En materia de seguridad nacional, los gobiernos mexicanos han cometido el gravísimo error de ignorar o minimizar los factores externos. Abordo el tema a partir de una coincidencia poco conocida entre un capitán mexicano y uno británico.
La vida del capitán Fernando Gutiérrez Barrios está ligada a la siniestra Dirección Federal de Seguridad (DFS), de la que fue director de 1965 a 1970 (Fabrizio Mejía, por cierto, acaba de publicar la novela Un hombre de confianza, inspirada en la vida del militar referido). El capitán era veracruzano, vanidoso y usaba tinta verde. Lo hacía, estoy convencido, para emular y sentirse al nivel del capitán británico sir George Mansfield Smith-Cumming, fundador del legendario Servicio de Inteligencia Secreto, MI6 (Military Intelligence, Section 6).
Hay, por supuesto, más diferencias que similitudes entre ambos personajes. Tomo la que me conduce a la tesis central de este texto. El personaje 007, James Bond, es un agente del MI6 quien reparte su tiempo en viajes, la seducción de mujeres y la eliminación de los enemigos de Gran Bretaña. Los archimalvados de esas películas siempre son extranjeros porque el MI6 fue creado para actuar en el exterior. En cambio, los servicios de inteligencia mexicanos tienen poca actividad fuera de nuestras fronteras. Los escudos de la DFS y de su sucesor, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), son bastante reveladores en este sentido.
La DFS, creada en 1947 por Miguel Alemán, tuvo como objetivo actuar en el territorio nacional, por lo que incursionaba muy poco en el exterior. Su estandarte era la cabeza de un tigre porque, según un video producido por la DFS, ese felino “no rehúye al peligro, ataca de frente, actúa en silencio, y eso le permite observar lo que otros seres no alcanzan a ver”. Quienes elaboraron ese video guardaron silencio acerca de otra característica del tigre: es solitario y territorial (rasgos que compartía con la DFS, cuyas actividades se centraban en el territorio mexicano donde aniquilaba sin misericordia a los catalogados de enemigos del presidente).
Esta actitud localista tiene una larga historia. Un momento definitorio fue la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos. Después de esa tragedia, se atrincheró en un aislacionismo con tintes xenófobos y transformó sus fronteras en murallas que debían evitar la entrada de los nocivos extranjeros, así como la salida de mexicanos al exterior, sobre todo de los críticos al régimen.
Esa postura cambió por decisiones tomadas dentro y fuera de México.
La resolución de Luis Echeverría Álvarez de crear el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), el 29 de diciembre de 1970, es un ejemplo del debilitamiento de la cerrazón mexicana, pues desde entonces esta institución ha enviado a decenas de miles de jóvenes a estudiar a otros países. En la década de 1980, el deterioro económico facilitó a Miguel de la Madrid y a Carlos Salinas justificar la decisión de desmontar las murallas proteccionistas.
Sin embargo, la apertura no alcanzó a los servicios de inteligencia mexicanos. En 1986, la DFS fue sustituida por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen). Sugiero al lector visitar su sitio en internet. Ahí notará que en su escudo México aparece solo y aislado, como si el mundo no existiera. En cambio, en la página del Comando Norte de Estados Unidos, se observa la desfachatez de quienes nos consideran, con total naturalidad, parte de su territorio.
Los directivos del Cisen aceptan en privado que una debilidad de su institución es el insuficiente trato dado a las variables internacionales que, de muchísimas maneras, alimentan las amenazas a México. Es una carencia que refleja el parroquialismo de los gobiernos de la alternancia. A Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto les ha gustado ir por el mundo comportándose como estadistas, pero ninguno se ha preocupado por incorporar con seriedad la vertiente externa a la agenda de riesgos.
El Plan Nacional de Desarrollo (PND) de Felipe Calderón Hinojosa y el de Enrique Peña Nieto son muy superficiales en el abordaje del componente internacional tras los riesgos a la seguridad nacional. En el caso de Calderón, la relación entre factor externo y seguridad se reduce a una mención superficial de las dos fronteras y a la importancia de la cooperación internacional, pero carece de un diagnóstico explícito de las amenazas externas. El PND de Enrique Peña Nieto también es vaporoso: Hace una sola mención al binomio factor externo-seguridad al comentar que la delincuencia mexicana expandió su presencia y sus actividades en el interior del país cuando Estados Unidos endureció la seguridad en su frontera con México. Eso es cierto, pero hay muchísimo más.
El Programa para la Seguridad Nacional 2009-2013 aborda con algo más de profundidad el entorno internacional, pero sus tesis centrales incluyen una reveladora omisión. Cuando enumera las principales amenazas a la seguridad nacional, habla del “tráfico ilícito de armas, drogas y personas”, pero se olvida del lavado de dinero y del trasiego de recursos naturales, que también apuntalan la expansión de la violencia criminal. Por una razón o por otra, siempre se las arreglan para ignorar o minimizar lo externo. Es un fallo monumental.
Una de las causas de tanta violencia en México es que somos un corredor geopolítico por el que transitan las arterias y el sistema nervioso del crimen organizado. La oleada delincuencial nace, crece e interactúa con el subsistema regional conocido como la Cuenca del Caribe. Es indispensable que las estrategias mexicanas dediquen más atención a lo externo. Encerrarnos tras nuestras fronteras nunca ha funcionado; seguir en la misma dinámica es suicida. Lo externo debe estar presente en cualquier discusión relacionada con la seguridad, ya sea en el gabinete de seguridad o en el salón de clase.
Es hora de que los gobiernos de México superen la etapa en la que el capitán Gutiérrez Barrios demostraba su conocimiento de los asuntos globales imitando al espía inglés que rubricaba los documentos con una simple “c” escrita en tinta verde. El mundo es mucho más complicado que eso. Por no haberlo aceptado, cargamos con la triste distinción de ser el país donde el poderío del crimen organizado ha llegado a niveles sin parangón en la historia moderna. l
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Colaboró Anuar I. Ortega Galindo








