El 6 de noviembre último la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) dieron a conocer los resultados del Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes (Planea), aplicado a estudiantes de sexto grado de primaria y tercero de secundaria. Las cifras que arroja son muy inquietantes. En cuanto a los primeros, se constató que 60.5% se ubican en los niveles más bajos en matemáticas, y la cifra aumenta hasta 65.4% en el caso de los segundos. En los rubros de lenguaje y comunicación, el panorama es también desolador: los alumnos de sexto año se sitúan en el último lugar.
La conclusión del INEE es terminante: habrán de pasar décadas para revertir estas tendencias. A ello habría que agregar la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura dada a conocer el martes 10 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Uno de los puntos relevantes de esta encuesta es la relativa a “qué leen los que leen”. Entre los libros más leídos se alude a la Biblia, lo que bien puede provenir de un subterfugio de fácil recurrencia, porque se trata de un texto que requiere de gran habilidad para su decodificación y entendimiento y, por lo tanto, resulta tedioso para el profano.
Un desasosiego mayor supone el hecho de que, según la misma encuesta, de los 5.3 libros que se leen en promedio al año en México 47% son leídos hasta la mitad (las cursivas son nuestras), sin que se aporte el dato acerca de qué tanto fueron comprendidas esas lecturas. Ello profundiza las interrogantes, sobre todo si se considera que la noción misma de lectura es proteica y participa de la polisemia.
La metodología empleada en la citada encuesta nacional amerita por sí sola un análisis riguroso en cuanto a la metodología empleada para poder obtener conclusiones.
Es preciso por lo tanto una seria reflexión en este orden. En el crepúsculo del siglo XX y en el umbral del XXI el debate sobre la lectura y la lucha correlativa contra las situaciones que dejan a los individuos en calidad de iletrados encuentran un lugar primordial en la agenda cultural de las sociedades contemporáneas. Esta discusión se ha abordado desde diferentes perspectivas: cognoscitivas, culturales, neuropsicológicas, psicoanalíticas, antropológicas, sociológicas, lingüísticas e incluso estéticas (José Luis Díaz Gómez). Para ello se han desarrollado metodologías didácticas de gran relevancia, las cuales se han concentrado mayoritariamente en los estudiantes y en sus procesos y etapas de aprendizaje de la lectura (Sandrine García y Anne-Claudine Oller).
La masificación de la enseñanza ha sido un catalizador en el desarrollo de estas metodologías. El fenómeno obligó también a reflexionar en torno a la eficacia de estas últimas y abrió el debate, todavía inconcluso, sobre la clase de lector que requiere nuestra sociedad y también respecto de la forma en la que él decodifica un texto y desarrolla su competencia de comprensión y de interpretación.
Al debate del acceso pleno a la educación –tema que ha implicado un proceso de democratización primario– se suman ahora nuevos desafíos, como el del acceso al éxito escolar en tanto vehículo trascendente para superar las desigualdades culturales. En un principio el fracaso escolar se atribuía a las carencias socioeconómicas de las familias; en la actualidad, empero, el centro de gravedad en este punto se desplazó a la escuela y a su funcionamiento.
En nuestro tiempo se sobrepuso la indefectible “indiferencia a las diferencias”, y los análisis hacen hincapié en el contenido de la enseñanza que se transfiere, en las metodologías y técnicas de transmisión y su eficiencia, así como en los criterios de valoración de las desigualdades culturales. El énfasis es necesario: el ejercicio democrático obliga a reinterpretar los términos del déficit sociocultural de donde provienen las desigualdades culturales de los educandos.
Es precisamente la lectura la que puede atemperar este déficit sociocultural. Un régimen democrático tiene como imperativo dar acceso a todos los estudiantes a las mismas condiciones que les permitan adquirir los conocimientos necesarios para hacer efectiva su libertad en los diferentes ámbitos de la actividad humana. Esta es una condición indispensable para reducir las desigualdades de origen social y fortalecer la función social primigenia de una educación democrática (Hélène Romian).
El aprendizaje de la lectura emerge en consecuencia en el centro de la controversia y, con él, el aprendizaje de la comprensión del texto asociada indisolublemente a la interpretación de este último y a la enseñanza de componentes lingüísticos, cognoscitivos, literarios y culturales. Únicamente estos procesos de aprendizaje pueden generar un movimiento sustantivo que permita atemperar la distribución desigual del capital cultural, ya que este desequilibrio conlleva desventajas cognoscitivas.
Lo anterior explica el hecho de que actualmente se tenga toda una miríada de análisis provenientes de la observación de la actividad del lector como receptor de una obra literaria. Dichos estudios plantean explicaciones respecto de la forma en que el lector convive con el texto literario, se apropia de él y lo actualiza, y acerca de cómo puede obtener beneficios simbólicos de sus lecturas que le permitan la construcción de significados.
Este esquema no ha hecho más que revelar el vínculo íntimo entre el lector y la obra literaria. Por su dimensión estética y los temas que desarrolla, esta última sitúa al lector en condiciones de experimentar una gama de percepciones y emociones de su cosmogonía mediante el examen de diversos órdenes ficticios.
La literatura como catalizador social
El soporte de textos literarios para el aprendizaje de la lectura no implica necesariamente la lectura literaria; antes al contrario, la metodología actual aborda la enseñanza de la literatura en forma aislada y autónoma, independiente del aprendizaje de la lectura. Esto parte de una constatación: existe una diferencia prístina entre las encrucijadas literarias y las escolares; lo relevante es que a través de la escuela deben darse las condiciones para una aculturación de la lectura, puesto que en esa etapa los estudiantes se encuentran en la edad más receptiva (Doucey-PerrinAngès).
