El sábado 21 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad una resolución que, en los hechos, es una declaración de guerra contra el Estado Islámico. Ninguna organización había unido en su contra a tantos gobiernos y grupos de diversas filiaciones: 12 naciones del Medio Oriente, seis europeas, más Estados Unidos, Canadá y Australia, así como el gobierno regional del Kurdistán, Hezbolá, Al Qaeda y partidos kurdos, turcomanos, yazidíes, chiitas, cristianos… Pero detrás de esta aparente alianza hay intereses contrapuestos que alimentan la inestabilidad en la región.
En Medio Oriente el principio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” no se aplica. La organización Estado Islámico (EI), enemiga común de los gobiernos y organizaciones involucrados en el conflicto en esa región, no los ha unido. El derribo de un avión de combate ruso por parte de fuerzas turcas, el martes 24, lo confirma de manera elocuente.
Y también es la señal de que no todo está perdido para el autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi, máximo líder del EI, pese a que no hay en el planeta una organización frente a la cual se esté alineando una fuerza militar multinacional tan diversa como la que ahora quiere destruirlo, con intervención de tropas y aeronaves de 12 naciones de la región, seis europeas, dos norteamericanas y Australia, además del gobierno regional del Kurdistán, Hezbolá, Al-Qaeda y una miríada de partidos, milicias y brigadas kurdas, turcomanas, yazidíes, chiitas, cristianas, islamistas y comunistas.
En particular, la furia de los gobiernos de Turquía, Rusia y Francia, por los atentados terroristas cometidos contra estas naciones en las semanas recientes, hizo pensar que el califato que declaró Al-Baghdadi en los territorios conquistados de Siria e Irak podría terminar reducido a polvo por los aviones de esos países.
Del cielo les cayó fuego. Pero también un caza ruso en llamas, destruido por los turcos, y dos pilotos en paracaídas, uno de los cuales fue asesinado mientras descendía, indefenso, por combatientes cercanos a Turquía.
Este último país es parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza que encabeza Estados Unidos y la cual es rival histórica de Moscú.
Es el primer caso en que la OTAN derriba un avión ruso, en el más de medio siglo desde su fundación, y podría ser considerado un acto de guerra.
El asunto adquiere mayor gravedad porque la defensa aérea turca es coordinada por la misma OTAN, desde la base de Torrejón de Ardoz, en España. Es el suceso propicio para una escalada de agresiones que haría realidad la peor –antes inimaginable– pesadilla: la de que el conflicto sirio adquiriera ya no una dimensión regional, como se temía y finalmente ocurrió, sino global.
Expansión relámpago
El EI “constituye una amenaza sin precedente a la paz y seguridad mundiales”, dice la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el sábado 21. Pide adoptar “todas las medidas necesarias, de acuerdo con el derecho internacional, y en particular con los derechos humanos, con las leyes humanitarias y el derecho de los refugiados, en el territorio controlado por el EI en Siria, para redoblar y coordinar los esfuerzos para prevenir y suprimir actos terroristas”.
Es la guerra mundial contra EI.
El documento fue aprobado tras los atentados del viernes 13 en París que costaron la vida de 132 personas. Contó con el voto favorable de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad: una unanimidad rara vez alcanzada.
Los de París, sin embargo, no han sido los atentados más mortíferos. El pasado 31 de octubre los 224 pasajeros y tripulantes del vuelo 9268 de la aerolínea rusa Metrojet murieron cuando una bomba lo hizo explotar en el aire.
A lo largo de 2015, terroristas que actuaron en nombre de EI cometieron una larga serie de ataques, entre ellos los del 17 de enero en París contra la revista Charlie Hebdo (17 muertos); el 15 de febrero en Libia contra cristianos egipcios (21 muertos); el 18 de marzo en el Museo Nacional del Bardo en Túnez (22 muertos); el 21 de marzo contra dos mezquitas en Yemen (137 muertos); el 22 de mayo contra una mezquita chiita en Qadeeh, Arabia Saudita (21 muertos); el 26 de junio contra turistas en la playa tunecina de Susa (38 muertos) y contra una mezquita en Kuwait (27 muertos); y el 12 de noviembre en las calles de Beirut (43 muertos).
Los dos más recientes ocurrieron el martes 24: uno mató a siete personas e hirió a otras 10 en un hotel del Sinaí; y otro a 12 soldados en las calles céntricas de Túnez.
Con base en dichos atentados, políticos y analistas señalaron que el EI realiza un giro estratégico para internacionalizar aún más el conflicto. La razón: las derrotas sufridas en su propio territorio en Siria e Irak.
