Durante la Guerra Fría las dos superpotencias mundiales mantuvieron una especie de equilibrio, debido sólo a que ambas contaban con la más poderosa de las armas: la bomba atómica. Ésta se desarrolló en Estados Unidos gracias al trabajo de las lumbreras científicas del Proyecto Manhattan. Pero Moscú la obtuvo con un método menos académico: el espionaje. Y en ese espionaje los papeles principales corrieron a cargo de la británica Kitty Harris, la estadunidense Katherine Oppenheimer y los mexicanos Vicente Lombardo Toledano y Adolfo Orive de Alba.
Kitty Harris, espía soviética de origen británico, fue pieza clave en los esfuerzos de Stalin por obtener los secretos del Proyecto Manhattan: ella tenía contacto con la esposa de Robert Oppenheimer (el “padre de la bomba atómica”), de quien recibía reportes orales sobre la construcción del arma; de sus aliados mexicanos consiguió pasaportes para que espías soviéticos viajaran a Estados Unidos, y de allá trajo documentos para transmitirlos a Moscú desde la embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en el Distrito Federal.
Archivos recién desclasificados del FBI sobre Katherine Oppenheimer y la aparición de un libro sobre su amiga, la espía británica –The Seventeen Names of Kitty Harris, de Igor Damaskin (Moscú, 2015)– permiten descubrir la fabulosa vida de esta “frágil” mujer y dan pistas sobre el trascendente papel que jugó para el espionaje soviético.
Por otra parte, el rol de los agentes mexicanos quedó al descubierto gracias al Proyecto Venona, un trabajo de las agencias de inteligencia de Estados Unidos y del Reino Unido, las cuales desclasificaron las comunicaciones del espionaje soviético antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, y que pueden consultarse en el portal de la estadunidense Agencia de Seguridad Nacional.
La comunista británica
Hay tres fechas probables del nacimiento de la londinense Harris: 1899, 1900 o 1904; la última, según la ficha de migración emitida cuando ella ingresó a México. Venía de una familia judía de clase trabajadora que emigró a Canadá. Luego se trasladó a Chicago.
En Estados Unidos la joven se transformó en una apasionada comunista tras relacionarse con organizaciones sindicales. En ese ambiente de luchas obreras conoció a quien se convertiría en su primer esposo: Earl Browder, con el que viajó a Shanghái para ayudar a organizar el Partido Comunista Chino.
Se divorció en 1929 y al año siguiente su exmarido se convirtió en presidente del Partido Comunista de Estados Unidos.
Harris tuvo estrecho contacto con personajes de México como Diego Rivera y Frida Kahlo, así como con intelectuales y funcionarios de izquierda.
En los treinta se trasladó a Londres, donde comenzó a trabajar para la inteligencia soviética, tras conocer, a principios de 1938, a los miembros del grupo antifascista Los Apóstoles de Cambridge, quienes espiaban para Moscú: Kim Philby, Guy Burgess, Donald Maclean y Anthony Blunt.
Sus jefes del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, antecedente del KGB) la designaron enlace con Maclean, su más importante agente en Inglaterra.
Maclean era atlético y apuesto y al menos 10 años menor que Harris. Se había graduado con los más altos honores en el Trinity Hall. Pronto se hicieron amantes y su amorío lo disfrutaban en un departamento que él tenía en la zona de Chelsea.
Esa relación rindió espléndidos frutos para la URSS: Kitty fotografió documentos secretos de la cancillería británica que Maclean llevaba al departamento. Durante dos años estuvo tomando fotos de 45 cajas de expedientes, que luego enviaba a Moscú. Entre ellos, los primeros informes del gobierno inglés sobre las investigaciones para fabricar una bomba atómica.
Destacaba uno: 60 páginas sobre los problemas químicos para la producción de metal puro de uranio, así como los contratos que se firmaron en 1940 para que la Imperial Chemical Industries fabricara varios kilogramos de ese material, esencial para la elaboración de la “superarma”.
Esos primeros informes técnicos sobre la separación de isótopos de uranio para generar una reacción en cadena fueron presentados por Stalin a los integrantes de la Academia de Ciencias de la URSS, pero ellos desestimaron las investigaciones con el argumento de que sólo eran una “remota” posibilidad teórica pues, decían, era prácticamente imposible elaborar un arma basada en el uranio. Tal opinión tranquilizó al líder soviético, quien desestimó los informes de sus espías. Consideraba que la “ciencia comunista” era superior a la “ciencia capitalista”.
La “orquesta” de Eitingon
Las investigaciones sobre la bomba atómica estaban muy adelantadas en Estados Unidos.
