El domingo 6 la oposición venezolana ganó las dos terceras partes de la Asamblea Nacional. Ese revés electoral tuvo un efecto desmoralizador en el gobernante PSUV, pues sus militantes se dieron cuenta de que la exigencia de cambio no es una demanda de “la derecha”, sino un clamor nacional ante una crisis que llevó a la inflación a escalar a 219.4% mientras el salario mínimo apenas subió 97%. La situación la resume una joven estudiante: “El problema no es que el gobierno tenga menos dinero, sino que Maduro no es Chávez”.
CARACAS.- La contundente victoria electoral que le dio a la oposición de Venezuela una mayoría calificada en la unicameral Asamblea Nacional (AN) generó en el país un nuevo estado de ánimo. Los venezolanos de todos los bandos asumieron que el holgado triunfo opositor constituye un mandato de cambio que el régimen chavista no puede ignorar.
“El pueblo habló clarito. ¿Qué puede decir uno ante eso?”, plantea la dirigente chavista del Barrio 23 de Enero de Caracas, Guadalupe Rodríguez.
Ella, desde luego, está apesadumbrada. En ese barrio, donde está el Cuartel de la Montaña, donde reposan los restos del fallecido presidente Hugo Chávez, la oposición obtuvo el triunfo luego de que durante los pasados 17 años había perdido todos los comicios en una proporción de siete votos a tres.
Pero más allá de su ferviente militancia en el chavista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Guadalupe sabe que el descontento popular con el gobierno del presidente Nicolás Maduro es legítimo. “Cuando te metes con su estómago, la gente empieza a pensar diferente. Se enoja, y con razón”, asegura.
Por más que durante la campaña Maduro culpó del desabasto a la “guerra económica de la oligarquía” y al “imperialismo yanqui”, hasta las bases chavistas saben que la escasez de alimentos y medicinas y las largas filas en los supermercados son esencialmente producto de una política económica orientada al clientelismo político, con enormes espacios para la corrupción y muy ineficiente para generar bienestar social.
Tan es así, que 2 millones 387 mil votantes que se presumen chavistas –12% de los electores inscritos– decidieron respaldar en las elecciones legislativas del 6 de diciembre a los candidatos de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que aglutina a los principales partidos opositores.
Según Guadalupe, los chavistas tienen que “rectificar porque hay descontento y porque vienen momentos duros… no será fácil manejar esta derrota”.
Es evidente que el revés electoral tuvo un efecto desmoralizador en el gobernante PSUV. Sobre todo porque sus militantes se dieron cuenta de que la exigencia de cambio no es una demanda política de “la derecha”, como se refiere Maduro a la MUD, sino un clamor nacional.
La MUD no sólo obtuvo 112 de las 167 diputaciones en juego –las dos terceras partes del total, lo que le da mayoría calificada en la AN–, sino que lo hizo en condiciones de enorme desventaja frente al gobierno, que usó de manera indiscriminada los recursos del Estado para hacer las campañas de sus candidatos y comprometer el voto mediante la entrega de viviendas, taxis y despensas a los venezolanos más pobres.
Críticas internas
Para Andreína Torrealba, dirigente del PSUV en el suroriental estado de Bolívar, la derrota se debió ”al gran descontento y desaliento popular” que produjo el despilfarro de dinero de la campaña oficial mientras la gente hacía grandes filas en los supermercados en busca de alimentos, productos básicos y medicinas.
De acuerdo con el Centro de Documentación y Análisis Social, cuatro de cada 10 productos de la canasta básica no se encuentran de manera regular en el mercado. Y la inflación anualizada llegó en noviembre pasado a 219.4%. El alza del salario mínimo en ese lapso fue de apenas 97%. Son cifras extraoficiales, porque desde septiembre de 2014 el gobierno decidió dejar de divulgar estadísticas económicas y sociales.
El analista político Héctor Pérez Marcano considera que la opacidad es una de las características del régimen que deberá cambiar en el nuevo escenario político.
“Con una mayoría opositora, el gobierno estará obligado a rendir cuentas a la Asamblea. Los diputados podrán interpelar, investigar y emitir votos de censura a ministros y funcionarios”, señala el economista y escritor.
Considera que la AN dejará de ser una oficina de trámites de iniciativas de ley del presidente y “con las armas legales que tiene en la mano ejercerá sus funciones de contrapeso frente a los otros poderes del Estado, los cuales están en manos del chavismo”.
Desconcierto
El presidente Maduro asumió la derrota con molestia y desconcierto. “Ganó la guerra económica”, dijo de mala gana la madrugada del lunes 7, en su primera reacción tras conocer los resultados del Consejo Nacional Electoral, un organismo que preside la chavista Tibisay Lucena.
