Cuando el miedo se paseó por Montreal

El separatismo quebequense sigue activo, aunque sin el número suficiente de votos como para emanciparse de Canadá. Pero el independentismo francófono no es algo nuevo y tuvo incluso una época violenta tras la aparición del Frente de Liberación de Quebec a principios de los sesenta. Fue una saga clandestina con asaltos bancarios y secuestros, hasta que esa guerrilla causó la muerte de siete personas, entre ellas un ministro, lo que marcó su declive. Un sobreviviente de esa agrupación cuenta su historia.

Montreal.- Jacques Cossette-­Trudel tiene 68 años, es consejero en comunicación y tiene un pasado polémico: fue miembro del Frente de Liberación de Quebec. “Milité en el FLQ, viví un tiempo en la clandestinidad y conocí el exilio”, cuenta a Proceso en un café de esta ciudad.
Entre 1963 y 1973 el Frente de Liberación de Quebec (FLQ) colocó bombas, provocó incendios, robó bancos y armas y secuestró a figuras políticas –principalmente en esta ciudad– a fin de lograr la independencia de la provincia canadiense y la instauración del socialismo en ella.
El clímax de esa violencia tuvo lugar en 1970, en lo que se conoce como la “Crisis de octubre”, mes en el cual el ejército canadiense intervino, con un desenlace en diciembre del mismo año: la salida de varios felquistas a Cuba y la detención de otros más. En esos días de incertidumbre se instauró la Ley de Medidas de Guerra. La última vez que esto había pasado en Canadá fue en 1941.
La relación entre Quebec y el resto de Canadá ha sido siempre complicada, debido a aspectos como la lengua, las disputas constitucionales y el reconocimiento nacional.
En los años sesenta surgieron grupos que proponían separarse de la federación canadiense. Esa década agitada en el mundo se conjuntó con la “Revolución tranquila”, como se conoce al periodo de grandes reformas del gobierno quebequense en cuanto a educación, economía y protección social para modernizar la provincia; sólo que algunos individuos tenían más prisa por generar cambios optando por vías no moderadas.
De acuerdo con Louis Fournier, autor de FLQ: histoire d’un mouvement clandestin, existía un grupo de jóvenes que pensaba que la emancipación quebequense debía llegar por medios radicales y había que alejarse de la visión burguesa de los demás movimientos.
Creado en  febrero de 1963, el frente tenía entre sus fundadores a estudiantes con activa militancia política influidos por los movimientos de liberación en distintas partes del orbe y lectores de textos revolucionarios. Robert Comeau fue profesor universitario y militó algunos años en el FLQ. Afirma –vía telefónica– que dentro de la agrupación convivían diversos pensamientos de izquierda, pero existía un punto de convergencia: conseguir la independencia a través de la acción revolucionaria.
El grupo –que se inspiraba principalmente en el Frente de Liberación Nacional de Argelia, en cuanto a su estructura en células, y en los Tupamaros, por la lucha urbana– hizo su aparición pública el 8 de marzo de 1963 con una operación que consistió en atacar tres instalaciones militares con bombas incendiarias y realizar pintas en muros.
Cuando el periodista canadiense Pierre Nadeau filmaba en junio de 1970 un reportaje sobre la resistencia palestina en suelo jordano, se topó con dos miembros del FLQ entre las personas que recibían entrenamiento.
En su primer comunicado el FLQ señalaba que atacaría oficinas gubernamentales, bancos, medios de comunicación en inglés y fábricas sospechosas de malos tratos a los francófonos. Los consideraba blancos vinculados con la explotación política, económica y cultural hacia el pueblo quebequense. “La independencia de Quebec sólo es posible mediante la revolución social”, señalaba el documento.
La aparición del FLQ provocó sentimientos encontrados entre los habitantes de Montreal. Los anglófonos mostraron preocupación, algunos francófonos condenaron el surgimiento de un grupo violento, pero otros lo miraron con buenos ojos ante el escaso avance de los soberanistas moderados.
“Varios sectores percibieron al FLQ como una especie de Robin Hood, aunque esa impresión cambió cuando la organización se manchó las manos de sangre”, comenta Robert Coté a Proceso. Él conoce bien a los felquistas: dirigió la unidad antiexplosivos de la policía de Montreal de 1966 a 1977.
Entre 1963 y 1970 el FLQ puso 300 bombas y dispositivos incendiarios; 24 fueron desactivados por el propio Coté. El ahora expolicía precisa que la organización no tenía grandes conocimientos en explosivos: recurría casi siempre a la dinamita.
El FLQ también asaltó ocho bancos y hurtó armas de puestos militares. Se financiaba con los ahorros de sus miembros, el botín de los atracos y el fraude con cheques de viajero.
El primer deceso por obra del FLQ fue el 21 de abril de 1963. Wilfred O’Neill perdió la vida mientras laboraba como velador en un centro de reclutamiento del ejército en Montreal, donde los felquistas habían colocado una bomba. Otros atentados muy recordados fueron el de la Cámara de Comercio de Montreal, en noviembre de 1968, y el de la Bolsa de Valores, en febrero de 1969. En total, la agrupación causó siete muertos y medio centenar de heridos.

