Instantáneas de Alonso Lujambio y Miguel Bonasso

Scherer afirmaba que el núcleo del periodismo eran los personajes. Aquí presentamos dos retratos inéditos realizados por el fundador de Proceso. El primero es de Alonso Lujambio, encumbrado por el calderonismo y fallecido en 2012. El segundo es de Miguel Bonasso, político, exmilitante de la guerrilla argentina Montoneros y colaborador de este semanario. Sin confundir cercanía con complacencia, Scherer delinea características cruciales de dos personas sin las cuales no se explican a cabalidad momentos de trascendencia para México y Argentina.

Alonso Lujambio, senador, secretario de Educación y candidato prematuro a la Presidencia de la República, fue inflexible en su crítica contra Carlos Castillo Peraza. Íntimo del presidente Felipe Calderón Hinojosa, escribió en un libro de ensayos políticos que el fracaso había marcado la vida del ya fallecido Castillo Peraza.

Dicen que de la traición no se regresa, como tampoco se regresa del crimen. El peso de la deslealtad y el asesinato son tan fuertes que no hay manera de borrar la marca que dejan en el victimario. Es posible que Felipe Calderón, a fin de aliviar la conciencia frente al que fue su maestro, jefe y padre político, haya llegado hasta los límites del desprecio para aligerar la calma que le minaba el alma.

De éste y otros temas conversamos Lujambio y yo en una cena que resultaría desafortunada. En su casa había dado comienzo el encuentro bajo los mejores auspicios. La señora María Teresa Toca, esposa del anfitrión, había sido cordial, esmeradamente amable. Su marido había cumplido con la parte que le correspondía y yo procuré mantenerme a la altura de un ambiente grato. A la postre, la reunión sería áspera, a punto de que pudiera calificarse de rijosa.

La ocasión la ofreció Retratos de familia, un ensayo que Lujambio había escrito y del cual nos prometimos que habíamos de contarnos aquella noche. El tema: Castillo Peraza y su paso por Acción Nacional.­

Yo había mantenido a lo largo de los años una amistad profunda con Castillo Peraza. Fui testigo de sus tormentos interiores, que sólo a él competían. Profesaba sin duda alguna la fe católica, apostólica y romana y tenía al Papa como emisario de Dios en la tierra. Se creía en pecado mortal, el fin intempestivo de la vida lo atormentaba. En su adhesión al Papa, sostenía que el aborto era inadmisible en el caso que produjera en el recién nacido daños genéticos y aun en la madre y su criatura en gestación. Yo contrariaba a don Carlos con los argumentos del sentido común y le decía que no podían ser obra del diablo. Pisamos terrenos peligrosos y de común acuerdo decidimos que no seguiríamos por caminos que podrían deteriorar una relación fraterna. Una vez decididos, nunca volvimos a hablar del aborto.

En su libro La democracia indispensable, Lujambio se ocupó extensamente de Castillo Peraza, recorrió su vida de periodista, político, escritor, poeta, aun filósofo, su análisis con este párrafo gélido:
“La vida de Carlos Castillo Peraza está sellada por su participación en una victoria en Mérida (1987) en la era hegemónica del PRI y 30 años después en una derrota electoral en el Distrito Federal (1997) en la era de la competitividad política plena. Castillo Peraza fue un activista en la construcción de nuevas reglas de competencia a las que se sometió… y perdió.”

Yo disentí cuanto me fue posible y la reunión se mantuvo en los límites de la educación. Sin embargo, para Lujambio y para mí quedaría claro: ni el amigo de Felipe Calderón Hinojosa ni el amigo de Carlos Castillo Peraza podrían coincidir en la vida pública.

La prolongada enfermedad de Alonso Lujambio y su trágica agonía me resultaron pesarosas. Pensé en la actitud conmovedora de su familia y la humana solidaridad de muchos de sus compañeros y amigos. Fue un hombre con la sonrisa dispuesta para atenuar la pena de quienes lo miraban con ahogo.

Un hombre así no merecía el homenaje teatral que montó el Senado de la República. El homenaje en su honor resultó falsamente fastuoso e inevitablemente lúgubre. Lujambio, en los confines de la muerte, formuló compromisos que no podría cumplir y los legisladores lo aplaudieron de pie. El moribundo desfallecía y los legisladores cerraban los ojos ante la tragedia visible.

Más tarde, el presidente Felipe Calderón encabezaría el sepelio que llevaría a Lujambio al Panteón Francés. Fue una ceremonia propia de un héroe y héroes son aquellos hombres y mujeres a quienes la patria les debe gratitud. No era el caso. En su paso de 50 años en la vida, Lujambio no dejó un trazo que pudiera recordar la posteridad.

