) (no mencionado en la iniciativa aunque estuvo comprendido en el primer Programa Nacional de Cultura 1990-1994, del Conaculta) puesto que el ahora extinto organismo tenía la Dirección General de Publicaciones para editar y publicar libros, y la Red de Librerías Educal para distribuirlos y venderlos, y “habría que ver si se necesitan esas áreas o si es necesario fortalecer la de más arraigo, evidentemente el FCE”.

Se pronuncia asimismo por el fortalecimiento de los institutos nacionales de Antropología e Historia (INAH) y de Bellas Artes, a los que habría de dotar de mayores recursos, y de una auténtica política cultural nacional a partir del diálogo con las distintas entidades. Ante los temores de un sector laboral de que los institutos vayan a transformarse en subsecretarías o dependencias de la secretaría, el también abogado, egresado cum laude de la Escuela Libre de Derecho precisa que es “absolutamente impensable, pues jurídicamente tienen sus dos leyes vigentes”, que no fueron modificadas con el decreto.

Celebración

Titular del Consejo entre 2009 y 2012, la también exdirectora del FCE, Consuelo Sáizar, celebra la creación de la nueva dependencia:

“México es una potencia cultural mundial y, si bien el Conaculta tenía bajo su égida prácticamente las mismas instituciones que conforman a la nueva secretaría, no contaba con la independencia de gestión –administrativa y política– con la que se le ha dotado, y que le permitirá regular las funciones culturales y diseñar las políticas públicas de Estado, para atender de mejor manera los retos permanentes que presentan tanto la sociedad como la comunidad.”

Durante su primer encuentro con la prensa como secretario de Cultura, Tovar y de Teresa eludió hablar de los pendientes del Consejo, derivados algunos –como las obras en los Estudios Churubusco y Biblioteca de México– de la gestión de su antecesora, Sáizar. Dijo simplemente que cada uno de sus titulares ha aportado al trabajo cultural.

Vía correo electrónico desde Londres, en donde cursa el doctorado en sociología, la exfuncionaria prefiere las aclaraciones al respecto para el futuro. En cambio agradece la mención de Tovar sobre los aportes:

“Personalmente, siempre agradecí el gran trabajo que habían realizado mis antecesores en una institución que en sus veinticinco años de existencia se convirtió en un referente y en un modelo de gestión a nivel internacional.”

En opinión suya México merecía tener una secretaría, por su “enorme infraestructura”, el talento de sus creadores, “el profesionalismo de los trabajadores del sector” y por las posibilidades para fortalecer la gestión y adaptarla a los retos de “un siglo que presenta enormes oportunidades para la creación, el consumo y la difusión de la cultura; para diseñar políticas públicas, lineamientos y estímulos para las industrias culturales y la economía creativa”.

Piensa que permitirá diseñar con claridad un marco jurídico propio, aprovechar mejor el presupuesto, colaborar con los estados de la República, servir a la comunidad cultural y artística, y fortalecer la política cultural internacional.

A pregunta expresa de Proceso, Sáizar aclara que durante su gestión no se presentó ninguna propuesta para crear una secretaría, pese a “las dificultades del diseño original” del Conaculta. Con sus colaboradores, se creó, dice, el “Proyecto Cultural del Siglo XXI mexicano” bajo tres ejes centrales: Hacer de México la plataforma intelectual para los hablantes del español, fortalecimiento de la transición digital, y poner la gestión cultural al servicio de todos los ciudadanos, en coordinación con estados y municipios.

Viejo anhelo

Para el sociólogo Gerardo Estrada Rodríguez, coordinador ejecutivo del Auditorio Nacional, quien dirigió el INBA de 1992 al 2000, la Secretaría de Cultura es “la culminación de un proyecto de muchos años” que viene desde la creación del Conaculta con Flores Olea y el propio Rafael Tovar, pero no es sólo un anhelo de las administraciones culturales, “no es algo que sea vertical”, sino “de la comunidad, intelectuales y artistas que expresaron la conveniencia y el deseo de que tuviera ese rango”.

