A Felipe Cobián
A los poetas, es decir a los creadores, y no a los burócratas sin imaginación, les debemos siempre la caracterización fina de lo que ocurre, de lo que se desenvuelve ante nuestros ojos. No es necesario que nosotros pincelemos los cuadros descompuestos de nuestras bitácoras vitales. Los poetas nos los proporcionan. Y con ellos nos desayunamos, nos merendamos y guardamos ayuno. Ellos trabajan por nosotros las escenas de violencia, los crímenes, las persecuciones, la intolerancia. No parece haber luz al final del túnel. Ni siquiera nos enteramos si son túneles o cuevas en donde estamos entrampados.
Don Francisco de Quevedo y Villegas, un viejo poeta español, nos regaló una estampa muy fina. La necesidad, dijo, tiene cara de hereje. Hay que retrotraer la mirada a aquellos tiempos suyos en los que la inquisición solía levantar túmulos para las hogueras en las que quemaban vivos a los llamados herejes o transgresores de la ley, o de la fe, que entonces era lo mismo. Estos espectáculos de sangre y fuego eran conocidos como ordalías. El público se congregaba a presenciar tales autos de fe o purificaciones públicas y sufría la catarsis de sus propios sentimientos de culpa insaculados en la cabeza de otro, de los condenados a exterminio, víctimas propiciatorias de la intolerancia colectiva.
El transgresor condenado a ser víctima, o hereje, desfilaba en procesión hacia el cadalso en donde habían sido colocados los leños que lo iban a enviar en vivo y en directo, envuelto en llamas, al infierno mismo, su destino señalado. Por muy alta fortaleza de ánimo que tuviese, a la vista del suplicio, de la pira, ante la turba morbosa, ante los verdugos, ante toda la parafernalia que pondría fin a sus días, debía perder en cualquier momento la compostura, debían abandonarle las fuerzas, debía traicionarle la entereza. Mostraría finalmente el rostro de la angustia, de la desesperación, su desplome interior. Era cuando salía a flote, para escarnio de la plebe, su rostro de hereje.
Viene a colación toda esta pintura morbosa, cargada de malas vibras, para cuajar los pésimos momentos por los que cruza el mundo entero. En el Medio Oriente, los bombardeos y crímenes que cobra la violencia bélica son las notas cotidianas. Ya ni nos asombramos de los titulares con que la prensa da cuenta de ello. Un bombazo en Beirut, otro en Bagdad, uno más en Damasco… Decenas de muertos, centenas de heridos, montes de cuerpos sin identificar… De Europa no solían venirnos notas cruentas de esta laya. Ahora empiezan a conformarse algunos de sus datos con aquellas variables. Se hunden ante sus costas barcazas llenas de migrantes. Engrosan las filas de refugiados que huyen de sus lugares de origen buscando apoyos. En la mera ciudad luz, en París, una masacre de 130 muertos.
Es nota sorpresiva. El fantasma de la violencia sin freno parecía restringirse a unos cuantos cotos de la violencia mundial, a espacios condenados para las piras de la globalización. Pero la ira rompe el cerco y es trasladada a los centros del poder, a los perfumados jardines elíseos, al edén neoliberal. Es lo novedoso. Es lo extraño. De ahí que la compunción generalizada obligue a quienes apenas se enteran o fingen enterarse a poner también su carota de hereje. Nadie queda exento ahora de la perversidad colectiva.
No es buena receta la banalidad sobre estos casos, elevada desde muchos espacios de comunicación. Eso de que las fieras enjauladas se salen de control; eso de que hay que volverlas a su cerco o exterminarlas, es lectura errónea. No se entiende que sean unos cuantos terroristas, salidos de sus madrigueras con la intención de recetarle a los dueños del circo una sopa de su propio chocolate. La masacre, esa noche de horror que vivieron los parisinos, es sólo un síntoma de la perturbación de muchas variables enconosas que punzan en toda la Francia y en todos los franceses. Y no desde ayer. Son polvos de viejos lodos, cuya costra nunca ha sido lavada a conciencia. Y tampoco es Francia un centro único de explotación y de poder, susceptible de ajuste de cuentas. El multilateralismo neoliberal generó muchos otros puntos de evicción que no estarán a salvo.
Podríamos volver el rostro y pensar, como buenos mexicanos, que no son líos que debieran perturbar nuestra tranquilidad secular. Podríamos suponer que no nos alcanzará esta crueldad, pues no somos focos de poder. Pero no es así. Nosotros no tendremos fedayines o muyihadines en nuestras fronteras. No los necesitamos, para que se alcen piras humanas. Aquí punza y late una conflictiva social que posee aristas tanto o más enconosas que aquellas. El infierno que atiza los bombazos y los atentados en el Medio Oriente primero, y luego en los centros de beneficio de tales ganancias, es el petróleo y sus derivados. Con nosotros esta bolsa demoníaca sentó también sus reales. Nos da o dará pronto tratos similares a los de los árabes. López Velarde nos advirtió que el diablo nos escrituró tales veneros. Cualquier día sus avatares harán que pongamos cara de hereje, aunque no nos simpatice página tan denigrante.
Hasta hace poco todavía, las ganancias derivadas del petróleo permitían que en el país fluyeran recursos y hubiera repartos de bolsas, no abundantes pero suficientes. Dicha tómbola concluyó. Pemex ya no reporta ganancias en sus cuentas sino pérdidas. Sus números ya no son negros sino rojos. Aun antes de que se confirmara nuestro desastre petrolero, empezaban a engrosar ya las filas de nuestros migrantes hacia el norte. Y es que nuestro campo iba siendo desmantelado por efectos del TLC. Mientras nuestro campo nos daba suficiencia alimentaria, no andaba nuestro ejército de desocupados en busca de empleo en las actividades ilícitas del narcotráfico, las extorsiones y los secuestros. Tampoco la turba de pobres se tapaba con la ahora extendida cobija del comercio informal. No sería el cuerpo social mexicano el de un atleta consumado, pero sí gozaba de buena salud. Los agujeros de la cobija de sustentación se tapaban con las limosnas del excedente petrolero y con otras frazadas colectivas. Ahora la espita del petróleo y las demás están cerradas. Las romerías sin vuelta para el norte engrosarán y tornarán en estampidas.
Donald Trump no se señala precisamente por su generosidad ni simpatía al mundo latino. Como precandidato a la presidencia gringa alza la voz y propone, como medida preventiva a lo que ve venir, la construcción de un muro insalvable que detenga la avalancha. Ahora vemos las colas interminables de sirios y moros cruzando las llanadas de Europa central. Pronto se verán las filas incontenibles de latinos, encabezados por mexicanos, para saltar las vallas del edén de Norteamérica. Las escenas grotescas de ordalías y nuevos cadalsos donde se incinere a los herejes cristalizarán también entre nosotros y con gente nuestra. No hay que perder de vista nunca que los herejes se reclutan siempre de entre los necesitados y los ganapanes, los que componen la parte baja de la tabla salarial, los desempleados, los sin fortuna, los marginados de la mesa de Epulón, el rico. Son nuestros rostros pues, como nos lo advirtió Quevedo, los que perfilan tales gestos. l








