“Tosca” en Bellas Artes

Tosca (1900), la genial ópera de Giacomo Puccini (1858-1924), se presentó el pasado jueves 26 en medio del escándalo. Y es que desde una semana antes del estreno el tenor Dante Alcalá y el barítono Guillermo Ruiz se quejaron en redes sociales y hasta en periódicos impresos de que habían sido expulsados por la Ópera de Bellas Artes (OBA) –actualmente dirigida por la soprano Lourdes Ambriz–, y de manera injustificada del elenco de Tosca.

El asunto es muy grave pues los cantantes trabajaron y ensayaron durante meses, y de pronto se les despide sin ninguna indemnización y a pesar de haber un contrato. Los corre el serbio Srba Dinic, director concertador, quien a decir de Ruiz faltó a siete de los ensayos musicales. Si de verdad no eran buenos cantantes, ¿para qué los contrataron? Hubiera sido mejor dejarlos actuar y que ellos demostraran si son capaces o no.

A los dos los hemos visto y escuchado en otras óperas, que puntualmente criticamos en esta columna, y nos parece que Tosca no representa algo que ellos no puedan hacer. El mismo Srba Dinic afectó gravemente a Carlos Arturo Galván, tenor que alternaría con Alcalá en Tosca, cuando le movió su función del domingo 29; Galván se quedó con 30 boletos comprados y muchos invitados defraudados, incluso algunos que venían desde Nueva York y no pudieron verlo salir a cantar. Curiosamente esa función se transmitió a todo el mundo vía tv internet.

El rol protagónico estuvo interpretado por la guapa soprano búlgara Svetla Vassileva (1964), y el público de Bellas Artes la premió con largas ovaciones; se trata de una cantante de voz grande y muy solvente musical e histriónicamente, con mucha verdad en su actuación e italianidad en su canto. Héctor Sandoval (1969), tenor mexicano triunfador en Europa, cantó el “Cavaradosi” en sustitución de Alcalá, cumplió bastante bien y el público lo consintió también con fuertes aplausos. El triángulo amoroso fue completado por Genaro Sulvarán (1964), barítono veracruzano de gran solvencia vocal y dramática a quien el rol de Scarpia le va como anillo al dedo, el color de su voz es de una cualidad única en el mundo.

La orquesta, bien en general; al final del primer acto no se oyeron unas campanas que debían sonar ahí y “es que alguien desconectó el sintetizador y nos quedamos esperando”. Qué lamentable que al público le den sonidos sintetizados electrónicamente en vez de usar un juego de campanas tubulares. El solo de los cuatro violoncellos al principio del acto tercero, desafinado mortalmente.

La escenografía de Laura Rode, quien vuelve a la ópera después de muchos años, fue bella, moderna y sobre todo funcional, y demostró que se puede ser moderno sin hacer locuras que alteren el devenir de la función, respetando la voluntad del poeta y el compositor, quienes ya lo dejaron todo por escrito, sólo hay que seguir sus indicaciones.

El vestuario, bueno, pero con algunos resbalones (monjas novohispanas en Roma, uniformes del ejército estilo Colegio Militar privado).

En esta ocasión muy bien la dirección escénica de Luis Miguel Lombana; siempre que no se salga de lo tradicional es bastante bueno, pero cuando quiere modernizar o reescribir la ópera (Nabucco)… arde Troya.

En suma, el espectáculo fue muy grato y acertado en lo escénico así como en lo musical, en especial los tres protagonistas.