En su menosprecio por Castillo Peraza, el presidente Felipe Calderón llegó a plantear al Comité Ejecutivo del PAN la posibilidad de retirar su candidatura como aspirante al gobierno de la Ciudad de México.
Después, sin orden en la cabeza, lo cubrió de elogios y contradijo a Lujambio, su álter ego en las consideraciones centrales acerca de la personalidad de Castillo Peraza. Lujambio lo había señalado como un hombre del fracaso y Calderón lo alababa sin pudor. En la contradicción abismal, así habló Calderón en el funeral:

“Carlos Castillo Peraza fue el verdadero ideólogo de la política mexicana, porque la concibió, porque la diseñó, porque la llevó adelante, porque supo asumir la incomprensión de los riesgos y el insulto, porque supo entender que se requiere más valor para iniciar un diálogo desde la oposición en un régimen autocrático, que simplemente protestar y negarse radicalmente a entablarlo y transformarlo, porque supo del riesgo, de la traición.”

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En su libro Recuerdo de la muerte, Miguel Bonasso escribió acerca de su reencuentro con la vida. Denunció en su momento la tortura en los años de la masacre decretada desde el Cono Sur para América Latina. El horror de lo ocurrido en las mazmorras de Argentina es de tal magnitud que Pietro Levi, autor de una investigación monumental sobre Auschwitz, lo menciona en relación con los centros de exterminio del nazismo.

Bonasso ha vivido sin miedo. Resueltos sus problemas mayores e instalado con su esposa Silvia y sus hijos Federico y Flavia en una vida de éxito, optó por la guerrilla. No soportó la impiedad de que era testigo y se afilió al peronismo clandestino.

Cayó en el desencanto, veleidoso Juan Domingo Perón en su política. No obstante, se afilió a Montoneros, restos del líder carismático que, a puño cerrado, peleaba hasta la muerte en la Escuela Militar de la Armada.

Los Montoneros representaron un nuevo desencanto y Bonasso buscó otras trincheras. De frente luchó en la política, implacable en los desafíos que provocaba. No podría corromperse. Despreciaba el dinero y el poder lo quería para luchar.

Tuvo éxito y fue diputado por segunda vez. Violentada su oratoria, la de un líder, creció el número de sus adversarios. Le estrechaban la mano y se marchaban de prisa.

En una carta fechada en Buenos Aires, 5 de enero de 2013, me dice:

“Hace más de un año (el 12 de octubre de 2011) presenté un libro sobre el saqueo de Argentina. No era el momento más oportuno. Se sabía ya que Cristina Fernández de Kirchner iba a ganar por aplastante mayoría 11 días después. Y el 23 de octubre se consumó el aluvión de votos esperado o temido: el famoso 54% que generó en la Presidencia y sus seguidores la convicción de que todo era posible, que no habría límites ni controles para el poder administrador.

“Algunos amigos me dijeron que era un error ponerse al frente de una locomotora que venía a 200 kilómetros por hora y dejaron de frecuentarme. Mis colaboradores en el Congreso me dieron la espalda sin pudor. En la calle, algún despistado insolente llegó a gritarme: ‘¿Qué le hiciste a Cristina?’. Dos funcionarios o exfuncionarios, Aníbal Fernández y Rafael Bielsa, amenazaron con querellarme y luego no se atrevieron.

“Alguien más astuto que los alcahuetes de siempre, bajó la orden en el orden público como en el privado:

“No le contesten.

“Y no me contestaron.”

En su carta, Bonasso no desea que “la estropeen relatos puntuales sobre la estafa política que padece Argentina”, pero quiere que comprenda su estado de ánimo en el periodo que enfrenta.

“Me siento –expresa– como tú te sentías cuando la izquierda latinoamericana exiliada y los amigos cubanos elogiaban la política exterior del PRI y callaban prolijamente sus atrocidades.

“Con una diferencia que no es menor: no sólo carezco de un medio tan trascendente como Proceso, sino que por primera vez en una carrera de 54 años de antigüedad no tengo ningún medio donde escribir. Ni el oligopolio de Clarín ni el oligopolio estatal y privado armado por el gobierno con el dinero procedente de la corrupción y actividades secretas como el juego.

“He tenido que usar el ‘Facebook’ y el ‘Twitter’ –armas informáticas de los jóvenes– para circular mis opiniones sobre la actualidad nacional e internacional. Por suerte, la honestidad no te hace rico en billetes, pero da una libertad para opinar de la que carece la inmensa mayoría de nuestros colegas.

“De las traiciones que sufrí en mi paso de ocho años por la política activa, para qué te voy a hablar, si tú conoces mejor que yo cómo los miserables te clavan el cuchillo en los riñones.”