“La escuela de las mujeres”

Moliére, genio de la comedia de enredos, toma como protagonista a un hombre mayor, adinerado y celoso hasta lo indecible, para hacer una crítica a la sociedad de su tiempo, que mucho tiene en común con nuestro presente. Germán Castillo, la adapta y la dirige en 1977 y 1982, y ahora, con alumnos del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, la presenta en varios recintos para cerrar temporada en el Teatro Benito Juárez.

La adaptación de Castillo ubica la historia en el México del siglo pasado con charros, cantinas y caballos, donde don Cornelio compra a una joven y la encierra en una casa teniendo como pretensión casarse con ella. En Moliére el protagonista rescata a la joven de un convento y la prepara para el casamiento. Parecería que Moliére hace una autocrítica a su propia vida, pues se casa con una joven 20 años menor que él, hija de su amante. Agrega un elemento de transformación del personaje, el cual, sin dejar de ser “el malo de la película”, se sensibiliza y reconoce el amor y no sólo el dominio que siente por ella.

La escuela de las mujeres escandalizó por evidenciar temas tabú de su tiempo. Al ser estrenada y protagonizada por el autor en 1662, suscitó una cadena de obras teatrales como respuesta: El retrato del pintor o la Crítica de la escuela de las mujeres de Boursalt, La venganza de los marqueses de Villiers e Impromptu del Hôtel del Condé de Montfleury.

Moliére maneja con habilidad los enredos en la trama, los equívocos en los encuentros y la confusión de la identidad de los personajes. Ágil en su desarrollo, nos va llevando por la historia provocando la risa en cada situación. El esquema de ricos y pobres, sirvientes fieles pero ladinos y un amor lleno de obstáculos, funciona de maravilla en esta historia a la mexicana: don Cornelio se entera de la relación secreta de su “esclava”, pues un amigo se la confiesa en la cantina ignorando que él es el quien la tiene prisionera. Todos los planes que los jóvenes intentan se ven obstaculizados por don Cornelio, pues éste consigue enterarse antes. Moliére da un giro retorcido al desenlace para obligarlo a ser un final feliz y Germán Castillo se cuestiona al respecto, abriendo la resolución a tres posibilidades a través de un narrador que funciona, durante la obra, de manera muy forzada.

La propuesta escenográfica del director desde la puesta en escena de 1977 remite a una metáfora del encierro, colocando a la protagonista en una jaula de pájaros gigante donde teje sentada en el columpio. Visualmente, la asociación resulta sugerente y se refuerza al final cuando el elenco entona la clásica canción “La jaula de oro”. En el extremo opuesto de la jaula coloca una barra y una puerta de cantina, teniendo dos espacios escénicos con los cuales jugar. El centro del escenario se convierte en diversos espacios que, con la iluminación de Gabriel Pascal, crean atractivas atmósferas. El vestuario de Cristina Sauza es eficaz para reproducir a los charros de la época.

Los actores, entre los que se encuentran Marcos Mendoza, Daniela Rodríguez, Eduardo Sarabia y José Roberto Serrano, responden al reto en la interpretación, aunque resulta en muchos momentos gritada y excesiva en el maquillaje.

La escuela de las mujeres deviene una propuesta vital y divertida donde se ridiculizan los celos y la violencia hacia la mujer, al mismo tiempo que se humanizan los personajes. Su vigencia hace que el pasado se convierte en un presente identificable.