La crisis por la que atraviesa el mundo es civilizatoria, sostiene Víctor Manuel Toledo, especialista en etnoecología, un agudo investigador de la UNAM que ha trabajado durante más de cuatro décadas en el tema. Su obra está plasmada en cientos de artículos y una veintena de libros, el más reciente de los cuales se titula Ecocidio en México. La batalla final es por la vida, editado por Grijalbo, del que se publican aquí extractos sustanciales. El autor hace un recuento de los daños provocados por la racionalidad científico técnica. y advierte, apoyado en el pensador francés Edgar Morin: “No se trata de seguir modernizando sino de inventar y construir otra modernidad. Lo que necesitamos es cambiar de vía y comenzar de nuevo”.
El mundo está llegando a su límite. No es solamente la especie humana la que se encuentra en una encrucijada, sino toda la trama vital y el delicado equilibrio del planeta. Al incremento explosivo de la población humana, con 7 mil millones de individuos, se ha sumado la expansión de la civilización moderna con un modelo industrial y su voluntad desbocada de acumulación de riqueza. Esta civilización dominante está basada en una fórmula que combina industria y tecnociencia con capital más petróleo y otros combustibles fósiles, y es la causa profunda, oculta y principal de la desigualdad social que prevalece en el mundo contemporáneo, así como la mayor amenaza a la supervivencia biológica, ecológica, cultural y, en fin, humana.
Este modelo civilizatorio, que alcanza hoy la máxima concentración histórica de capital, no sólo ordena y orienta la economía mundial bajo el dominio de gigantescas corporaciones, incluyendo bancos y firmas financieras, sino que incide en buena parte de la política nacional e internacional mediante el control y la cooptación de gobiernos e instituciones, así como sobre los medios masivos de comunicación, la innovación científica y tecnológica y los patrones culturales.
Este modelo civilizatorio ha sido construido sobre varios dogmas tales como los principios de la economía neoclásica; una idea maniquea, por única, de desarrollo y progreso; el optimismo tecnocientífico; la supremacía del individualismo y de la competencia; la supuesta inferioridad de las culturas tradicionales, y la sujeción de la naturaleza, a la cual se le concibe como un sistema que debe ser detalladamente estudiado, analizado y explotado. Develada en su verdadera esencia por el pensamiento crítico, desenmascarados sus mecanismos depredadores, la civilización moderna e industrial es cuestionada porque en el fondo está centrada en una doble explotación: de la naturaleza y del humano.
México no escapa a ese choque de proyectos. Por lo contrario, en el país se escenifican los conflictos y las contradicciones más cruentos que son resultado de varias peculiaridades, entre las que destacan una política de corte neoliberal aplicada cada vez con más fuerza durante los últimos 30 años; la vecindad a la mayor potencia industrial, capitalista, moderna del planeta; la presencia de amplios sectores sociales provenientes de un pasado cultural representada por la civilización mesoamericana, y una tradición de lucha social que ha sido casi permanente durante 200 años.
Desde una perspectiva novedosa, este libro aborda la realidad mexicana actual tanto en términos de los conflictos de carácter ecológico como de las contradicciones propiamente sociales, es decir, realiza un análisis integrador de la conflictividad social y ambiental o, dicho de otra manera, se sitúa en el nuevo campo de la ecología política.
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El mundo moderno, profano y pragmático. Modificó las relaciones sociales a través de sus instituciones, reglas y costumbres. El desarrollo de la ciencia ocasionó un cambio de dimensión ideológica de la modernidad. El conocimiento científico rompió el vínculo unía al ser humano (microcosmos) con la naturaleza (macrocosmos), y lo remplazó con un nuevo cosmos oficial que justifica la explotación de los recursos naturales en aras del desarrollo económico, es decir, la preponderancia del interés individual por encima del equilibrio ecológico y social, algo desconocido por las culturas premodernas, para las que la prosperidad económica estaba indefectiblemente ligada al bienestar colectivo y la preservación de su entorno. Sin embargo, dentro de este cosmos profano se encuentra como residuo de otros secundarios, marginales o alternativos una visión sagrada aún vigente del mundo y en las comunidades tradicionales que han logrado resistir los embates de la modernidad y del capitalismo. El pensamiento científico generó una contradicción: la escisión epistémica que separó al sujeto del objeto de su observación. Así, la unidad que existía entre individuo, sociedad y naturaleza en la civilización preindustrial sucumbió con el advenimiento de la modernidad y el capitalismo.