Cuando Stalin se enteró del presupuesto que destinaba Washington para la fabricación de la superarma –20% de su gasto militar–, entendió que la bomba era una realidad y entonces desechó la opinión de sus académicos. Ordenó que se reorganizara todo el aparato de inteligencia y creó el “Departamento S” como responsable del “espionaje atómico” en el extranjero.
Para contactar a los diversos científicos que desarrollaban el Proyecto Manhattan, la inteligencia soviética seleccionó a una serie de colaboradores desconocidos –se trataba de evitar la vigilancia del FBI– a fin de que recibieran y transmitieran los secretos.
La “orquesta” que se formó la conducía el superespía Leonid Eitingon, jefe de la División de Operaciones Especiales, radicado entonces en Nueva York. En esta organización se incluyeron “espías” no profesionales que habían sido reclutados por Eitingon en la Guerra Civil Española y en México; la mayoría de ellos de origen judío, como el propio Leonid.
También Kitty fue seleccionada para ser incluida en la “orquesta”, por lo que se le trasladó de Londres a Estados Unidos a fin de ayudar a los otros espías, pues conocía desde mucho tiempo antes a Katherine Oppenheimer, esposa del director del Proyecto Manhattan.
De origen alemán, esta mujer había militado en el Partido Comunista y se mantuvo en estrecho contacto con Browder. Viajó igualmente a España y colaboró con los republicanos; ahí coincidió con Eitingon. Al término de la Guerra Civil Española se trasladó a París, en la época en la que Kitty Harris también viajaba a la capital francesa.
Para finales de 1942 Harris llegó a Los Ángeles, California, donde radicaba Katherine. Luego viajó a México como mensajera que trasladaba documentos para el jefe de la NKVD en el Distrito Federal, Lev Vasilevski, ya que la embajada soviética había sido designada como uno de los principales centros para transmitir a Moscú los secretos de la bomba atómica.
En la Ciudad de México Kitty Harris retomó sus contactos: los que conoció durante sus frecuentes viajes al país a finales de los veinte, cuando aún era esposa de Browder: el secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, Vicente Lombardo Toledano, quien había sido reclutado por la inteligencia soviética durante sus viajes a Moscú, y Adolfo Orive de Alba, un funcionario cercano al presidente Lázaro Cárdenas y entonces director de la Comisión Nacional de Irrigación.
Lombardo le entregó a Harris pasaportes mexicanos para que agentes soviéticos pudieran entrar a Estados Unidos. Orive recibía en sus cuentas personales los miles de dólares que mandaba Moscú para financiar a sus espías.
Meses después Vasilevski envió a Kitty a Santa Fe, Nuevo México. Ahí operaba Eitingon desde una farmacia. Desde ese inocuo local, abierto años atrás por el espía de origen argentino José Grigulevich, se vigilaba y contactaba a los científicos del Proyecto Manhattan que trabajaban en el Laboratorio de Los Álamos, en esa época conocido como Planta Y.
Un selecto grupo de la gran orquesta que dirigía Eitingon contactó y recibió documentos sobe los secretos de la “superarma” directamente de científicos como Klaus Fuchs, Enrico Fermi y Theodore Hall, además de reportes orales sobre sus avances por parte de la esposa de Oppenheimer.
La comunidad científica de la URSS quería también conseguir todo tipo de detalles sobre la infraestructura y elementos necesarios para fabricar la bomba. Guiados por el experimentado Eitingon, decenas de improvisados “espías atómicos” –suizos, polacos, mexicanos, españoles, estadunidenses y profesionales soviéticos– viajaron durante cerca de dos años por todo Estados Unidos visitando universidades, fábricas e instalaciones militares a fin de recopilar información sobre materiales, aleaciones, componentes electrónicos, etcétera.
Para fotografiar las industrias y firmas que trabajaban para el Pentágono, la inteligencia soviética ordenó a sus hombres en México comprar 20 cámaras alemanas marca Leica, con sus respectivos telefotos, pues consideraron que si compraban ese material en Estados Unidos podrían atraer la atención del FBI.
Después de recolectar los datos, algunos de los agentes viajaban a México para entregar sus reportes a Vasilevski. En el Distrito Federal también recibían fondos para sus traslados, rentas y viajes.
En esa orquesta Kitty Harris jugaba el papel de “primer violín”, pues entre sus diversas tareas estaba la de ser enlace entre los funcionarios mexicanos que recibían los fondos para entregarlos al espionaje soviético.
Gracias a esa “orquesta”, Stalin pudo fabricar su propia bomba atómica y amenazar a occidente durante la Guerra Fría.








