La agrupación Abuelas de Plaza de Mayo logró que Mario se reencontrara con Sara, su madre. Nunca se habían visto. Ella lo tuvo hace 39 años, en cautiverio, y la dictadura que asolaba Argentina en ese tiempo se lo arrancó. Es el reencuentro número 119 que consigue dicha asociación. “Uno se despierta y va tratando de entender qué es lo que pasó”, cuenta Mario. “No lo esperás de ninguna manera, porque te encontrás en una habitación con alguien, con toda la emoción, pero es una desconocida, no la viste nunca”.
LAS ROSAS, ARGENTINA.- “Lo más fuerte fue el encuentro con mi madre”, dice Mario Bravo. “Esa primera mirada y ese primer abrazo. El asombro por la magia que existe, la atracción. Yo lo llamo el instinto animal. Que es mirarla a los ojos y saber que es tu mamá”.
Mario tiene 39 años y vive en Las Rosas, un pueblo de la provincia de Santa Fe, a 450 kilómetros de Buenos Aires. Está casado. Tiene tres hijos. Trabaja para una empresa agrícola. Hoy sabe que nació entre mayo y junio de 1976, en la provincia de Tucumán, en la cárcel de Villa Urquiza, que funcionaba como un centro de detención clandestino.
Él conoció su verdadera identidad gracias a la organización Abuelas de Plaza de Mayo. Es el nieto recuperado número 119 y el sexto que ha podido reunirse con su madre biológica, Sara. Ella tiene hoy 59 años. Vive aún en Tucumán. Ni siquiera pudo ver a su bebé recién nacido. Los represores se lo arrebataron tras el parto. El reencuentro se produjo el pasado martes 1, en la sede central de Abuelas de Plaza de Mayo, en Buenos Aires.
“Yo en estos momentos me pongo en estilo frío –apunta Mario–. Uno cree que tiene todo cubierto. Y ahí me llama Estela de Carlotto (la presidenta de Abuelas) y me dice: ‘Marito, vení que ya vino tu mamá’. Ingreso a la habitación contigua y nos vemos por primera vez. Frente a frente.
“Es un golpe bajo, pero en el mejor sentido. No lo esperás de ninguna manera. Porque vos llegás armado y pensás cómo voy a reaccionar, porque te encontrás en una habitación con alguien, con toda la emoción, pero es una desconocida, no la viste nunca. Y se te caen todas las hipótesis que pudieras hacer. Todo el abanico de posibilidades de lo que vas a decir se cae. Parecés un cachorrito, un gatito. Es tu mamá, es tu madre.”
Sara fue secuestrada en julio de 1975. Tenía 19 años. Trabajaba en un hotel. Criaba a dos hijitas de uno y tres años. Su calvario como desaparecida duró un año y medio. Y en ese tiempo dio a luz a Mario. Fue liberada en medio del campo. Recuperó a sus dos hijas, que habían ido a parar a un orfanato. Seis años después formó una nueva familia. Tuvo otros cuatro hijos con quien hoy es su marido. Se acercó a Abuelas en 2004. Dio su muestra de sangre al Banco Nacional de Datos Genéticos, que depende de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi). Un grupo de psicólogos y psiquiatras le proporciona apoyo profesional estos días.
“Yo fui hacia ella –prosigue Mario–. Estaba sentada. Se largó (comenzó) a llorar. Lloraba y lloraba. No sé si fue un segundo, dos minutos, no sabés cuánto dura eso. En los ojos vos te reconocés. Entendés todo. Y ahí empieza a pasar la película de tu vida. A la velocidad de la luz. Es todo junto. Estás reconociéndola a ella, estás haciendo un pantallazo general, te estás reconociendo vos mismo, que venís de ahí adentro. Y estás yendo a tu infancia, a la adolescencia, nace tu primer hijo, todo a la velocidad de la luz. Lo explico como lo siento y como lo viví. No tengo otras palabras. Hablo porque es así.”
