“Las sufragistas”

El riesgo constante en una película de tema social, en este caso la batalla de un grupo de mujeres británicas por obtener el derecho al voto poco antes de la Primera Guerra Mundial, es petrificar la historia con excesos didácticos y melodramáticos. En Las sufragistas (Suffragette; Reino Unido, 2015)  la directora Sarah Gavron y la guionista Abi Morgan ofrecen un relato vivo mezclando personajes históricos con ficticios para suscitar interés e involucrar emocionalmente a su público.

Aunque las circunstancias empujan a Maud (Carey Mulligan), joven trabajadora de una lavandería, a involucrarse en la lucha por el voto, la decisión es plenamente consciente; la amenaza de perder todo, marido, familia y trabajo es real. El proceso es doloroso: cuando Violet Miller (Anne Marie Duff), compañera de trabajo, es brutalizada por su marido y no puede dar testimonio para defender el derecho al voto, Maud decide dar el suyo; el resto es entrar en contacto con las sufragistas, vivir la traición política del entonces primer ministro, activismo político, cárcel y escarnio social.
Conocida por su trabajo en series como la británica La Hora, o en películas como La Dama de Hierro o Vergüenza (2011), la guionista Abi Morgan sorprende con la dimensión psicológica que sabe abrir en sus personajes femeninos; a diferencia de otras escritoras, el motor dramático, el agente de cambio, no es la búsqueda de amor o de reconocimiento, sino de poder, visión comúnmente asociada al hombre en el cine y la literatura. Lo que hace creíble su versión de Margarette Tatcher, por ejemplo, es la obsesión de la estadista por lograr la supremacía; si Maud se haya en la escala opuesta, la de la víctima explotada económicamente o acosada sexualmente por su jefe, su lucha no es una simple reacción ante la injusticia, sino el descubrimiento de que puede combatir, y de que el voto es un emblema de poder, imposible de renunciar.
El cine británico sobresale en el género del realismo social. Las sufragistas debe un tanto a Ken Loach en el uso de metáforas naturalistas como la bruma, el lodo o la lluvia, o en centrarse en caracteres comunes; pero la directora Sarah Gavron prefiere un enfoque más actual con un manejo de la cámara asociado a la actualidad informativa, o al registro espontáneo de los sucesos como los captarían los teléfonos celulares.
El cameo de Meryl Streep en el papel de Emmeline Pankhurst estorba un tanto por su falta de desarrollo; en una secuencia que recuerda a Evita Perón desde el balcón, la activista política arenga a la multitud de mujeres para luchar por el voto. El espectador entiende que debe tratarse de una figura importante en la historia del sufragismo, pero la imagen queda ahí arriba; en realidad, Pankhurst padeció brutalidad policíaca, cárcel y alimentación forzada en las huelgas de hambre, algo muy similar a la tortura.
Más allá del hecho de que un siglo después la lucha por el voto de la mujer en algunos países no ha terminado (Arabia Saudita como muestra), los sucesos que narra Las sufragistas son cosa del pasado. La cinta de Gavron y Abi Morgan no puede ya inscribirse en el cine de denuncia, como sería el caso constante en la obra de Loach; el reto era sacudir la conciencia sobre el costo que implicó adquirir ciertos derechos elementales.