El siglo XXI ha sido testigo de una nueva forma de violencia: a los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en Nueva York, que cobraron 3 mil muertes, se agregaron los de la estación de tren Atocha en Madrid el 11 de marzo de 2004 con 191 muertos y mil 858 heridos; los de Londres del 7 de julio de 2005, con 52 muertes y aproximadamente 700 heridos; los de París en 2012, con siete muertos; los de finales de mayo de 2014 al Museo Judío de Bruselas; los de París de enero de 2015 con 17 muertos, y los perpetrados en la misma ciudad el 13 de noviembre último, con un saldo de 137 muertos y más de 400 heridos.
Este cúmulo de acciones terroristas extremadamente violentas domina ahora las ciencias sociales, específicamente los análisis sociológicos y políticos, y ocupan la atención permanente de los servicios de seguridad de infinidad de países. El pánico político que suscitan ha contribuido de manera determinante a fomentar este fenómeno social de radicalización, que se significa por ser un destructor de la política.
Los primeros triunfos del terror son innegables: obligaron a Occidente a mostrar a su vez su propia violencia, y con ello lo desproveyeron de cualquier estrategia política. Más aún, ha tensionado al máximo los ideales democráticos, de manera específica entre lo que suponen las libertades públicas y las medidas de seguridad. Lograron activar el más rancio dogmatismo conservador, así como los prejuicios y fobias de las sociedades democráticas, para subvertir los fundamentos de las sociedades abiertas (Kart Popper). La islamofobia emergente ha generado crispaciones culturales y sociales que pueden conducir a un ostracismo indeseable.
El Estado Islámico
El Estado Islámico (EI) o Daech (por sus siglas en árabe) vincula en forma indisoluble la religión con el poder e intenta erigir al Islam en un régimen político. Esta asociación entre ideología y religión legitima el ejercicio primario del poder del EI. Para este grupo, el poder debe ser esencialmente religioso y se encuentra en las antípodas de una sociedad laica.
El EI hace de la violencia una estructura religiosa, cultural, política y social, y termina por convertirse en la encarnación de la violencia del pasado; con ello le niega al Islam cualquier mensaje de liberación y lo convoca a una guerra perpetua. El EI convierte el pasado en el futuro, con lo cual lo desprovee de sentido (Houria Abdelouahed).
El terrorismo no requiere de ninguna racionalidad para explicarse, pero su atrocidad no lo exime de sentido. Es un acto exhibicionista de brutalidad que se agota en sí mismo; la violencia terrorista es en sí misma portadora de su mensaje. Los yihadistas no buscan defender, sino aniquilar todo aquello que confronte su visión ortodoxa y a lo cual califican como traición y apostasía (Roman Leick). Con razón se ha afirmado que el enfermo más importante de Occidente es el Islam.
Cultura de la muerte
Los conceptos anteriores de orden religioso introdujeron la cultura de la muerte y traspusieron el terrorismo a Europa y Estados Unidos fuera del escenario de la guerra en Oriente Medio.
La cultura de la muerte no le es ajena a Occidente, pues durante toda su historia ha abrevado de ella conforme a distintas y excluyentes ideologías. André Breton, en su Segundo manifiesto del surrealismo del 15 diciembre de 1929, ya sostenía que la forma surrealista primaria consistía en tomar un revólver, salir a la calle y disparar al azar y a mansalva contra la gente. El surrealismo, argumentaba, no teme convertirse en un dogma de la revuelta absoluta, de la insumisión total y del sabotaje sistematizado que no espere ya nada que no provenga de la violencia. Breton finaliza diciendo que quien no ha tenido, siquiera una vez, deseos de acabar de ese modo con el pequeño sistema de envilecimiento en vigor, “tiene su lugar señalado en esa multitud con su vientre a la altura del tiro”.
En nuestro tiempo el suicida se erige como el vencedor en una batalla imaginaria en la que con un acto heroico vence el miedo a la muerte.
También está presente en la memoria colectiva el enfrentamiento entre Miguel de Unamuno, en su época como rector de la Universidad de Salamanca, y el falangista español José Millán-Astray el 12 de octubre de 1936. Al término del discurso fascista del profesor Francisco Maldonado en el recinto universitario y frente a Carmen Polo Martínez-Valdés, esposa del general Francisco Franco, Millán-Astray exclamó: “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”. Así, rodeado de fascistas, Unamuno respondió que era incapaz de permanecer en silencio, ya que, de hacerlo, ese acto podría ser interpretado como aquiescencia, y enfrentó a la multitud. La cultura de la muerte expresada entonces es la premisa que ahora gobierna al EI.