Y a lo largo de la semana Maduro llamó a consulta a las bases, convocó a un congreso extraordinario del PSUV, reconfiguró su gabinete y prometió un debate interno “sin autoflagelación” y tendiente a evitar que “la ultraderecha” restituya el neoliberalismo en Venezuela.
“Es el discurso de siempre, sin ninguna autocrítica ni voluntad de rectificación”, se queja Nicmer Evans, dirigente de la organización chavista disidente del PSUV, Marea Socialista.
El politólogo y profesor de la Universidad Central de Venezuela sostiene que el presidente reaccionó ante la derrota “como un burócrata inoculado que parece no comprender la gravedad del problema político que tiene enfrente”.
La gente, dice, “castigó con su voto a un gobierno que se desprendió de lo bueno de Chávez (su política social y su conexión con las bases) y profundizó lo malo, como el amparo desmedido a una nueva casta que se beneficia de la rapiña del rentismo petrolero”.
Evans, un crítico desde la izquierda, cree que los electores votaron contra el desabasto, la crisis económica (el desplome del producto nacional será de 10% este año), el clientelismo, el despilfarro, la incompetencia y la corrupción.
El exministro de Finanzas Jorge Giordani, principal estratega económico de Chávez, estima en 25 mil millones de dólares el fraude cometido por altos funcionarios chavistas y empresarios cómplices al sistema oficial de control de divisas.
La denuncia de ese saqueo y sus críticas a la cúpula por alejarse del ideario social de Chávez fue lo que provocó el distanciamiento de Marea Socialista del PSUV y su expulsión de ese partido el año pasado.
Sobrinos incómodos
De acuerdo con Héctor Pérez Marcano, la corrupción revelada por Giordani sólo es “una muy pequeña parte” del grueso expediente criminal que tiene la oposición sobre los manejos turbios de un régimen en el que la cuarta parte de los ministerios y la mitad de las gobernaciones están en manos de militares. Varios de ellos han sido acusados de participar en este saqueo y de tener nexos con el narcotráfico.
“La nueva Asamblea tendrá que hacer algo sobre esto”, señala.
Para Pérez Marcano es muy llamativo que Maduro y su esposa, Cilia Flores, hayan omitido referirse a la captura en Haití, el mes pasado, de dos sobrinos de ella, Efraín Campo Flores y Francisco Flores de Freitas, con un cargamento de 800 kilos de cocaína que transportaban en un avión pilotado por militares.
Los sobrinos de la primera dama y diputada electa del PSUV, que viajaban con pasaportes diplomáticos, fueron capturados por agentes antidrogas de Estados Unidos que los trasladaron a ese país para someterlos a juicio.
En plena campaña electoral la noticia pasó casi inadvertida en Venezuela, donde el único medio crítico que subsiste es el diario El Nacional. Los demás, que optaron por la autocensura, fueron adquiridos por presuntos testaferros del régimen y de inmediato cambiaron su línea editorial, o son de propiedad estatal y se dedican a exaltar las grandezas del chavismo y las miserias de sus opositores.
Un día después de la derrota electoral del domingo 6, varios conductores de la gubernamental Venezolana de Televisión regañaron al pueblo que votó por la MUD y uno de ellos advirtió que “pronto se van a arrepentir”.
El lenguaje encendido y la descalificación del que piensa diferente son elementos muy arraigados en la liturgia chavista. En ella Chávez es “el comandante eterno”, el “guía supremo” y el que “se inmoló por nosotros”. Los chavistas son “sus hijos”, y los demás, entre “escuálidos” y derechistas.
El prócer
En un anuncio televisivo, los canales públicos presentan a un padre y a su hija visitando a Chávez en el Cuartel de la Montaña del Barrio 23 de Enero de Caracas, donde están sus restos. El mensaje indica que los días 5 de cada mes (Chávez murió el 5 de marzo de 2013) el pueblo revolucionario debe acudir a ese mausoleo para recordarlo.
El padre y su hija están allí, en la explanada, y Chávez les habla con su vigorosa voz de batalla: “Tú también eres Chávez, porque Chávez no soy yo. Chávez es el pueblo, invicto, invencible. ¡No te rindas, muchacho!”.
La niña toma de la mano a su padre y le dice: “Papá, papá, no te rindas”. Los dos miran al horizonte, hacia el edificio de la Asamblea Nacional, del que cuelgan dos grandes banderas rojas. Él responde: “No, hija, no me voy a rendir. Tengo un compromiso. El mañana espera”.
Los propagandistas del régimen también pusieron a hablar a Chávez tras la derrota electoral. El comandante pidió en radio y televisión “unidad, unidad, unidad en la adversidad, porque no faltarán quienes traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener su empeño de restitución del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la patria. No, no podrán”.