Familia postiza
Mario fue criado en Las Rosas por Alcides y Cecilia Bravo. Un matrimonio algo mayor que acababa de perder una hija de seis años a causa de una meningitis. Y Mario siente amor y gratitud hacia ellos. Pero desde que era niño percibió que no era parte de ese núcleo familiar. Su necesidad de parecerse a ellos chocaba con las marcadas diferencias de fisonomía. Además, él era un alumno destacado mientras que sus padres apenas tenían una instrucción básica. Mario cree que ellos no hubiesen podido sobrellevar la realidad, hoy pública, de que él nació cuando su madre estaba presa.
“Ella (Sara, la mamá biológica) me estira los brazos –retoma su narración–. Yo le tomo las manos y ahí me dice: ‘Hijo, hijo’. Y la abrazás y ya sabés. No sentí otra cosa igual en mi vida. Ella temblaba, temblaba, y quería hablarte y no podía. Yo la fui calmando. Porque ella me iba diciendo, me repetía: ‘Yo escuché tu voz, después me encapucharon, no sentí más nada. No sé si era mi deseo, pero presentí que era varón’.”
El padre de crianza de Mario, Alcides Bravo, era mecánico. Nunca lloraba. La primera vez que Mario lo vio llorar fue cuando él le dijo que iba a estudiar medicina. Se suponía que Mario era hijo de un médico. Ésa era la versión más firme –aunque no la única– acerca de su origen.
Supuestamente Mario era el fruto de una relación entre un médico recién recibido y una joven de clase baja a quien la madre del muchacho no aceptaba. También Cecilia, la madre de Mario, se aferró a esa historia.
“Ella necesitaba pedirme perdón –continúa Mario, en referencia a Sara–. Porque las torturas y todo eso han logrado algo contradictorio: se genera un daño psicológico que hace que ella sienta culpa. Ella me dijo ‘Yo me siento mal, disculpame’. También había intentado decirme eso cuando hablamos antes por teléfono. Yo la corté en seguida. Le dije: ‘No, mami: yo soy el agradecido porque vos me diste lo más importante, que es la vida’. Necesitaba calmarla, para que salga un poco de ese trance, porque es un trance muy fuerte. Ella lloraba y me decía que en su panza me acariciaba mucho y que era su única compañía. Que me hablaba todo el tiempo. Cuando nací, vino una capucha y no pudo verme más. Fue todo muy traumático.”
En 1994 Mario empezó a estudiar medicina en Rosario. No había cumplido aún los 18 años. En la facultad no tuvo militancia política, pero sí contacto con los centros de estudiantes. Comenzó a leer los casos de hijos de desaparecidos. La vinculación con su propio caso se volvió inevitable.
En la mayoría de los casos de nietos recuperados, la madre fue secuestrada estando embarazada, dio a luz en cautiverio, y fue “trasladada” (que es como lo militares designaban al asesinato y posterior eliminación del cuerpo).
“Yo no lo hablé con ella pero creo que fui gestado adentro –relata Mario–. Ella tiene un peso todavía en eso. Porque puedo ser producto de los abusos que ella sufrió adentro. Pero yo la respeto totalmente.
“Le comenté:
“–Mamá, tranquila, a mí no me importa, en ningún sentido.
“–¿Pero cómo…?
“–No, no, yo te encontré, vos me encontraste, y es lo único importante.
“–Vos sos tan…
“–Sí, seré especial, pero no me importa. Lo importante es esto.
“Entonces ella sintió una liberación. Porque ése era el temor que tenía. Por todo lo que sufrió. Viene con traumas muy grandes.”
La enfermedad y muerte de su padre, en 1997, hizo que Bravo abandonara la carrera de medicina y se regresara a Las Rosas.
Muy pronto conoció a quien hoy es su mujer, Maru, la madre de sus hijos: Guido (15 años), Gonzalo (11) y Clarisa (8). Maru se convirtió en “la espalda y los oídos” para las dudas de Mario. Lo ayudaba en la tarea de intentar atar los cabos sueltos de la historia que le habían contado. Los contactos que justificaban su llegada a Las Rosas como recién nacido eran su padrino y su madrina, un matrimonio amigo de sus padres. Pero la historia que contaban era inconsistente, mutable, y más tarde se negaron a volver a hablar del tema.
La lucha de Sara
Por su parte, Sara, la madre de Mario, se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo apenas en 2004. Durante décadas la detuvo el miedo. Hasta la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia de Argentina, en 2003, los represores gozaban de total impunidad.
