“Vanguardia rusa. El vértigo del futuro”

En contraste con la pésima exposición Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos –exhibida de junio a septiembre de este año–, el Museo del Palacio de Bellas Artes presenta actualmente una exhibición sobre la Vanguardia rusa que sobresale por la notoria calidad de las obras.

Seductora por las inquietantes pinturas de Malevich, los Proun (por una renovación del arte) litográficos de Lissitsky, las espectaculares fotografías y fotomontajes de Rodchenko, la porcelana utilitaria diseñada por Tatlin o intervenidas por Kandinsky, los interesantes carteles publicitarios o de campañas sociales, y la réplica de un contrarrelieves de Tatlin, la muestra, si bien ofrece un panorama multidisciplinario de las prácticas vanguardistas –escenografías, dibujos arquitectónicos, cine y música–, carece de una interpretación que permita ubicar el desarrollo, las diferencias, la aportación, la vocación política y el declive de esta Vanguardia soviética.

Considerada por la historiografía del arte como una de las vanguardias más relevantes, su devenir se inicia a finales de la primera década del siglo XX y su crecimiento coincide con la Rusia zarista, revolucionaria y posrevolucionaria. Integrada por distintas líneas estéticas que derivaron, al triunfo de la Revolución de 1917, en el interés por crear un arte con funciones productivas –educación, información, politización– al servicio del nuevo proletariado industrial y el espacio público-masivo, la Vanguardia rusa, en el contexto de las artes visuales, se divide en:

Neoprimitivismo –fusión de estéticas fauvistas con poéticas religiosas y profanas del arte popular soviético–, Kubofuturismo –composiciones que enciman planos geométricos con campos cromáticos bien definidos–, Rayonismo –exploración pictórica de la materialidad de la luz–, Suprematismo –figuras geométricas que pretenden ser tan reales como un objeto y contener la supremacía del sentir–, Constructivismo –protagonismo tridimensional de los materiales, derivación tecnológica y política del Suprematismo.

Apoyada por la política leninista hasta 1924, la Vanguardia rusa decayó y transformó la abstracción en una decadente figuración social-realista con el triunfo y autoritarismo de Stalin.

Curada por el etnólogo Sergio Raúl Arroyo –dos veces exdirector del Instituto Nacional de Antropología e Historia– con el apoyo financiero del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la exposición Vanguardia rusa. El vértigo del futuro se integra con obras realizadas entre 1909 y 1937  procedentes de aproximadamente 21 museos rusos, entre las que destacan pinturas del rayonista Larionov, la kubofuturista Popova, la suprematista Olga Rozanova, el fascinante Kandinsky –obras que permiten ver el desarrollo de su lenguaje sin llegar a la maduración de su vocabulario abstracto– y numerosas piezas de Malevich.

Entre estas últimas,  una versión tardía realizada alrededor de 1930 en un tamaño más pequeño de 53.5×53.5 cms, del emblemático Cuadrado negro sobre fondo blanco, que presentó el artista en la postrera exposición futurista de pintura 0.10., realizada en diciembre de 1915 en San Petersburgo.

Considerado como el inicio del Suprematismo, este evento se distinguió por la exhibición del Cuadrado… como si fuera una imagen religiosa.  En la muestra mexicana se reproduce la sensación visual de la 0.10.

Fascinante a pesar de las carencias informativas y de la ausencia de escultura, la exposición podrá visitarse sólo hasta el 31 de enero del próximo año.