Y el martes 8, sólo dos días después de la derrota, el gobierno conmemoró el “Día de la lealtad y el amor al comandante supremo Hugo Chávez y a la patria”, con motivo del tercer aniversario del último discurso que pronunció al país el líder de la Revolución del Siglo XXI y presidente de Venezuela, desde el Despacho Uno del Palacio de Miraflores, sede del Ejecutivo.
En la noche del 8 de diciembre de 2012, con el entonces vicepresidente Nicolás Maduro a la derecha y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, a la izquierda, Chávez dijo a sus compatriotas que “si se presentara alguna circunstancia sobrevenida”, Maduro debía sucederlo en el cargo. Casi tres meses después, murió de cáncer.
Y desde entonces Maduro ha debido caminar cuesta arriba. Primero enfrentó una cerrada elección presidencial en la que, según los resultados oficiales, venció por apenas 1.49 puntos porcentuales al candidato opositor, Henrique Capriles.
Luego debió repartirse el poder con Cabello, el número dos del régimen y jefe de la facción cívico-militar que maneja los hilos de la administración pública.
Todo Venezuela comenzó a comparar a Maduro, un político rígido y de peinado antiguo, con el carismático Chávez, quien recorría el país echando discursos, cantando joropos e inaugurando obras con el respaldo de los 816 mil millones de dólares que, según estadísticas del Banco Central, pasaron por sus manos gracias al auge petrolero que elevó a precios históricos el barril de crudo.
Además del poder político, Maduro heredó de Chávez un déficit fiscal de 20% del PIB, una deuda externa de 150 mil millones de dólares cuyo servicio y pago de capital consumen 8 mil millones de dólares al año, y una larga lista de subsidios, como el de la gasolina, que le cuesta al país 12 mil millones de dólares cada año.
“La respuesta del gobierno ha sido más gasto financiado con deuda e impresión de dinero, más controles absurdos al tipo de cambio y a los precios, más expropiaciones de empresas y más corrupción vinculada a estos controles. Todo esto nos condujo a la catástrofe”, dice el economista Orlando Ochoa.
Y como los ingresos de petróleo –que aportan 96% de las divisas del país– se desplomaron, no hay dólares preferenciales para comprar alimentos, medicinas y productos básicos ni para importar los insumos necesarios para producirlos en el país.
Para Alicia, una joven militante del PSUV en el populoso barrio de Petare, “el problema no es que el gobierno tenga menos dinero, sino que Maduro no es Chávez”.
Según la estudiante de comunicaciones, “Chávez resolvía todo, nunca nos faltó comida, pero este camarada no va pal’ baile (no va a ningún lado)”.
Distorsiones capitalistas
Maduro ha presumido que Venezuela tiene el salario mínimo más alto de Latinoamérica. Eso sería si se toma como referente el tipo de cambio preferente de 6.30 bolívares por dólar. En ese caso el salario mínimo mensual ascendería a mil 531 dólares mensuales. Pero la economía real no funciona por decreto.
Una hamburguesa Big-Mac de McDonald’s tiene un valor de 990 bolívares en Venezuela. Un salario mínimo, que el mes pasado subió a 9 mil 649 bolívares, alcanza para comprar nueve de esas hamburguesas.
“Decir que el salario mínimo alcanza para mucho es una burla de Maduro”, dice Alicia. Ella no votó por la MUD pero se abstuvo, como lo hicieron centenares de miles de chavistas.
El control de precios con el que el gobierno busca garantizar el acceso de la población a los productos básicos a bajo costo ha sido un fracaso. Un kilo de pollo, por ejemplo, tiene un precio controlado de 60 bolívares, pero es muy difícil conseguirlo en el supermercado. En el mercado negro, que manejan vendedores ambulantes conocidos como “bachaqueros”, es fácil hallarlo, pero se cotiza a 650 bolívares el kilo.
En Caracas escasean el café, la harina de maíz para hacer arepas –tortillas básicas en la dieta venezolana–, el aceite, la avena, la leche, los huevos, la carne, los jabones y el azúcar, entre otros productos; pero en los restaurantes del oeste de la ciudad es posible conseguir sin ningún problema langosta, bacalao noruego, cordero magallánico o lenguado chileno. Un plato de langosta, por ejemplo, cuesta 10 mil 700 bolívares, equivalentes a 1.1 salarios mínimos.
Los restaurantes elegantes de Caracas no parecen los de un país en crisis. Los estacionamientos permanecen llenos de enormes camionetas. Las mesas están colmadas de comensales a la hora del almuerzo y, por las noches, conjuntos musicales alegran el ambiente con música bailable.