El EI ha reemplazado a Al-Qaeda como grupo representativo de la yihad (guerra santa islámica) global y por lo tanto se ha convertido en un imán que atrae financiamiento y militantes, y motiva a organizaciones e individuos en todo el mundo a sumarse a la lucha.
Pero el EI muestra ventajas sobre Al-Qaeda. Son tres las más relevantes: mantiene una eficaz campaña permanente de comunicación en redes sociales y con videos de producción profesional; está dando grandes golpes que le dan un aura de éxito; y hace creer que está materializando un viejo sueño: la reconstitución del califato, la forma exclusiva de gobierno que debe unir a la humanidad bajo la sharia (ley islámica).
Como evidencia de esto último, ofrece el dominio sostenido de una amplia porción de territorio de Irak y Siria, y lo presume, en un video difundido el miércoles 25, como mayor que Gran Bretaña, ocho veces el tamaño de Bélgica, 30 el de Qatar… “y en expansión”.
Sus veloces conquistas de la primavera de 2014 fueron clave para crear esta sensación de destino inexorable, de repetición ordenada divinamente de las hazañas del inicio del Islam, cuando Mahoma y sus descendientes inmediatos crearon en menos de un siglo un imperio que se extendía desde Asia Central hasta el Atlántico.
“Apresúrense musulmanes a venir a vuestro Estado”, dijo el “califa” Al-Baghdadi, “porque sí, es vuestro Estado”.
El efecto fue tal que numerosas organizaciones yihadistas que actuaban de manera independiente o estaban vinculadas a Al-Qaeda, declararon su sumisión al califato.
Además, el EI creó diez wilayat o “provincias”: Jizair, en el norte de Argelia; Trípoli, Barqa y Fezzán, en Libia; Gharb al Afriqiya, en Nigeria; Sinaí, en Egipto; Yemen, en el país del mismo nombre; Haramayn, en Arabia Saudita; Najd, en Kuwait, y Khorasan, en las montañas de la frontera de Pakistán y Afganistán.
Globalistas vs. localistas
En 2015, sin embargo, el EI detuvo su expansión relámpago.
La batalla por el control de la ciudad siria-kurda de Kobane, en la frontera con Turquía, que duró de septiembre de 2014 a enero de 2015, y estuvo a punto de ser ganada por el EI, se convirtió en un ejemplo de resistencia de las milicias kurdas y es considerada el punto de inflexión que marcó el final de la antes imparable ola negra de las huestes de Al-Baghdadi.
Desde su clímax en julio de 2014, cuando su avance fue detenido, el territorio bajo control de EI se ha reducido entre 15% y 25%, con ofensivas de sus enemigos en los múltiples frentes que tiene abiertos: la del ejército iraquí por el este, la del gobierno regional del Kurdistán y las milicias kurdas por el norte, y en el confuso mapa sirio, la del eje Bashar al-Asad-Irán-Hezbolá, las de las facciones rebeldes “moderadas” y las de las milicias islamistas, además de grupos menores.
A ello se agregan los ataques aéreos de estadunidenses, rusos, franceses, iraníes, jordanos, sauditas y de vez en cuando, israelíes.
Con base en ello los analistas interpretaron que el EI se vio en la necesidad de aplicar esta estrategia de ataques terroristas internacionales. Las explicaciones varían: unos creen que el objetivo es llevar la guerra hasta la casa de sus enemigos para obligarlos a abandonarla; o lo contrario: llevarlos así a tomar malas decisiones y antagonizar a sus poblaciones musulmanas para provocar descontento y atraer reclutas al EI; y también, que con estos golpes espectaculares puede seguir satisfaciendo su necesidad de presentar grandes éxitos que le den popularidad, y disimular, además, sus derrotas en el campo de batalla.
De hecho, ese viernes 13, mientras sus militantes asesinaban civiles en París, el EI sufría la pérdida de la ciudad de Sinjar, lo que además cortó una ruta vital de comunicación y abastecimiento entre las dos principales urbes del califato: Raqqa, en Siria, y Mosul, en Irak.
Pero nadie se enteró: el mundo se estremeció con la noticia de la masacre parisina. La victoria de kurdos y yazidíes en Sinjar quedó en el olvido.
El periodista turco Metin Gurcan, quien fue asesor militar en Irak y otros países de la zona, se ubica entre quienes piensan que el EI no es monolítico y detectan corrientes opuestas dentro de la organización. En entrevista con Proceso, afirma que hay una tendencia que llama “localista”, sostenida por antiguos miembros del partido Baas de Sadam Husein y nacionalistas árabes, y que propone consolidar la dominación territorial en Siria e Irak, “enfatizando la significación simbólica e histórica y la posición geoestratégica de Raqqa y Mosul”.