Ahora, apunta, el secretario tendrá posibilidad de negociar sus presupuestos, administrarlos de manera “relativamente autónoma” y ello facilitara la gestión.

Se le pregunta si considera haber hecho alguna aportación al proyecto durante su paso por el INBA. Responde que no tiene nada puntual que mencionar pero “la labor misma de las instituciones iba encaminada hacia eso, todos los esfuerzos que hacíamos… Es algo que se platicó muchas veces, se discutieron los pros y los contras, en fin, sí estuvo en el ánimo y en el trabajo durante los años que estuve en el Instituto”.

Afirma que la secretaría deberá asumir nuevas líneas de trabajo acorde con los cambios tecnológicos, pues si bien “ya se han explorado los caminos digitales hay que profundizarlos. Y esperemos que sea una secretaría más en contacto con la gente, el Conaculta lo fue, pero (deseamos) que el nuevo rango no impida que esa comunicación con la gente sea cada vez más grande”.

–Los institutos se adscriben tal cual, ¿considera que así deberán permanecer o cambiar en algún momento? Se cree podrían ser subsecretarías.

–Eso no creo que sea así, pero obviamente los institutos requieren de una actualización, de una modernización, no sé cómo, no me atrevería a decir en este momento bajo qué fórmula, pero por supuesto que todo se puede mejorar.

Fortalecer los institutos

Directora del INBA del 2009 al 2012, Teresa Vicencio, directora antes del Centro Cultural Tijuana (Cecut), califica como “innegable que la figura jurídica del Conaculta, tal como estaba, presentaba muchas debilidades que han dificultado la gestión administrativa. En este sentido, la creación de la Secretaría de Cultura “puede ser una oportunidad para hacer más eficiente el quehacer institucional”.

Sobre la forma de incorporación de los institutos INAH e INBA, evalúa que son dos instituciones “muy sólidas que le han dado a México un rostro del quehacer artístico, de la protección del patrimonio y de la difusión de nuestra riqueza cultural”, por ello al margen de hacerles mejoras “en el terreno laboral”, deben permanecer en el centro de la nueva Secretaría:

“Son el corazón mismo de la promoción cultural. La misión con la que ambas instituciones fueron creadas sigue vigente y, en mayor o menor medida, conservan su carácter nacional con toda la diversidad que implica y que nos hace un país multicultural. Sería deseable que los recursos de los institutos y sus posibilidades de acción resulten fortalecidos.”

Precisa finalmente que más allá de las ventajas de la nueva dependencia, en términos administrativos, es importante la redefinición de las políticas públicas culturales, a partir de un diálogo con las entidades federativas y todos los actores involucrados, acompañado de mejores recursos para las acciones culturales.

Bases históricas

El proyecto de hacer una Secretaría de Cultura se remonta años atrás del Conaculta. A decir del poeta Alejandro Sandoval, México debe un reconocimiento amplio a los protagonistas de “la época heroica de la promoción cultural”, como Carlos Chávez, director fundador del INBA, Juan José Bremer Martino y su padre Víctor Sandoval, quienes se avocaron a promover la creación y la difusión cultural “en condiciones muy adversas: vías de comunicación muy pobres, ausencia casi total de presupuestos, la ignorancia supina de muchos gobernantes, sólo por mencionar tres factores”.

Recuerda que escuchó por primera vez la posibilidad de hacer una secretaría en el verano de 1977, durante la Primera Reunión Nacional de Cultura, realizada en el Museo de la Ciudad de Aguascalientes, cuando Bremer iniciaba su periodo al frente del INBA, “pero hay quienes aseguran que el presidente Luis Echeverría ya la había mencionado. Luego vinieron algunos intentos inacabados por parte del Ejecutivo Federal y las propuestas desde el Congreso”.

¿De qué modo abonó el INBA durante los periodos de Bremer, Javier Barros Valero y Sandoval, para que a la vuelta de varias décadas se concretara la secretaría? Sin duda, responde, fue con la institucionalización del quehacer cultural, lograda a través de los institutos regionales de Bellas Artes, que eran representaciones del INBA en el interior del país. Vinieron más tarde encuentros, muestras, festivales, premios, consejos y secretarías de cultura estatales y municipales.