La promesa de la modernidad fue la construcción de un mundo pleno de satisfactores, cómodo y seguro, donde quedarían colmadas la mayor parte de las necesidades. Este “mundo feliz” tendría como fundamento una visión secularizada, objetiva y científica de la realidad, orientada por un eje económico superior: el mercado. Este proceso se dio a partir de un desencantamiento del mundo; la fe en el progreso científico e histórico de la humanidad compensó la ausencia de creencias divinas por una concepción moderna y racional de la realidad. La modernidad condenó al “mono racional” a vivir frente a una realidad instrumentalista y fragmentaria en la que los análisis, las fórmulas, los teoremas, las ecuaciones y los experimentos carecen de una significación total. El ser moderno perdió el sentido y se encuentra a la deriva, desprovisto de una brújula. Las respuestas de la ciencia no le dicen nada acerca de su conexión con la naturaleza, con los otros y consigo mismo; por ello, en la crisis de la modernidad es necesario un (re)encantamiento del mundo.
El glamoroso encanto de la ecología
¿Se puede dudar de quienes se dedican a la noble tarea de defender, restaurar o conservar a la naturaleza? En los “tiempos modernos nada permanece intacto, todo sucumbe a la neoliberalización. Cooptada y perversamente utilizada por buena parte de los mayores corporativos, la ecología se convierte en una nueva ideología entre las masas cautivas de los ciudadanos modernos. El fenómeno surge precisamente en una época en la que la destrucción ecológica alcanza sus máximos históricos, en razón de los impactos producidos por esos mismos agentes que hoy ofrecen compartir con nosotros, y por todos los medios, su glamoroso encanto. Un estado de gracia en el que no importa quién lo realice, sino quien lo hace con el mayor colorido, entrega, elegancia, glamour y espectacularidad. Los actos siempre van engalanados de una atmósfera burbujeante que evoca antiguas filantropías y que por supuesto, casi aparecen en exclusivas secciones de sociales de televisión, prensa, revistas.
En plena era de la monopolización más brutal de que se tenga memoria. De los máximos históricos de inequidad social, la ecología permite realizar un acto mágico por el cual el carácter depredador de las corporaciones se trastoca en sublime devoción para salvar plantas, animales, ríos, lagos, ecosistemas y el planeta mismo. Y las limosnas que dedican a estos menesteres, pues lo invertido de sus exorbitantes ganancias no se ve ni con lupa, se vuelven altamente redituables porque permiten ocultar garras, fauces y colmillos tras el disfraz de una cruzada por la naturaleza, de un acto heroico para salvar al planeta. El resto se deja a la propaganda, al bombardeo mediático, todo bien aderezado por la puntual bendición de científicos famosos, reconocidos, banales o frívolos.
El burbujeante atractivo de la ecología como maquillaje o cosmética no logra, sin embargo, ocultar los instintos mercantiles. Ya en un número especial dedicado al tema, la revista Expansión afirmaba en su portada que “los proyectos ecológicos han dejado de ser una moda, para convertirse en un buen negocio”. La lista de empresa con campañas verdes es interminable: de Exxon a Walmart, pasando por Coca Cola, McDonald’s, Volkswagen, Ford.
Las resistencias socioambientales
México es un ejemplo de la destrucción social y ambiental de los territorios provocada por la expansión del capital nacional y transnacional. El mapa de la República es un vasto escenario de batallas entre las fuerzas ciudadanas y los cientos de proyectos mineros, hidráulicos, energéticos, turísticos, agrícolas, forestales, químicos e incluso biotecnológicos (los cultivos transgénicos) que buscan implantarse. A esta tragedia contribuyen, con diferentes matices y con honrosas excepciones, los gobiernos en sus tres niveles (federal, estatal y municipal) e ideologías (derecha, centro e izquierda).
