Alrededor de 10 mil palestinos han resultado heridos durante la ola de violencia que estalló en Cisjordania a principios de octubre. Cientos de ellos están discapacitados para siempre, condenados a una existencia marcada por la marginación y las dificultades. Para numerosas ONG, la respuesta de Israel en las últimas semanas hacia atacantes, manifestantes o jóvenes que les arrojan piedras es “desproporcionada” y la impunidad que rodea estos excesos incentiva nuevas agresiones.
Beit Jala, Cisjordania.- La mayor tristeza de Mohammed Ziada es que se le olvidó rezar. La plegaria musulmana repetida casi mecánicamente desde su niñez se esfumó de su memoria. El problema se resolvería fácilmente si pudiera recitar la oración con el Corán en la mano, pero este palestino de 19 años también es incapaz de leer.
La bala que atravesó la parte izquierda de su cabeza el pasado 7 de octubre lo convirtió en minusválido y le robó el futuro, aunque el joven, aún conmocionado, no logre todavía darse cuenta de los límites que van a perseguirlo toda la vida.
Como cada mañana, Mohammed acude a su sesión diaria en el Hospital de Rehabilitación de la ciudad palestina de Beit Jala, donde lleva varias semanas internado. Llega en su silla de ruedas, silencioso y con la mirada errátil. Es un hombre roto, en el sentido literal de la palabra. Su cabeza partida y aún sin cicatrizar muestra una profunda hendidura que el cabello, negro y espeso, no logra cubrir.
Edmund Shehadeh, fisioterapeuta y director del hospital, lo recibe con unas palmaditas en el hombro y le reta a caminar. “Todos sabemos que puedes andar”. Y funciona. Mohammed se levanta titubeante de su silla de ruedas y da unos pasos inseguros hasta llegar a la cama donde lo espera un fisioterapeuta.
“Hace un par de semanas no podía dar un paso y la parte derecha de su cuerpo estaba muerta”, dice Shehadeh, elevando la mano derecha de Mohammed, que consigue mantenerla en alto varios segundos.
“Pero será un minusválido de por vida”, susurra el director.
Aquel 7 de octubre los enfrentamientos entre palestinos y soldados israelíes sorprendieron a Mohammed cerca de la colonia de Beit El, no lejos de la ciudad palestina de Ramallah, en Cisjordania.
Su hermano, quien lo acompaña en el hospital, asegura que no formaba parte del grupo de manifestantes y había salido a comprar material para la tienda de repuestos eléctricos que desea abrir en su pueblo. Tal vez sea así o tal vez se vio arrastrado por sus amigos estudiantes, quienes estaban arrojando piedras a los soldados.
En el fondo no tiene mayor importancia. Lo que sucedió después quedó grabado en varios videos: del grupo de manifestantes emergen cuatro hombres que, como el resto, llevan el rostro cubierto con los tradicionales pañuelos palestinos. Hablan árabe a la perfección y hasta hace segundos lanzaban piedras contra los soldados, pero son israelíes infiltrados, los mustarabin, como se les llama en Palestina, “quienes pretenden ser árabes”.
A varios palestinos los golpean y al menos tres resultan heridos de bala. Mohammed recibe un tiro cuando ya está en el suelo. En las imágenes se le ve ensangrentado mientras es cargado sin miramientos por varios soldados. Tiene los ojos abiertos pero vacíos y parece que estuviera muerto.
Fue conducido a un hospital israelí donde estuvo varios días detenido, esposado a su cama y sin poder recibir la visita de su familia. “Recuerdo que me golpearon antes de entrar al quirófano”, dice Mohammed.
Finalmente fue trasladado a un hospital de Ramallah y posteriormente a este centro de Beit Jala, cerca de Belén, especializado desde los ochenta en rehabilitar a los muchos heridos que deja el conflicto palestino-israelí.
El ejército israelí confirmó los arrestos de varios palestinos en esta operación llevada a cabo el 7 de octubre por soldados infiltrados. El caso de Ziada, según los portavoces militares, se estaría investigando pero el joven está por ahora libre y sin cargos.
Los periodistas destacados en Israel y Palestina reciben frecuentemente notificaciones del ejército israelí en las cuales se dan detalles de ataques, operaciones militares, enfrentamientos o arrestos. En estos mensajes aparece a menudo una palabra, “neutralizado”, para referirse a la suerte de los presuntos agresores palestinos. Es un término hueco que puede significar muerto o que el atacante ya no representa ningún peligro.
Al contemplar a Mohammed la palabra adquiere de repente todo su sentido: la vida, los planes o la perspectiva de formar una familia o de estudiar de este joven palestino han quedado absolutamente anulados.
“Disparar a matar”
“La estrategia de los israelíes cambió totalmente: en la primera Intifada, a finales de los ochenta, llegaban al hospital jóvenes palestinos que habían sufrido fracturas, después los vimos llegar con disparos en brazos y piernas. Ahora, los soldados disparan a matar contra los manifestantes”, dice Shehadeh.
En septiembre pasado, el gobierno israelí cambió las “reglas de enfrentamiento” y autorizó a la policía a usar balas reales contra quienes les arrojen piedras o cocteles molotov en Jerusalén, tal y como ya se permite a los soldados presentes en Cisjordania, territorio ocupado por Israel.
Además, una ley israelí aprobada en julio prevé condenas de hasta 20 años de cárcel a quienes lancen piedras contra las fuerzas de seguridad. El argumento para convencer a los diputados escépticos fue simple: “David mató a Goliat con una piedra. Es decir, una piedra puede matar”.