En su opinión una de las principales aportaciones de su padre fue la creación, puesta en marcha y consolidación del concepto “Casa de la Cultura”, que operó desde los setenta (cuando colaboraba con Bremer) y hasta avanzados los noventa del siglo pasado:

“Muy diferente, por ejemplo, del modelo francés o el cubano. Bremer tuvo la visión de utilizar la política como un importantísimo instrumento en el cual debía apoyarse el quehacer cultural y proyectarlo como uno de los ámbitos nodales de la vida nacional. Y Barros Valero respetó y consolidó todo lo que se había conseguido.”

–¿Considera que en la nueva Secretaría de Cultura se retoman esas políticas?

–Ojalá que se retome la mejor de esas políticas públicas en materia de cultura, por ejemplo: la búsqueda incesante de vincular a amplias mayorías con el arte, presupuestos destinados directamente a creadores de arte, intérpretes y ejecutantes y no a la burocracia cultural, la presencia en plazas públicas y otros escenarios populares de las manifestaciones artísticas. Insisto: lo mejor, porque a lo largo de los últimos cuarenta o cincuenta años, han habido muchas experiencias que fueron de prueba y error.

Cabe la pregunta de si Víctor Sandoval habría estado de acuerdo con una secretaría. Pensaba, dice, que México la merecía y participó de hecho en la redacción de algún proyecto. ¿Y cómo le habría gustado que quedara el INBA en ese esquema? Impensable su desaparición, destaca:

“No concebía la vida del país sin él; imagínate: ingresó al Instituto como ayudante de taller y se jubiló como director general. Por más de 30 años recorrió todo el escalafón burocrático-administrativo. Aunque como decimos, tenía algunos asegunes.”

Trato de secretario

El poeta y promotor cultural Jorge Ruiz Dueñas, autor del libro  Cultura, ¿para qué? Un examen comparado, publicado por Océano en el año 2000, puntualiza que el Conaculta sí “nació con la idea y vocación de ser una secretaría de Estado. Me refiero a un hecho, no a un juicio de valor”.

Precisa que fueron las condiciones políticas, “más que las económicas”, las que impidieron la consumación del proyecto. Pero aporta como prueba el hecho de que el entonces presidente del CNCA, Flores Olea, no acordara con el secretario de Educación Pública, Manuel Bartlett, sino con el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari (“incluido el presupuesto inicial”), no obstante que Bartlett dio el discurso inaugural en Palacio Nacional.

Hubo incluso una dirección general que tuvo entre sus objetivos el desarrollo institucional para la creación de esa dependencia.

Es conocido que a la caída de Flores Olea por la controversia con el poeta Octavio Paz acerca de El Coloquio de Invierno, el derecho de picaporte para el titular del Conaculta se perdió y su sucesor, Rafael Tovar, acordaba ya con el nuevo secretario de Educación, Ernesto Zedillo.

Ruiz Dueñas recuerda que Zedillo “mandó señales” de inmediato, al plantear un cambio en la dirección del Cecut (“pues el presidente me encargó Baja California”) pero, “dado el mal cálculo político de su propuesta, resultó –afortunadamente– inviable, lo que hubo de admitir en la misma llamada en que hizo su petición”.

Apunta que el propósito inicial (que recuerda los argumentos actuales) era “elevar de rango administrativo y sin cortapisas burocráticas el ‘sector cultura’ (antes ‘subsector’). Después, se siguió con la estructura planteada y la apresurada conformación jurídica (que, posiblemente, sus redactores consideraron provisional). Se mantuvo así una de las presumibles ventajas de seguir dentro del modelo vasconceliano, aunque nunca se tuvo la vinculación con los estudiantes que tal planteamiento suponía.

“Lo que ahora sucede no es algo súbito, hubo quien lo estudió con cuidado. Lleva tiempo de maduración. Algunas opiniones personales sobre el tema están ya planteadas en mi libro Cultura, ¿para qué? Un examen comparado.”   l