En la actualidad dicha cultura es conducida por los yihadistas en su búsqueda de una significación errática: tratan de transustanciar su suicidio en autosacrificio; desean la muerte porque están convencidos de que su acto heroico les asegura el acceso a una vida superior. Los dictámenes psicoanalíticos coinciden en sostener que esta inmolación participa de un doble sentimiento: la melancolía y la paranoia. Aquí radica su poder terrorífico (Fethi Benslama).
En las explicaciones de estos fenómenos, que hasta ahora han resultado insuficientes, sobresalen dos vertientes: la primera es la capacidad de reclutamiento de futuros combatientes por parte del EI en ciudades, escuelas y centros de trabajo de las sociedades occidentales. La segunda remite a una reflexión acerca del Islam más allá de las simplificaciones recurrentes de la época, como la que alude a los “choques de civilizaciones” (Samuel Huntington).
La “generación radical”
La multiplicación de actos terroristas obliga a analizar las condiciones históricas, religiosas y sociales que permitan encauzar e incluso neutralizar dichas expresiones de radicalización. Los análisis apuntan a que estamos en presencia de una generación radical en la que cohabitan toda clase de extremismos (Malek Boutih).
Los procesos descritos constituyen una cristalización existencial que no obedece a un modelo unívoco y determinista, como ha sido generalmente sugerido. La noción de radicalización absorbe términos como “extremismo” y “fanatismo”, entre otros, en un afán de amalgamar fenómenos heterogéneos dentro de una representación común. La radicalización describe una narrativa de diferentes grados de violencia que varían en forma y en intensidad.
Según los servicios de inteligencia franceses, cada vez con más frecuencia se recluta a jóvenes de todas las clases sociales, e incluso sin ningún antecedente policiaco, como nuevos yihadistas. En 2014 identificaron mil 818 franceses y residentes extranjeros enrolados en células del EI. Lo que más inquieta es el crecimiento de esta tendencia a 227% en el presente año, lo que demuestra el fracaso de las acciones de prevención y disuasión. Más grave aún es que también exista un incremento en el reclutamiento de mujeres (Sebastián Pietrasanta).
Los análisis sociales han demostrado que carece de fundamento atribuir el terrorismo a la presencia de importantes comunidades musulmanas en Europa. Estos análisis desmienten los prejuicios y simplificaciones mediáticas que pululan por doquier en torno a este fenómeno. Paradójicamente, el islamismo europeo ha contribuido a la emergencia de una cultura alternativa. La nueva concepción musulmana europea pasa por una estilización islámica de formas de vida moderna que en nada contradicen los valores culturales europeos. No existe pues un vínculo entre el terrorismo salafista y las comunidades islámicas en Europa (Nilüfer Göle).
En los estudios desarrollados a la fecha en este ámbito, las explicaciones acerca de las condiciones socioeconómicas, e incluso de la motivación psicológica, si bien importantes resultan insuficientes para explicar el fenómeno de la radicalización.
Para estos efectos, y en concordancia con las conclusiones de los servicios de inteligencia franceses, debe considerarse una distinción primaria que no deja lugar a dudas: no todos los delincuentes se convierten en yihadistas; tampoco todos los oprimidos. Luego entonces, la tesis del resentimiento social como causa eficiente del terror debe ponderarse. Del hecho de que ciertos individuos tengan encuentros furtivos con grupos radicales tampoco puede colegirse que ello detone el fenómeno de la radicalización, lo que torna muy compleja una explicación satisfactoria acerca de los motivos del enrolamiento en las células terroristas (Richard Rechtman).
Asimismo, de los informes de los servicios de inteligencia francesa se puede concluir que, entre otros muchos de los problemas de mayor envergadura en este contexto, se encuentra el relativo a los combatientes que han participado en la guerra de Oriente Medio y su posterior reinserción en la sociedad. Lo significativo en este esquema no es su radicalización ni su adhesión a la versión beligerante de una religión, sino su adicción a la violencia, que proviene de su participación en el frente de batalla.
En este sentido, las experiencias internacionales no pueden pasar desapercibidas. El caso de los combatientes en la guerra de Vietnam y el de la reciente desmilitarización de las FARC en Colombia son muy ilustrativos al respecto. Difícilmente nuestra generación puede olvidar las atrocidades en Vietnam reveladas en Detroit, Michigan, en enero de 1971 después del informe sobre la masacre de My Lai. El enorme reto es la reinserción social de esos veteranos cuando traen incrustado un código cultural bélico a cuyos vectores responde su conducta. (Richard Rechtman).
El miedo al Islam
La historia narra que a la muerte de Mahoma se fundó el primer califato. Este evento es el punto de referencia del inicio de un régimen político con fundamentos religiosos que trascendió generaciones. Los pueblos que gravitaban en torno al profeta sufrieron las consecuencias de ello en la forma de enfrentamientos fratricidas, discordias y divisiones. Con el tiempo el Islam derivó en guerras ideológicas cuyo basamento era la interpretación facciosa del Corán.
