Podredumbre en el ring

Para Francisco Ponce, en memoria de su“Marcador”

Como hijo de un viejo juez de ring –durante los años treinta y cuarenta en la boxística ciudad de Mérida– y que fue hasta hace 20 años mentor y confidente mío en el espléndido arte y deporte del boxeo, me permito hacer este rápido apunte.

El arte de Fistiana se luce significativamente cuando se atiene a su brillante y difícil técnica, puesta al servicio desde sus orígenes británicos: un arte de la defensa personal, en el que descollaron mundialmente el escocés Ken Buchanan y el mexicano Miguel Canto, ambos carentes del mágico don del punch…

Una suma de dichos genios del ring y dueño de técnica y maestría en todos los recursos de ataque y defensa por igual, y además poseedor de una nada despreciable pegada, es aún el combatiente puertorriqueño/neoyorquino de ya 35 años de edad Miguel Ángel Cotto.

(Por cierto, como a muchos mexicanos, casi nunca me han simpatizado los boxeadores borinqueños, pero –como muchos también– siempre he reconocido su superioridad boxística en el ámbito latinoamericano o, por lo menos, caribeño. Exponentes de esta calidad han sido Carlos Ortiz y Macho Camacho, a quienes derrotaron final y respectivamente nuestros Vicente Zaldívar y Julio César Chávez.)

Con la combatividad de Salvador Sánchez, la astucia de Juan Manuel Márquez, la elegancia de Mantequilla Nápoles, y campeón mundial de peso medio (CMB) hasta el reciente sábado 21 de noviembre, cuando perdió por decisión abultada en Las Vegas, Nevada –cuadrilátero donde nunca ha ganado un púgil mexicano si no ha sido por la vía del nocaut–, ante su pálido contrincante jalisciense Saúl Canelo Álvarez, Cotto, figura desde hace ya varios años entre los grandes gladiadores continentales de los encordados. Solamente por esta razón y por la vergonzante actuación que tendría Álvarez ante el boricua –lo cual se confirmó en el ring en esa fecha–, jamás se debió concertar ese combate.

La magistral faena, el alarde técnico y la lección de defensa y de recursos admirables que mostró Cotto –coronadas con un beso paternal en la frente agradecida de Saúl– sobre el desdibujado y televisivamente inflado oponente (un hombre joven y fuerte pero falto de inteligencia y virtud boxísticas), reveló que todo indica que este show es quizás hechura de la mafia y del “negocio” entre promotores amañados, publicistas sinvergüenzas y jueces y empresarios cómplices de un fraude insultante a su inmenso mercado: un sumiso público mexicano, acá y en Estados Unidos, ansioso por compensar su desastre nacional y su explotación como inmigrante con los delirantes voceríos de “¡Canelo, Canelo!”…

Cuando incluso los tres locutores de la televisión mexicana (TV-Azteca) votaron, en su cuenta particular, precisamente en sentido contrario al de los jueces oficiales.

Qué pena y cuánta infamia medran en este –hasta hace 20 años tal vez– ejemplo más o menos digno del deporte en nuestro país. l

(*) Escritor y profesor yucateco (Mérida, 1950), autor del poemario Otro día de luz (FCE, 2000), y apasionado lector de la prestigiada revista estadunidense The Ring, del brillante cronista Nat Fleischer.