Y es que en el mercado negro de divisas, donde la moneda estadunidense se cotiza hasta en 900 bolívares –142 veces más que el dólar controlado preferencial–, es posible comprar cualquier cantidad de billetes verdes que requieran las empresas y los particulares.
Todo Venezuela sabe que los empresarios también han lucrado con el mercado de divisas, pues cotizan sus productos importados a precios de mercado negro aunque hayan logrado acceder a los dólares preferenciales del gobierno, cuya tasa de cambio oscila entre 6.30 y 193.00 bolívares por dólar.
“Aquí muchos particulares hemos hecho buenos negocios con estos dólares, aunque ya casi no hay acceso a los que controla el gobierno. En el último año los ha restringido mucho”, dice un importador de vinos y licores.
El abogado y analista político José Amando Mejía duda que en Venezuela haya habido una revolución, como decía Chávez y sostiene Maduro. “Aquí no hubo una insurrección armada ni nadie bajó de la Sierra Maestra para derrocar a un gobierno ni las estructuras económicas y sociales han variado sustancialmente”, señala el doctor en derecho por la Universidad de París.
Mejía cree que lo que hay “es una retórica revolucionaria sin sustento, con supuestos logros que están basados en un modelo rentista petrolero que es el mismo que tenía Venezuela desde antes de Chávez”.
Asamblea opositora
A partir del próximo 5 de enero la Asamblea Nacional estará bajo control de la opositora MUD y las expectativas de los venezolanos que votaron por un cambio están puestas en lo que podrá hacer ese poder del Estado para aliviar la situación económica y social.
“Pero no se puede esperar demasiado. La política económica la diseña e implementa el gobierno, que tiene el control total del Banco Central”, dice el economista Boris Ackerman.
Prevé que “más bien, el gobierno acelerará sus medidas populistas porque, ahora menos que nunca, va a querer pagar el costo político de un ajuste”. Y esto, dice el profesor de la Universidad Simón Bolívar, va a ocurrir en un año económico más complicado que el actual, porque los ingresos petroleros caerán más y la inflación podría llegar a 300% o 400%. “2016 será más catastrófico”, asegura.
El dirigente opositor y diputado electo Henry Ramos Allup, quien se perfila como el presidente de la Asamblea Nacional, señala que la MUD tratará de construir, desde el ámbito parlamentario, un conjunto de soluciones urgentes a la crisis económica y social que vive Venezuela.
“Tenemos una clara mayoría que nos permitirá revisar las leyes de control económico que son inoperantes en la práctica. Si el gobierno intenta obstaculizarnos, vamos a echar mano de los mecanismos constitucionales para sustituirlo”, señala.
Entre los mecanismos previstos por la MUD para poner fin al gobierno de Maduro están un referendo revocatorio –que podrá convocar a partir de abril próximo, cuando el presidente cumple la mitad de su mandato–, una Asamblea Constituyente o una enmienda constitucional que acorte su periodo de gobierno.
“Tenemos una mayoría calificada que nos permite hacer esto, pero no hemos decidido aún qué camino tomar. Eso también dependerá de la actitud que asuma el gobierno frente al Poder Legislativo”, asegura.
El consultor político y director de la encuestadora Datanálisis, Luis Vicente León, señala que la oposición debe ser cautelosa y administrar bien su victoria porque los venezolanos “no votaron para que quite al gobierno, sino que votaron contra la escasez y la brutal crisis económica”.
El secretario ejecutivo de la MUD, Jesús Torrealba, dice que la primera medida legislativa que piensan aprobar en el congreso unicameral es una ley de amnistía para liberar a 75 “presos políticos”, entre ellos a los dirigentes opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma. Maduro ya adelantó que no la aceptará.
Para Héctor Pérez Marcano, el mayor desafío inmediato que tiene la oposición es mantenerse unida y construir un liderazgo con el cual se identifiquen los diferentes sectores venezolanos.
Es conocida la rivalidad entre Leopoldo López y el gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles, quien fue el candidato presidencial de la MUD contra Maduro. Pero la esposa de López, Lilian Tintori, afirma que ese tema está resuelto. “Hoy, en Venezuela, el líder de la oposición es Leopoldo porque así lo quiere la gente”, asegura.
Pero López, Capriles y varios dirigentes opositores son percibidos por las clases populares chavistas como “niños bien de la oligarquía” que jamás velarán por sus intereses como lo hacía Hugo Chávez.
“Tenemos el reto de ser más cercanos con ese sector que, en buena parte, también está desencantado con el chavismo”, reconoce el diputado electo de la MUD, Freddy Guevara. l








