Las últimas semanas han ocurrido importantes cambios en el panorama político de América Latina: la elección presidencial en Argentina que pone fin a la llamada era kirchneriana; la profundización de la crisis económica y política en Brasil; el triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de Venezuela, después de 17 años de dominio del chavismo. Se trata sin duda de eventos significativos que no despejan, sin embargo, las grandes incertidumbres sobre el futuro próximo de la región.
Algunos observadores se han apresurado a predecir el colapso del populismo irresponsable y el movimiento pendular hacia un centro-derecha más racional que conducirá a la región a situaciones más favorables. Es pronto para afirmarlo. Sin duda, el socialismo del siglo XXI que con tanto fervor –y tantos petrodólares– proclamaba Hugo Chávez la década pasada, ha entrado a su ocaso; pero no ha desaparecido. Allí están Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua. Por otra parte, es difícil anticipar lo que ocurrirá en Colombia, enfrascada en un proceso de reconciliación interna cuyo éxito colocará nuevas coordenadas a la lucha partidaria. Perú es todavía un enigma. Con sus contratiempos, Michel Bachelet recupera estabilidad en Chile. En México, el fantasma de López Obrador recorre ya el ambiente electoral anticipado.
El caso de Argentina es la expresión concreta del giro hacia el centro-derecha. Hasta ahora, las cosas se mueven allí con prudencia porque los problemas económicos son graves y el mundo no ofrece las mejores condiciones para garantizar el éxito de un giro de 180 grados. En Brasil, es altamente probable que el próximo gobierno surja de las filas del partido socialista brasileño, decidido a revertir las acciones populistas de Lula. Pero no es seguro que Dilma deje el poder muy pronto. A pesar de su condición de “pato cojo”, puede permanecer allí hasta el 2018. Mientras, son posibles muchas cosas.
Por lo que toca a Venezuela, la transición hacia un nuevo gobierno y la puesta en marcha de otro proyecto económico no es cuestión de días. Tiene ante sí múltiples obstáculos, empezando por el mantenimiento de la cohesión dentro de los diversos partidos que conforman la Mesa de Unidad Democrática (MUD), asunto que no es fácil. El combate para destituir al actual gobierno será muy duro y requiere de gran cautela para impedir el choque abierto entre el Legislativo y el Ejecutivo. Tal cautela es la condición sine qua non para evitar, como se ha logrado hasta ahora, que se desborde la violencia.
Las circunstancias anteriores, aunadas a los pronósticos de dificultades económicas y de crecimiento lento en la región, no auguran éxitos económicos a ningún dirigente, de izquierda o derecha. Enormemente vulnerable a los vaivenes de la economía internacional, la región tiene campos de maniobra limitados. El entierro del populismo puede ayudar, pero está lejos de resolver los problemas.
En el marco de esa transición compleja, una pregunta pertinente se refiere al peso de las presiones externas para desencadenar cambios políticos internos. Lo primero que llama la atención es el distanciamiento de Estados Unidos. En otras épocas, la opinión y acciones de ese país eran fundamentales para determinar el curso de los acontecimientos políticos en América Latina; ya no es así. A pesar de las inflamadas denuncias en contra del imperialismo pronunciadas por Maduro, el hecho es que la participación de EU en los acontecimientos de Venezuela ha sido de muy bajo perfil. Nada que ver con los años de la Guerra Fría y las “amenazas comunistas”. Ahora los peligros reales para la Unión Americana están en otra parte.
Por lo que toca a los países de la región latinoamericana, la acción gubernamental ha sido tardía y cautelosa. Desde la academia y la oposición, muchos han criticado esa indecisión. En México, el PAN la reprochó frecuentemente. No fue sino hasta los últimos tiempos que se acentuaron los llamados para el respeto a la democracia en Venezuela, a través, por ejemplo, de la larga carta enviada por el secretario general de la OEA a Maduro pidiendo el respeto a la vida democrática venezolana, y la misiva girada, a nombre de Unasur, por Dilma Rouseff.
Ahora bien, la lección más importante que proporciona el resultado de las elecciones legislativas en Venezuela es que los cambios ocurren esencialmente por circunstancias internas. Es posible que algo hayan influido los llamados desde el exterior en el ánimo de Maduro. Pero lo que llevó al triunfo de la oposición fueron otros factores: el hartazgo generalizado con las situaciones de desabasto y violencia, las situaciones límite provocadas por el encarcelamiento de los líderes opositores y, ante todo, la capacidad de superar diferencias entre los diversos partidos que integran la MUD. Preservar dicha unidad es una tarea primordial. La importancia relativa del factor externo es un elemento a retener ante la posibilidad de que en poco tiempo la situación evolucione hacia formas de violencia entre el gobierno y la Asamblea Legislativa.
Un segundo tema sobre el que surgen interrogantes en estos momentos es si los cambios políticos en la región favorecen o no la tan esperada y nunca lograda unidad latinoamericana para tratar problemas regionales, continentales o universales. Por lo pronto, no son cambios favorables. La región sigue siendo esencialmente heterogénea, volcada hacia sus problemas de carácter interno, como la corrupción, la violencia, la desigualdad, el crimen organizado. No son momentos para proyectos de concertación latinoamericanos de gran calado. Tampoco para empezar los festejos por la victoria del centro-derecha en la región. l