“Crisis de octubre”

El 5 de octubre de 1970 los felquistas secuestraron a James Richard Cross, agregado comercial de Gran Bretaña en Montreal.
Miembro activo desde 1969, Cossette-Trudel participó en esa acción: “Lo tratamos bien. Jamás consideramos matarlo”. Horas después, el FLQ anunció sus exigencias para entregar al británico, entre las que figuraban la puesta en libertad de varios de sus miembros, 500 mil dólares en lingotes de oro y un avión para que los felquistas que fuesen liberados y los encargados del secuestro pudiesen viajar a Cuba o Argelia.
Las autoridades quebequenses se vieron sobrepasadas por la situación y recurrieron al gobierno federal. Pierre Elliott Trudeau era el primer ministro y no simpatizaba con la idea de negociar con el FLQ. Sin embargo, diversas figuras políticas de Quebec solicitaron privilegiar el diálogo para salvar la vida del secuestrado. Finalmente se entablaron pláticas entre representantes gubernamentales y Robert Lemieux, abogado que fungió como enlace del FLQ.
El 10 de octubre el escenario se agravó: el grupo secuestró a Pierre Laporte, ministro de Trabajo de Quebec. El 15 de octubre, el gobierno federal envió al ejército para garantizar el orden y vigilar edificios públicos. Un día después, Trudeau instauró la Ley de Medidas de Guerra, en detrimento de las libertades civiles.
En los siguientes días 479 personas fueron detenidas sin orden judicial y se allanaron cientos de domicilios. En esos operativos apenas fue apresado un puñado de felquistas; el resto era gente con simpatías hacia el grupo y militantes moderados de la causa soberanista.
El 17 de octubre el FLQ notificó la ejecución de Laporte. Su cuerpo fue hallado horas después. Esa muerte sigue levantando polémica. Los miembros de la célula que lo tenía capturado señalaron que el ministro falleció accidentalmente: en un intento por liberarse hubo un forcejeo en el que resultó asfixiado.
Sin embargo, anunciaron su ejecución como un golpe de autoridad. La versión de la policía indicó que los felquistas lo asesinaron, aunque en una emisión de 2010 la cadena Radio Canadá demostró que las autoridades siempre supieron que había sido un homicidio involuntario.
Tras largas negociaciones los felquistas aceptaron liberar a Cross a cambio de que los dejaran viajar a Cuba con algunos familiares. Un avión militar canadiense despegó de Montreal el 4 de diciembre con todos ellos. Minutos antes el británico había sido entregado ileso. El 28 de diciembre la policía detuvo a Francis Simard y a los hermanos Paul y Jacques Rose como responsables de la muerte de Laporte.
Severamente golpeado por la detención de varios de sus miembros y por el exilio de otros más, el FLQ fue diluyéndose al paso del tiempo. “Para mí, la agrupación murió con el homicidio de Laporte. Eso mató al FLQ”, dice Cossette-Trudel.
Además ha quedado probado que el FLQ estaba infiltrado por la policía después de la “Crisis de octubre”; estos agentes promovieron nuevos hechos violentos, algo denunciado por los exmiembros de la organización. “Un FLQ activo jugaba a favor del gobierno canadiense”, afirma Comeau. Cossette-Trudel está convencido de que el grupo siempre estuvo infiltrado: “Una vez fui detenido y la policía me mostró información (supuestamente confidencial) que me dejó boquiabierto”.
Cossette-Trudel llegó a La Habana con su pareja de entonces –también perteneciente al FLQ– y con otros miembros de la agrupación.
Rompió con el Frente en mayo de 1971 mediante una carta enviada a la Agencia de Prensa Libre de Quebec. “Los primeros meses en Cuba me ayudaron a comprender que la revolución como la queríamos era imposible. El FLQ fue impaciente y muy sectario. Además no era un verdadero frente con estudiantes, obreros y otros sectores. La violencia también me hizo abandonar la agrupación”, señala.
Comeau comenta que el FLQ se equivocó en cuanto a planteamientos teóricos, ya que las condiciones quebequenses no encajaban en la reflexión aplicada en otros escenarios: Quebec no era una colonia y Canadá, sin ser una potencia, no se comparaba con el Tercer Mundo. Luego de cuatro años Cossette-Trudel y otros felquistas abandonaron Cuba para instalarse en Francia.

