De la escritora rusa Svetlana Alexiévich, quien recibió este jueves 10 el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, acaba de ponerse en circulación por Penguin Random House Grupo Mondadori en su sello editorial Debate, La guerra no tiene rostro de mujer. En él recoge cientos de entrevistas de aquellas mujeres que en 1941 dieron todo por defender su país y se enrolaron en el ejército soviético. La autora de Voces de Chernóbil se confiesa: “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma”. Aquí, Proceso ofrece un adelanto.
A lo largo de dos años, más que hacer entrevistas y tomar notas, he estado pensando. Leyendo. ¿De qué hablará mi libro? Un libro más sobre la guerra… ¿Para qué? Ha habido miles de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo… siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la “voz masculina”. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones “masculinas”. De las palabras “masculinas”. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado nada a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra “femenina”, sino la “masculina”. Se adaptan al canon.
Pero ¿por qué?, me preguntaba a menudo. ¿Por qué, después de haberse hecho un lugar en un mundo que era del todo masculino, las mujeres no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos? Falta de confianza. Se nos oculta un mundo entero. Su guerra sigue siendo desconocida…
Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres.
Algunas de estas mujeres son narradoras extraordinarias, en sus vidas hay páginas capaces de competir con las mejores páginas de los clásicos de la literatura.
Recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al relatar, la gente crea, redacta, su vida. A veces añaden algunas líneas o reescriben. Entonces tengo que estar alerta. En guardia. Y al mismo tiempo, el dolor derrite cualquier nota de falsedad, la aniquila. ¡La temperatura es demasiado alta! He comprobado que la gente sencilla (las enfermeras, cocineras, lavanderas…) son las que se comportan con más sinceridad. Ellas –¿cómo explicarlo bien?– extraen las palabras de su interior en vez de usar las de los rotativos o las de los libros, toman sus propias palabras en vez de coger prestadas las ajenas. Y sólo a partir de sus propios sufrimientos y vivencias.
Paso largas jornadas en una casa o en un piso desconocido, a veces son varios días. Tomamos el té, nos probamos blusas nuevas, hablamos sobre cortes de pelo y recetas de cocina. Miramos fotos de los nietos. Y entonces… Un fragmento de su vida… Hay que atrapar ese momento. ¡Que no se escape! A menudo, después de un largo día atiborrado de palabras, hechos y lágrimas, en tu memoria tan sólo queda una frase, pero ¡qué frase!: “Fui al frente siendo tan pequeña que durante la guerra crecí un poco”.
Recuerdan tras una vida entera, después de 40 años. Me abren su mundo con cautela, como disculpándose: “Acabada la guerra me casé enseguida. Me oculté tras la sombra de mi marido. En la sombra de lo cotidiano, de los pañales. Mi mamá me pedía: ‘¡No hables! No confieses’. Había cumplido mi deber ante la patria, pero me entristece haber estado allí. El hecho de haber conocido aquello… Tú eres tan joven. Lamento tener que contártelo…”. Las tengo delante, y a muchas de ellas las veo escuchando su alma. Escuchan el sonido de su alma.
La guerra es una vivencia demasiado íntima. E igual de infinita que la vida humana…
Textos. Textos. Los textos están en todas partes. En los apartamentos de la ciudad, en las casas del campo, en la calle, en el tren… Estoy escuchando… Cada vez me convierto más en una gran oreja, bien abierta, que escucha a otra persona. “Leo” la voz.
El ser humano es más grande que la guerra…
La Historia a través de las voces de testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no sólo son testigos; son actores y creadores, y, en último lugar, testigos. Es imposible afrontar la realidad de lleno, cara a cara.
No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable.
Construyo los templos de nuestros sentimientos… De nuestros deseos, de los desengaños. Sueños. De todo lo que ha existido pero puede escabullirse.
Una vez más… Me interesa no solamente la realidad que nos rodea, sino también la que está en nuestro interior. Lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. Digamos, el alma de los sucesos. Para mí, los sentimientos son la realidad.
¿Y la historia? Está allí, fuera. Entre la multitud. Creo que en cada uno de nosotros hay un pedacito de historia. Uno posee media página; otro, dos o tres. Juntos escribimos el libro del tiempo. Cada uno cuenta a gritos su propia verdad. La pesadilla de los matices. Es preciso oírlo todo y diluirse en todo, transformarse en todo esto.
Un edificio viejo en uno de los arrabales de Minsk, uno entre los muchos que se construyeron de prisa y corriendo al acabar la guerra, como solución temporal… Lleva años allí, rodeado de una acogedora maleza de jazmín. En ese lugar comenzó mi búsqueda, que se alargaría siete años, unos increíbles y dolorosos siete años en los que descubriría el universo de la guerra, un universo cuya razón de ser aún no hemos descifrado del todo. Me aguardaban el dolor, el odio, la tentación. La ternura y la perplejidad… unos años en los que trataría de comprender qué diferencia hay entre la muerte y el asesinato, dónde está la frontera entre lo humano y lo inhumano. ¿Cómo se siente una persona a solas ante la absurda idea de que puede matar a otra? E, incluso, de que debe matarla. Años en los que descubriría que en la guerra, aparte de la muerte, hay un sinfín de cosas, las mismas cosas que llenan nuestra vida cotidiana. La guerra también es vida. Años en los que me enfrentaría a una infinidad de verdades humanas. De secretos. Reflexionaría sobre cuestiones que ni me había imaginado que existían. Por ejemplo, ¿por qué el mal no nos sorprende? ¿Por qué nuestro consciente carece del sentimiento de asombro ante el mal?
El camino y los caminos… Decenas de viajes por todo el país, miles de metros de cinta grabados. Quinientas entrevistas, luego las dejé de contabilizar, los rostros se borraban, sólo quedaban las voces. En mi memoria suena un coro. Es un coro enorme, a veces las palabras no se distinguen, sólo se oye el llanto.
Lo que estoy recopilando lo definiría como “el saber del espíritu”. Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma… El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El “cómo fue” no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido? Sobre la vida y la muerte en general. Sobre sentimientos… La historia del alma…
Las muchachas de 1941… Lo primero que quiero preguntar es ¿de dónde salieron? ¿Por qué eran tantas? ¿Cómo se atrevieron a levantarse en pie de guerra en igualdad con los hombres? ¿A disparar, a poner minas, a explotar, a bombardear, en definitiva, a matar? l