“Ella rogaba a Dios todos los días de su vida que yo fuera parecido a ella –rememora Mario–. No sé si viste las fotos. Muchos dicen que somos iguales. Ella me preguntaba por teléfono cómo era. Yo no entendía, pero le conté. En seguida, a través de Abuelas nos pasamos fotos por Whatsapp. Y lloró, lloró, lloró. Obviamente ella me iba a querer como yo fuera. Pero tiene compañeras y amigas a quienes les ha tocado tener hijos de represores que han salido como ellos. Y hoy tienen que vivir con eso. Es inimaginable. En una película de terror pasan estas cosas.”
Debido a su trabajo, Mario viaja por Argentina y Paraguay. Durante años ha pasado noches en hoteles navegando en la página de Abuelas. Allí están las fotos de cada pareja de desaparecidos cuyo hijo se busca. Figura el sexo y la fecha estimada de nacimiento. En algunos casos aparece el nombre que la madre les dio al nacer.
Se cree que 400 de ellos viven hoy aún con una identidad falsa. Mario buscaba parecidos físicos con quienes aparecen en las fotos. Ante él se abría un abanico de hipótesis inabarcable. En noviembre de 2014 envió su primer correo electrónico a Abuelas. En unas líneas se resumían años de dudas.
“Uno se despierta y va tratando de entender qué es lo que pasó –rememora–. Yo agradezco a las Abuelas y les voy a estar eternamente agradecido por esto. Eso es lo que te mueve a seguir contagiando y difundiendo esto. Para que haya más y para que se encuentren.”
Bravo no profesa ninguna religión. Dice ser creyente a su manera. En su brazo izquierdo tiene un gran tatuaje de Jesús. En el cuerpo lleva grabados los nombres de sus tres hijos. También las iniciales de Boca Juniors, el club de sus amores, cuya camiseta luce durante la entrevista. Su madre, Cecilia, falleció en julio de 2015 a los 85 años. Y 22 días más tarde, él recibió el llamado de Abuelas para hacerse el análisis de sangre. Dice estar acostumbrado a este tipo de designios.
La Conadi se encarga de cotejar el ADN de las muestras con el de las familias de desaparecidos. El resultado le fue comunicado a Bravo en Rosario, el 19 de noviembre, a la misma hora en que la filial de Abuelas en Tucumán se lo informaba a Sara.
“Cuando supe que era positivo el análisis de ADN, esa misma noche, en la cama, le dije a Maru que debía hablar con los chicos –cuenta Mario–. Eran las 11 de la noche, más o menos. Estaban con las computadoras, la televisión. Se sentaron en la cama grande. Uno busca las palabras. Se hace un mundo. Hacía cuatro meses habían perdido a la abuela. ‘Bueno, miren’, les digo, ‘la abuela Cecilia lo crió a papá, pero no me tuvo en la panza…’ Entonces Clarisa me dice: ‘¡Ah, sos adoptado!’. Te allanan todo el camino”, se ríe.
A continuación les contó que había aparecido su madre. “¡Tenemos abuela!”, fue la reacción. “Ustedes tienen seis tíos más”, les mencionó, provocando gestos de asombro. “Y primos…”, continuó Mario. “¿Primos? ¿Cuántos?” “Dieciséis”. “¡Dieciséis!”, saltaban de alegría sus hijos.
“Mi madre viene para fin de año con su esposo –dice Mario–. Ya la ansiedad es mucha, los quieren todos acá. Ella me contaba por teléfono que sus nietos se criaron sabiendo, en todas las navidades y años nuevos, que faltaba un tío. Sabiendo que a la abuela le habían sacado a alguien, a otro hijo, y que estaba por ahí”, cuenta.
Abuelas de Plaza de Mayo conoce el cambio que se opera en cada persona que, al saber su origen y su identidad, comienza a armar el relato verdadero de su vida. “Mi madre y yo iremos hablando, pero sin apuro –adelanta Mario–. Mi objetivo no era encontrarla para que me cuente todo, para saber mi gran verdad y detalles que la hagan revivir todo lo malo. Yo le digo que esté tranquila, que tenemos tiempo… Tenemos la vida”.








