¿Qué podemos ser y hacer sin identidad, sin historia, sin raíces?
El Instituto Nacional de Antropología e Historia, institución única en el país, se encuentra hoy en seria amenaza ante la iniciativa presidencial de crear una “Secretaría de Cultura”, cuya lectura revela sin ambages su naturaleza. Constituye, en síntesis, una regresión política, académica y laboral.
Regresión política, porque pasa completamente por alto el sentir y la experiencia del sector dedicado a la protección del patrimonio cultural; porque atenta contra la vocación social del INAH; porque prescinde de la población, incluidos los pueblos originarios y afrodescendientes; porque subordina una materia de interés público prioritario a intereses particulares de orden mercantil, y porque atenta contra un ámbito de responsabilidad estratégica del Estado mexicano.
Regresión académica, porque impulsa una dimensión reduccionista y distorsionada de la “cultura”, reflejando un grave desconocimiento de su sentido y alcances, lo que repercute en el sentido mismo de la educación y la investigación en dicho ámbito, concibiendo al patrimonio cultural en su dimensión más limitada, cosificado y al margen de la vida social.
Regresión laboral, porque genera inestabilidad e incertidumbre entre sus trabajadores de base y, a su vez, condiciones propicias para la exclusión de los numerosos profesionales y técnicos que trabajan actualmente en tareas institucionales sustantivas bajo contratos precarios.
En su profunda ignorancia, los impulsores de la iniciativa creen que “la cultura” es algo externo al ser humano: una cosa en compra-venta, un espectáculo, un atuendo pintoresco, un rubro más del Producto Interno Bruto. Y es que ocultan infructuosamente sus móviles: el alcance de su “cultura” equivale exactamente al alcance de sus entendederas. La mira está puesta en esa “cultura” a modo, y en ese plan estorba el INAH, que no puede ser opacado por sus actuales limitaciones coyunturales, fruto de políticas económicas y administrativas aplicadas en los últimos años precisamente para vulnerarla.
El nuevo capítulo del despojo es insidiosamente nocivo, porque al parecer no basta arrancarle a un pueblo sus horas de trabajo y de recreo, sus minerales, sus normalistas de origen campesino, su paz, sus pensiones, su petróleo y gas, sus ojitos de agua. Ahora el despojo se pretende extender a las raíces identitarias de los muchos y variados mexicanos despojados y de sus muchas y variadas culturas, como si su sentido primigenio radicara en su instrumentación comercial.
Los pueblos originarios no dependen de instituciones como el INAH para conformar y nutrir su ancestral resistencia, ni necesitan de ellas para vivir a contracorriente la realidad cotidiana de su comunalidad multiforme. Sin embargo, sería obtuso minimizar la responsabilidad del Estado en coadyuvar a su defensa mediante su estudio y su preservación integral. México necesita estratégicamente el estudio y la preservación de las culturas de sus pueblos para no andar a la deriva; las requerimos para entendernos, para entender nuestro aporte potencial y nuestro lugar en este país que pretendemos nuestro.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia es una institución particular, por única y especial, porque su encomienda es incluyente y estratégica. Su esencia radica en su vocación social, que no es asistencial sino de sentido; es dialógica por necesidad y por método, aunque en las mismas filas de sus trabajadores esa perspectiva no necesariamente se comparta ni explicite.
La comprensión del otro, sea ese otro pretérito, actual o futuro, no es un postulado académico sino eminentemente operativo. Esto se expresa particularmente en la evolución misma del concepto de “patrimonio cultural”. A través de aproximaciones sucesivas, la dilucidación del alcance y naturaleza de la materia de trabajo del INAH ha llevado a reconocer no sólo su amplitud, sino su papel, su dimensión relacional y su articulación orgánica con el patrimonio biológico. Así, hoy sabemos, gracias al trabajo de numerosos integrantes del INAH y de otras instituciones hermanas, y también como lo confirman las actuales tensiones sociales y políticas inherentes al ejercicio de la antropología y la historia en el país, que no puede haber investigación, conservación y difusión del patrimonio cultural, que es el cometido triple del INAH, sin la participación genuina, por decisoria, de la población en ese cometido, y sin reconocer la dimensión biocultural de ese patrimonio.
Nos referimos entonces a una institución holística y relacional, con más de 75 años de trabajo plasmados en numerosos y diversos frutos; en la dedicada exploración y mantenimiento de zonas arqueológicas, pero también, mediante el concurso y desarrollo de diversas disciplinas, y en un proceso progresivo y acumulativo de saberes, en escuelas imprescindibles, en museos y centros de trabajo de alto nivel, y en un cúmulo amplio y profundo de conocimientos, además de su sostenida labor de atención y seguimiento en sus diversas áreas de competencia. Por su amplitud temática, el INAH mantiene vinculaciones operativas significativas y específicas con el medio académico del cual forma parte a diversos niveles, y lo mantiene también con organizaciones y movimientos sociales, con instancias regulatorias, y con otros muchos sectores, aunque de ello tengan la menor idea los incultos promotores de la iniciativa comentada.
Es hora de defender una institución noble, perfectible y ligada por su cometido al Bien Común y a la esencia identitaria de la nación y sus pueblos. l
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* Investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia en el área de antropología médica y etnobotánica, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, y doctor en Ciencias Sociales y Salud por la Universidad de Barcelona, España.