Los “globalistas”, en cambio, son yihadistas llegados del extranjero que critican el desastre de la batalla de Kobane –donde el EI perdió unos 2 mil 200 hombres que trataban de apoderarse “de un pedazo de tierra insignificante”– y creen que llevar la guerra “al resto del mundo los ayudará a no ser aplastados con facilidad”. En París, añade Gurcan, “se vio que con ocho o 10 personas y gastos no mayores de 100 mil dólares, pueden paralizar una capital occidental y llenar el mundo de miedo”.
Misiles antiaéreos
Tras el derribo del avión de pasajeros ruso y los atentados en París, Rusia y Francia parecían compartir su afán de golpear al enemigo común. Más allá de los ataques aéreos contra posiciones militares, ambos anunciaron una nueva táctica para debilitar al califato: destruir los convoyes que transportan petróleo desde los pozos que controla el EI, cuya venta constituye una de sus grandes fuentes de ingresos.
Cuando el presidente francés, Francois Hollande, llamó a unir los esfuerzos de todos, sólo los desprevenidos lo creyeron posible. “Heroicamente optimista”, lo llamó el diario Financial Times, resumiendo el escepticismo de los observadores. Después del derribo del caza ruso, las alarmas se dispararon. La agencia Reuters lo reflejó en un análisis que tituló Prevenir la tercera guerra mundial en Siria entre Turquía y Rusia.
Según los rusos, su avión volaba sobre territorio sirio y nadie les advirtió nada. Los turcos dicen que la nave invadió su espacio aéreo, que se comunicaron por radio para exigirle que regresara y que, como no respondió, la derribaron.
Moscú afirma que el caza se encontraba en una misión contra el EI. Sin embargo, estaba bombardeando a las milicias turcomanas (de sirios de etnia turca), que son cercanas al gobierno de Ankara. Entonces, los rusos acusan a los turcos de proteger a terroristas, y éstos les reprochan que no atacan a los terroristas, sino a sus aliados, porque Moscú aprovecha para actuar a favor del régimen de Asad.
Pero Turquía hace lo mismo: la batalla contra el EI le da cobertura para lanzar sus aviones contra las guerrillas kurdas, que son su enemigo particular.
Esto es sólo una muestra de que si enfrentar (no siempre vencer) al EI puede ser una causa común, en el fondo cada parte tiene causas propias a las que a veces les da mayor importancia.
Irán y Hezbolá quieren garantizar la permanencia del gobierno de Asad, y apoyar a los chiitas de Irak. Turquía, Arabia Saudita, Qatar, Francia y Estados Unidos buscan exactamente lo contrario. Éstos son los ejes más visibles, pero no los únicos. Se presentan incluso las rivalidades personales. En este caso, la que hay entre los presidentes de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y de Rusia, Vladimir Putin. Ambos son vistos como aspirantes a restaurar la antigua grandeza de sus naciones. A Erdogan le gusta ser llamado sultán; a Putin, zar; y no parecen sentirse a gusto compartiendo el mismo mundo.
De momento, el derribo del avión de combate no provocó la ofensiva temida. La OTAN declaró que no estuvo involucrada, pues la base de Torrejón de Ardoz no fue informada de la decisión de atacar.
Oficialmente, no será éste el primer caso de un ataque de la OTAN contra Rusia. Putin aceptó la versión, pero acusó a Erdogan de haberle dado “una puñalada por la espalda”. Advirtió que las cosas no se van a quedar así. De entrada, anunció el despliegue en Siria de baterías de misiles tierra-aire S-400. Ya que Estado Islámico carece de fuerza aérea, los únicos blancos posibles de estas armas serían los aviones turcos y de sus aliados, como franceses y estadunidenses.
Pese a las denuncias turcas de que antes ha habido varias invasiones de su espacio aéreo, Putin advirtió que sus aeronaves seguirán actuando cerca de Turquía.
La mañana del jueves 24, mientras la prensa turca acusaba a Rusia de haber bombardeado en Siria a un convoy turco que transportaba ayuda humanitaria, con saldo de siete personas muertas, Putin se quejaba de que Turquía no había ofrecido ni disculpas ni compensación por los daños.
La respuesta rusa es “emocional” e “inadecuada”, dijo Erdogan el mismo día. Su ejército envió 20 tanques y 18 aviones de combate a la frontera. l








