En el contexto de las artes visuales, la reestructura de su administración gubernamental está empezando no sólo de manera arbitraria sino, también, con una alarmante voracidad mercantil. Aun cuando la nueva Secretaría de Cultura no ha expedido una política museística y un reglamento que permitan definir la función y objetivo de cada museo, su modelo de gestión y las actividades correspondientes a sus servicios, el precio del boleto de entrada a los recintos del Instituto Nacional de Bellas Artes se incrementó excesivamente a partir del viernes 1.
Clasificados con base en tres homologaciones cuyos criterios no se especifican en la Ley Federal de Derechos, Artículo 288-A-1, los museos se dividen en históricos, emblemáticos y expositivos. Los primeros con un costo de 60 pesos –Museo del Palacio de Bellas Artes, Nacional de Arte, Tamayo y Arte Moderno (MAM)–; los segundos de 45 pesos –Carrillo Gil, Nacional de San Carlos, Nacional de la Estampa–; y los terceros de 30 pesos –Sala de Arte Público Siqueiros (SAPS), Laboratorio Alameda, Mural Diego Rivera, y Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo.
¿En qué se basa la diferencia: en la antigüedad del acervo, en el número de piezas, en la relevancia de las firmas o en la carencia de una colección?
Sin explicaciones, el acceso al Museo Tamayo tiene un incremento de 185% y, al MAM, Carrillo y SAPS, de 114%. Un aumento muy sorprendente no sólo porque la SAPS carece sin duda de público sino, también, por la deficiencia de los servicios que se ofrecen en distintos recintos con relación a la selección de exposiciones, promoción del propio acervo, cumplimiento de horarios, oferta de materiales de apoyo a precios accesibles, museografía eficaz.
Por ejemplo: El pasado 18 de diciembre, al inicio del periodo turístico y vacacional, el Museo Nacional de Arte cerró a las tres de la tarde, sin previo aviso, con motivo de la celebración navideña del personal; ajeno a la promoción del acervo del museo, el director del Tamayo, Juan Gaitán, continúa la tradición de apuntalar la mercadotecnia galerística utilizando las instalaciones del museo con una exposición apoyada por la Galería Kurimanzutto –de la escultora de su establo Nairy Baghramian–; en el Museo del Palacio de Bellas Artes, a pesar de la excelente selección de la muestra Vanguardia Rusa, no se ofrece ninguna publicación a precios populares; en el periodo vacacional de fin de año, los museos carecen de personal especializado de guardia que atienda al público; en el MAM, además de la incómoda actitud de los custodios en la exposición Duelo de Francisco Toledo, las cédulas explicativas de la muestra Abstracciones no se pueden leer por lo oscuro de la museografía, y el único material de apoyo para venta es un catálogo de lujo.
El incremento en el precio de acceso a los museos debería basarse en la calidad de sus servicios. Sin un ordenamiento de la gestión museística gubernamental y una evaluación pública del desempeño de los funcionarios, el boleto no vale 60 pesos.