A una interpretación simplista de este texto debe sin duda su éxito el Estado Islámico. Unas cuantas premisas le son suficientes para transmitir su mensaje: Mahoma es quien marcó el liderazgo entre los profetas; el profeta terminó por ser idealizado y, finalmente, sacralizado. Su verdad es la última e incontestable: el individuo no puede cuestionar lo que dicta la revelación Islámica y no le queda más que acatarla. En su historia, el Islam ha enseñado la inmutabilidad y perpetuación religiosa.
Nadie puede negar que el Islam haya acusado un serio rezago en el ámbito de las humanidades, pues carece de estudios históricos modernos y recurre constantemente a historiadores como Tabari (839-923) e Ibn Kathîr (701-774), que pertenecen a los primeros años de la hégira, acontecimiento sobre el cual existen graves confusiones entre historia y leyendas (Sadakat Kadri).
El caso de la lengua árabe no plantea menos problemas. Ali Ahmad Saïd Ester, conocido en Occidente como Adonis (1930), poeta originario de Qassabine, Siria, sostiene que se carece incluso de un libro sobre la estética de la lengua árabe y su especificidad. Es en esta forma como el Islam se encuentra gobernado por el dogma que paraliza, lo que obliga a repetir incesantemente lo idéntico (Houria Abdelouahed). El Islam está gobernado por un tiempo que no transcurre. En su lectura facciosa del Corán, el EI reduce al individuo a la pertenencia comunitaria.
El fundamentalismo religioso es reflejo de una crisis cultural y no de una afirmación de identidad (Olivier Roy). La identidad fundamentalista es una repetición; es la imposición de un legado y no el producto de una decisión. El EI privilegia el vínculo con el poder; no con el conocimiento o la creatividad. Pregona un fundamentalismo que postula una religión sin cultura. Esto explica su combate a la filosofía, al pensamiento crítico, al arte… De ahí su rechazo a las esculturas y su aversión por las imágenes (Adonis).
El Estado Islámico tomó el lado oscuro del Islam e ignoró las mentes ilustradas del islamismo, como las del filósofo cordobés Averroès (Ibn Rushd, 1126-1198), del matemático Alhasen (Ibn al-Haytam, 965-1039) y del místico Ibn Arabî (1165-1240). Ignoró asimismo el Nahda o renacimiento árabe de finales del siglo XIX y principios del XX, movimiento ilustrado que en 1863 iniciaron las familias maronitas libanesas encabezadas por Boutros al-Boustani e Ibrahim al-Yaziji y produjo toda una miríada de escritores como Gibran Jalil Gibran, los hermanos sirios Francis Marrash al-Halabi y Maryana Marrash, así como el libanés Jorge Zaydan, fundador en 1892 en El Cairo de la prestigiosa revista Al-Hilâl (Sadakat Kadri).
Para el EI toda creación es una herejía y toda herejía conduce al infierno. El individuo carece de opinión; solamente la comunidad puede expresarla. Conforme a esta concepción, el hombre es un simple imitador del pasado, cuya función es perpetuar la tradición. Todo ser humano debe abandonar su individualidad y disolverse en la comunidad. En este esquema, la verdad es comunitaria y posee a la sociedad y no a la inversa. La verdad absoluta y eterna se transmite de generación en generación. Es un legado espiritual impuesto por la divinidad fuera del cual la vida carece de sentido. Ello explica en gran medida la función del yihadista o mártir. La verdad única es esencialmente violenta y el mandato divino es la guerra perpetua contra el pensamiento y contra las verdades diferentes a ella (Adonis).
Epílogo
En El Anticristo, maldición sobre el cristianismo, Federico Nietzsche sostuvo: “Es necesario llevar en sí mismo el caos para poner en el mundo una estrella danzante”. El EI ha retomado esta noción del caos e introducido instituciones de violencia, suplicio y servidumbre. Su nihilismo generacional por la fascinación de la muerte evoca al de Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski, o al de Bazárov en la novela Padres e hijos, de Iván Turgénev.
En su fundamentalismo, como lo sostiene Adonis, el EI postula que la esencia humana proviene de la revelación islámica. La esencia humana es pues un acto divino y no un acto humano; nace de la revelación y no de la cultura, de la experiencia y de la vida. Es la palabra de Dios y no la humana la que resulta determinante.
Quizás el único antídoto ante esta vorágine de muerte y sinsentido sea, como lo sostiene Pierre Bourdieu, volver a nuestras utopías. l
*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.