La lectura literaria fomenta la inscripción cultural y los procesos interpretativos, amén de la socialización misma de la lectura. El lector, pues, interviene en la interpretación del texto y comulga mediante la socialización de sus lecturas. Pero el lector en formación, para mencionar lo obvio, puede no interrogarse sobre los beneficios personales que le representa la lectura, ni mucho menos cobrar conciencia como sujeto respecto de la relación tripartita que priva entre él, el texto y el autor.
A través de la lectura se desarrollan varios procesos primarios: los cognoscitivos, que le permiten al estudiante percibir, identificar y memorizar los signos de los que el texto está compuesto; los afectivos, que se ubican en el centro de las motivaciones suscitadas por la lectura y que resultan fundamentales en el fomento de la afición por ella; los argumentativos, que se definen esencialmente por la intención del autor y la recepción del lector, la cual lo obligan a analizar y lo conducen a modificar sus concepciones. Finalmente están los procesos simbólicos, que sitúan al lector en el contexto cultural en el que evoluciona. Se trata de una interacción entre el texto y las condiciones culturales, sociales e históricas de la recepción, así como de una interacción entre la cultura y los esquemas dominantes de la época.
La lectura de obras literarias implica una dimensión heurística que favorece el desarrollo del pensamiento, de la aptitud para interpretar los signos, de la capacidad para tomar distancia de los acontecimientos. La enseñanza de la lectura evidencia una voluntad de democratización que se expresa en la evolución del sistema escolar y en la afirmación conforme a la cual deben atacarse las causas que determinan que alguien sea iletrado.
La lectura es una manera de acceder a una cultura, de inscribirse en una historia, de desarrollar una capacidad heurística para el análisis social. La lectura abarca una multitud de aproximaciones que transitan del simple desciframiento de palabras a la interpretación subjetiva de textos que conllevan toda una red de significados.
Leer es comprender, es la divisa secular que debe gobernar toda metodología de aprendizaje. La formación del lector es fundamental, ya que un lector eficaz es también un lector capaz de actualizar sus lecturas. El desafío es formar un lector singular, autónomo respecto del texto tanto en el plano técnico como en el cultural, hermenéutico y personal (Doucey-PerrinAngès).
En la lectura de obras literarias el educando se ve obligado a realizar un acopio de los conocimientos necesarios para la comprensión e interpretación de textos y obtener los beneficios simbólicos de sus lecturas.
Epílogo
Resultaría más que una candidez sostener que la escuela tiene por sí misma el potencial para modificar el estado que actualmente guarda la sociedad mexicana. No obstante ello, es importante destacar lo obvio: la escuela es una promesa del futuro en donde el ahínco debe remplazar a la filiación, donde la cultura del esfuerzo debe desplazar a la cultura del privilegio como principio de organización social. Es en la escuela en donde debe revertirse el proceso en el que la falta de una herencia cultural se transforma rápidamente en un fracaso escolar; para ello resulta indispensable comparar las metodologías prescritas en ciertas condiciones dadas.
El temor a la enseñanza de la lectura, que no es otra cosa que la enseñanza a pensar, reafirma la idea de que vale más, para la paz del espíritu y el orden social, no percatarse de determinados eventos o francamente ignorarlos. Esta condición protege sin discusión la legitimidad de la dominación política, económica o cultural de las élites privilegiadas. Pero no es la única; de igual manera la manipulación política o religiosa se manifiesta en el fomento de ciertas creencias o ideologías, como en el caso de movimientos sociales o de masas y en la carencia de lecturas (Jean-Claude Passeron).
El temor intelectual supone sobre todo abstención y parálisis, y conduce al rechazo a analizar este abismo, puesto que es a través de la formación del lector como se desarrolla su capacidad heurística de interpretación. En esta forma la lectura se convierte en un acto y no sólo en una habilidad técnica.
La adquisición de la capacidad de lectura, a diferencia de la relativa a lengua, no es espontánea. Requiere del dominio de lo que en pedagogía se denomina código, esto es, el conocimiento del principio alfabético y del léxico ortográfico. Todo ello permite combatir la ausencia de la capacidad de lectura, carencia que debe ser contemplada como un factor de exclusión social.
La masificación de la educación ha encontrado rápidamente sus límites en nuestro país. Un hecho significativo en este contexto es que la deserción escolar ha dado pie a una “democratización segregativa” (Camille Peugny) que conlleva un problema social de primera magnitud. La escuela no solamente consolida la estratificación social sino que la legitima.
La democratización de la educación debe considerar las desigualdades culturales dentro de la heterogeneidad del universo escolar. La lectura se constituye como el elemento trascendente en la formación inicial que determina el destino social del individuo. La formación del educando como sujeto literario se estima culturalmente interesante, pero poco rentable en lo social y en lo económico, valoración que abona en favor del miedo a enseñar a pensar.
Nuestro orden social debe aspirar a la reducción de las desigualdades culturales con base en la consecución del éxito escolar. Para ello es necesario entender los procesos que en dicho ámbito las profundizan, así como tener claro que ese orden social se revela en la forma en la que procesa sus tensiones. La lectura es solamente uno de los muchos vehículos que permitirían esto último.
El fracaso del aprendizaje de la lectura está asociado a una profundización de las disparidades culturales, y la desigual distribución del capital cultural se ha traducido irremediablemente en un serio déficit cognoscitivo que ha impedido la emancipación de las clases populares.
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*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.








