John Zorn en el Auditorio Nacional

El domingo 6 de diciembre se presentó en el Auditorio Nacional la versión restaurada del clásico del cine alemán El gabinete del Dr. Caligari (1920) de Robert Wiene, musicalizada en vivo con el órgano monumental por el músico neoyorquino John Zorn dentro del Festival Bestia.

Con una proyección impecable supervisada por el experto Jorge Ramírez, de Phono-Cinema, la versión digital restaurada por la Fundación Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung estuvo acompañada por una mediocre interpretación a cargo de Zorn.

Desconectado totalmente de lo que sucedía en pantalla en tres de los seis actos de la película, el músico parecía no encontrar los niveles correctos de ataque a las teclas del órgano monumental, uno de los más grandes e importantes en el mundo.

Era notoria lo improvisada de su interpretación, y pese a que el evento anunciaba que sería “un solo de órgano” y que Zorn es uno de los más famosos improvisadores en el mundo –en su caso es el saxofón el instrumento principal–, aun así el resultado final no fue muy satisfactorio.

A partir del cuarto acto fue evidente el cambio, y la música siguió más la trama de la obra maestra de Wiene pero no logró ser algo digno de presentarse ante los más de siete mil espectadores.

Ni la magnífica restauración proyectada, ni el sonido majestuoso del órgano pudieron salvar a la música que nunca pareció llevar a algún lado, y que salvo en las pocas ocasiones que puntualizó acciones y tuvo pasajes melódicos interesantes no ofreció absolutamente nada.

Todo esto lleva a un punto importante: ¿Es necesario traer a un músico que no toma en serio al público? Sabido es que Zorn cobra mucho dinero por viajar y también es conocida su poca disposición por estar en un escenario más del tiempo que él considere adecuado. Nadie duda de que es uno de los más importantes músicos de jazz y “avant-garde” en el mundo, pero también es cierto que ningún jazzista respetable se sentiría bien con tocar sólo 20 minutos ante un público internacional, cosa que Zorn suele hacer.

Idolatrar a un músico al grado de perdonarle tales arrebatos y permitir que el ego sea más grande que su música, es uno de los más graves problemas que una audiencia y los organizadores pueden tener.

No está bien que cuando al terminar la función se piense que casi cualquier otro músico, extranjero o mexicano, hubiera podido hacer algo igual o mejor a lo que hizo John Zorn en el Auditorio Nacional, y eso fue justo lo que sucedió, pues al tener a alguien como él en el escenario las expectativas siempre serán muy altas.

Al final todo el evento pareció más un capricho tanto de los organizadores, por traer nuevamente a John Zorn, y de éste por tocar el órgano monumental, y no un espectáculo musical de alta calidad.