Numerosas ONG que trabajan en Israel y Palestina observan que desde principios de octubre, cuando estalló una ola de violencia traducida en numerosos ataques antiisraelíes, manifestaciones y enfrentamientos entre civiles palestinos y colonos y fuerzas de seguridad, Israel hace un “uso desproporcionado de su fuerza letal” y aprovecha para ello esos subterfugios legales.
“Esto ha contribuido a incrementar el saldo de muertos palestinos de forma injustificada”, denunció un grupo de ONG españolas en una nota de prensa publicada a mediados de octubre.
En los últimos dos meses y medio un centenar de palestinos y una veintena de israelíes han muerto de forma violenta. Según cifras del Ministerio de Salud de Palestina, los heridos de esta nación superan los 10 mil, de los cuales mil 500 recibieron disparos.
La Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios en Palestina (OCHA) calcula que el número de heridos de bala en Palestina se multiplicó por ocho desde 2013.
“Se incrementó la fuerza con que se reprime cada uno de los ataques (…) Se comprueba una respuesta desmesurada de las fuerzas de ocupación israelíes hacia personas que pueden ser fácilmente controladas por soldados profesionales sin necesidad de dispararles”, explica a Proceso Vanesa Álvarez, responsable en Palestina de la ONG Movimiento por la Paz.
La mitad de los palestinos muertos desde octubre son agresores o presuntos agresores que, según fuentes militares israelíes, atacaron o intentaron atacar a israelíes con cuchillos, armas de fuego o embistiéndolos con sus automóviles. Pero en la lista de víctimas hay también jóvenes muertos durante la represión de manifestaciones.
La edad de los fallecidos y heridos oscila en torno a los 20 años. Son la llamada “generación Oslo”. Eran niños en 1993, cuando se firmaron estos acuerdos de paz que inyectaron esperanza en la creación a corto plazo de un Estado palestino, pero que no han dado ningún fruto. Desde entonces los palestinos han perdido tierra, libertades, confianza en sus gobernantes y esperanza en el futuro.
La ONU, ONG e instituciones públicas palestinas consultadas por Proceso no se atreven a dar números globales sobre la discapacidad asociada al conflicto. Son datos que aún no existen. Por ejemplo, la OCHA afirma que en la ofensiva en Gaza en 2014 hubo más de 2 mil 100 muertos palestinos y 11 mil 100 heridos, de los cuales unos mil tendrán una discapacidad permanente.
Además de un uso desproporcionado de la fuerza por parte del ejército israelí, diversas ONG lamentan la total impunidad que rodea las agresiones como la de Mohammed Ziada en la cual no hay ni probablemente habrá ningún responsable que rinda cuentas por sus actos.
“La impunidad que rodea la mayoría de las violaciones de las leyes internacionales no otorga justicia a las víctimas ni previene futuras violaciones”, dice un informe de la OCHA.
Vidas rotas
“No siento rabia por mí, sino por todos los palestinos, por lo que Israel nos hace sufrir”, dice Mohammed con voz temblorosa.
Prácticamente en cada cama de la sala de rehabilitación del hospital hay una tragedia provocada por la guerra. Son las secuelas, a menudo invisibles y olvidadas, de un conflicto sin fin.
Ihab, de 29 años, muestra la herida de entrada y salida de la bala que le atravesó la cabeza. “Me dieron por muerto. Nadie pensó que sobreviviría, pero aquí estoy”, dice con un gesto infantil.
Tres camas más al fondo espera Suheir. Es una madre de familia de Gaza que recibió una bala en la espalda en 2014, durante la ofensiva israelí. Fue mal curada en el momento y pasará el resto de su vida en una silla de ruedas. Vino unos días al hospital de Beit Jala para una rehabilitación que le ayude a tener menos dolor.
Ahmad también es de Gaza, tiene 25 años y perdió las dos piernas durante la guerra de 2014. Al llegar al pie de su cama, Shehadeh palpa con gesto experto los muñones temblorosos. El joven se atusa el cabello usando la pantalla del celular como espejo cuando ve acercarse a los periodistas, pero no quiere hacer declaraciones.
Su sueño, explica el director del hospital, es recibir unas prótesis que lo ayuden a tener una vida medianamente normal en un lugar como la Franja de Gaza, donde no hay servicios para discapacitados y una persona en silla de ruedas está prácticamente condenada a vivir encerrada en su casa.
“Para mí esto es resistencia”, dice Shehadeh señalando a su alrededor. “Resistir no es sólo sacar las bombas o los cuchillos, sino trabajar para ser útil a su país”.
Cristiano pero secular, comprometido con su pueblo pero totalmente apolítico e independiente, este palestino de 74 años se jacta de haber fundado el mejor hospital de rehabilitación de Cisjordania, que comenzó a funcionar en los ochenta y donde el ejército israelí jamás ha puesto un pie.
Su centro médico es una verdadera isla, financiada por organizaciones privadas, sobre todo extranjeras; una isla que no puede escapar de la realidad circundante: desde la ventana del despacho de Shehadeh se contempla la impresionante colonia israelí de Gilo, a las puertas de la ciudad de Belén. Más abajo, a pocos metros del recinto del hospital, una carretera marca el lugar donde se alzará el muro que Israel construye en torno a Cisjordania desde hace más de 10 años. “Esto es trabajar bajo ocupación”, resume Shehadeh.
En su hospital los pacientes pobres como Mohammed no pagan un centavo. La consigna del centro médico está escrita en grandes letras, en inglés, a la entrada: “Cada paciente, primero y por encima de todo como un ser humano”.
“Siento que me voy recuperando. Ahora quiero volver a casa y abrir mi tienda”, se despide Mohammed.