La vía democrática

En 1976 el soberanista Partido Quebequense (PQ) ganó las elecciones provinciales y comenzó a negociar el regreso de los felquistas, a condición de que purgaran penas de prisión. En 1978 Cossette-Trudel, su pareja e hijos (nacidos en el exilio) fueron los primeros en retornar. El matrimonio pasó ocho meses tras las rejas.
Otros felquistas volvieron poco tiempo después y cumplieron sentencias similares. “Los jueces fueron muy generosos. Tomaron en cuenta la juventud de los acusados cuando cometieron los ilícitos, el hecho de que varios de ellos ya habían estado en prisión y de que otros habían vivido años fuera de Canadá”, afirma Coté.
El movimiento soberanista, a pesar de esos años difíciles, sobrevivió y se consolidó. En 1980, el PQ convocó a un referéndum para proponer la separación de Canadá. El “no” se impuso con 59.5% de los votos. En 1995 se dio un segundo intento y el resultado fue sumamente cerrado: 50.6% por el “no”. De acuerdo con una encuesta del pasado octubre, los deseos independentistas aún seducen a 35% del electorado quebequense.
Los análisis no han logrado aún un veredicto claro al estudiar el impacto que tuvo el FLQ en el movimiento independentista. Varios autores creen que los felquistas lastimaron seriamente la idea soberanista al asociarla con la violencia.
Otros expertos mencionan que el FLQ aumentó la toma de conciencia de buena parte de los quebequenses, reflejándose esto luego en las urnas. “Hay dos grandes eventos que ayudaron a que la lucha independentista fuera más conocida: cuando en 1967 Charles de Gaulle visitó la provincia y lanzó el grito de ‘¡Viva Quebec libre!’ y la aparición del FLQ”, señala Comeau. Cossette-Trudel agrega: “Nuestros gestos eran criminales, pero nuestros fines eran nobles”.
Cossette-Trudel señala que nunca se ha arrepentido de su pertenencia al FLQ, excepto en un punto: “Lo único que lamenté durante años fue haber causado un cierto trauma a los quebequenses. Aunque, siendo sincero, ahora ni siquiera de eso me arrepiento: a veces los quebequenses necesitan algún choque eléctrico para reaccionar. Parece que tenemos miedo de existir. No hablo de violencia, pero dudamos, no buscamos a fondo nuestros proyectos colectivos”.
Comenta que está preparando una película sobre sus años de exilio y expresa con ímpetu: “Nunca me sentí un terrorista. No atacábamos a la población. Queríamos combatir a las instituciones gubernamentales. No se puede comparar, por ejemplo, con los ataques en París de hace unas semanas. Debemos recordar las condiciones políticas de Quebec en esos años”.
Por fortuna, ya nadie pone una bomba en Montreal para mostrarle a Ottawa su hartazgo.