Decenas de movimientos sociales de carácter esencialmente rural han surgido primordialmente en las regiones indígenas del país. En México existen entre 12 y casi 16 millones de mexicanos que se reconocen o autorreconocen como indígenas. En el país existen 26 regiones indígenas concentradas principalmente en el centro, sur y sureste del territorio, las cuales captan más de la cuarta parte del agua que la nación recibe, alojan áreas de enorme riqueza biológica (biodiversidad), mantienen buena parte de las selvas y bosques que aún quedan, y conservan los principales recursos fitogenéticos del país: maíz, jitomate, chile, calabaza, vainilla, cacao y otras especies vegetales domesticadas. Además, en el subsuelo de buena parte de los territorios indígenas se encuentran ricos yacimientos minerales, de petróleo y gas, que están ya en la mira de las corporaciones nacionales y transnacionales, privadas v públicas.
Los pueblos de maíz
sí incendian al país
Después de una década de permanente tensión entre las poderosas compañías biotecnológicas Monsanto, Pioneer y Dow y las resistencias ciudadanas representadas por decenas de comunidades campesinas e indígenas, miles de científicos nacionales y de otros países, grupos ambientalistas, organizaciones rurales y de jóvenes, le ha llegado al gobierno de México la hora de arbitrar y decidir si en definitiva se abre el país al cultivo comercial del maíz transgénico (MT) o no.
En un reporte científico publicado el 15 de noviembre de 2012 y suscrito por cerca de 2 mil 500 científicos y académicos de todo el mundo, la comunidad científica manifestó su posición acerca del cultivo de maíz transgénico. Se alegaron principalmente tres argumentos en contra de una actividad que no, sólo consideraron ilógica e improductiva, sino inmoral. El primero es que la introducción de organismos genéticamente modificados debe prohibirse en aquellas áreas donde la especie se originó y se diversificó, pues los riesgos de contaminación genética de las variedades es más que inminente. En el caso de México, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), a partir de la elaboración de un mapa construido con 21 mil registros de campo, demostró contundentemente que todo México es lugar de origen del maíz. El segundo argumento demuestra el sinsentido de sembrar MT, ya que no incrementa los rendimientos, y omite toda una gama de posibilidades de la genética convencional y de la agroecología para incrementar la producción. El tercero tiene que ver con la salud humana. En 2013, tras años de controversia, el microbiólogo francés Gilles Éric Séralini estremeció al mundo con la cruda evidencia de los enormes tumores cancerígenos en los riñones e hígado de ratas alimentadas por dos años con el maíz transgénico producido por la compañía Monsanto. El mismo que quiere sembrarse en 2.6 millones de hectáreas de nuestro país.
La batalla final es por la vida
Frente a la inmensa complejidad del mundo actual, en el que los procesos naturales y sociales se encuentran íntimamente ligados como nunca antes, la ciencia más que predicciones precisas realiza acercamientos y usa el sentido común (que es la “ciencia de los pueblos”) para discernir y sugerir soluciones. Hoy, ya no se puede hablar de fenómenos, catástrofes o eventos naturales, sino de procesos socionaturales o naturosociales. La naturaleza, el ecosisterna planetario y las sociedades son parte ya de un mismo todo, de un mismo holón. Lo que vive el mundo hoy es consecuencia del despliegue de la civilización industrial o moderna. Durante el siglo XX, que representa apenas el 0.05% de la historia de la especie humana (200 mil años), ocurrieron fenómenos nunca antes vistos y sobre todo tuvo lugar un aceleramiento generalizado: población, uso del agua y la energía, economía, contaminación industrial, crecimiento de ciudades, aumento de desechos, etc. Este aceleramiento que parece iniciarse en 1950 ha sido de tal magnitud que hoy los científicos hablan ya del Antropoceno, la nueva era en la que los humanos se han convertido en una nueva fuerza geológica.
¿Es posible hoy, en los albores del siglo XXI, cuando el capital alcanza su máximo grado de rapacidad en la historia y la supervivencia de la especie humana se ve seriamente amenazada, separar las luchas sociales de las batallas ecológicas o ambientales?
La crisis de civilización enfrenta ya problemas graves en todas las esferas, alcanza los espacios geopolíticos centrales (Japón, Europa y Estados Unidos) y, lo que es más preocupante, se niega a aceptar que se encamina hacia el colapso. De aquí al 2050 la población llegará a los 9 mil millones, el petróleo se habrá agotado (y seguirán el gas y el carbón), la producción de alimentos será insuficiente, y los efectos del cambio climático amplificados y acumulados serán para decir lo menos, de severos a catastróficos.








