Ópera 2015

En este país macrocéfalo, lo que no ocurre aún en la ahora designada Ciudad de México en el terreno cultural, simplemente no ocurre –lo cual es una aberración pero, desgraciadamente, una verdad–. Es en este sentido que nos ocuparemos un tanto de lo acontecido en la ópera en Bellas Artes durante este año que termina.

Como primera providencia hay que decir que, numéricamente, se siguió el esquema de cuando, hace ya varios años, llegaron a la dirección de la ópera Sergio Vela y su equipo e impusieron un raquítico número de siete títulos al año, con cuatro funciones de cada uno, o sea la irrisoria cantidad de veintiocho funciones anuales. Se hacía así, se dijo, para elevar la calidad y alcanzar en cada función “niveles de excelencia”. La excelencia nunca apareció pero sí el recorte de posibilidades de trabajo para nuestros cantantes y de disfrute para los aficionados. Esto sucedió en los últimos años del siglo pasado.
Este 2015 se siguió esa mala práctica sólo que agravada, ya que los títulos fueron únicamente seis: El elíxir de amor presentado en febrero con cuatro fechas; Don Giovanni, cuatro fechas en marzo; Mefistófeles con únicamente dos y, en la versión de ópera-concierto además, en abril. De allí nos saltamos a junio para, en cuatro ocasiones, La Traviata (en la peor versión de la historia, y desperdiciar así la presencia de la mejor soprano mexicana, María Katzarava). De aquí un salto de tres meses para, en dos días de septiembre y dos de noviembre, presenciar el interesante estreno en México de Viva la mamma de Donizetti que, desafortunadamente, achabacanó totalmente la puesta en escena; llegamos así a dos fechas, noviembre y tres de diciembre, en la que tuvimos las últimas funciones del año con Tosca.
Este recuento nos arroja la “enorme” suma de 23 funciones. Cantidad realmente ridícula, sobre todo si consideramos que, en la práctica, la única casa de ópera, si es que queremos considerarla así, existente en todo el país es Bellas Artes.
El porqué de esto, es motivo que rebasa en mucho el espacio de esta columna, lo cual no significa que desconozcamos y podamos exponer las razones; sin embargo, por hoy y aquí, sólo un par de pinceladas:
No existe un verdadero proyecto de creación y difusión de la ópera, esto hace que cada administración realice, en el mejor de los casos, lo que a su entender sea lo mejor, pero no hay líneas rectoras que otorguen dirección. Esas mismas direcciones-administraciones han sido efímeras y, consecuentemente, no pueden planear y menos realizar como tal vez pudieran hacerlo. El caso de Ramón Vargas es ejemplarizante de esto.
Por otra parte, la práctica así lo demuestra: los equipos encargados de la dirección de la ópera no han sido para nada los idóneos, y los resultados están a la vista.
¿Qué pasará para el inminente 2016? Eso, mínimo, debe ser objeto de otra columna, pero debo adelantar que, jugando al “secreto de Estado”, la actual administración oculta la información. He solicitado más de una vez hablar con la soprano Lourdes Ambriz, actual Directora Artística de la Ópera de Bellas Artes, pero sus múltiples ocupaciones han impedido lo hagamos. Seguiré esperando.