En largo periplo, la socialdemocracia se desdibujó acosada por los partidos, el Estado, la avasallante clase empresarial, los poderes fácticos y los vaivenes ideológicos en los que la derecha terminó por dejarla casi en estado terminal. En su libro La cuarta socialdemocracia. Dos crisis y una esperanza, el politólogo y diplomático Agustín Basave hace una revisión de las tres etapas por las que ha pasado esta forma de gobierno –la marxista, la socioliberal y la que “cada vez es menos social y más liberal”. El actual presidente del PRD aventura una cuarta etapa que, comenta, debe estar encaminada a la isocracia, es decir, al establecimiento del gobierno de los iguales. Proceso adelanta partes del volumen, lanzado por la editorial madrileña Catarata.
En el caso de la socialdemocracia secular la principal causa de la hemiplejia democrática no proviene primordialmente de la izquierda, sino, a mi juicio, de la derecha. El origen de la enfermedad es la miopía de ciertas élites económicas y políticas que se han dejado llevar por la voracidad y han equivocado la defensa de sus intereses. Es la parte del establishment, que a partir de la quiebra del socialismo real, ha pugnado por una arena democrática en la que sólo quepan actores incondicionales o por lo menos “inofensivos”. Y claro, si el espectro de competidores electorales va de los creadores de políticas neoliberales a los acatadores de políticas neoliberales, no importa quién gane. Lo que no entienden esos suscriptores anticipados o remisos de la tesis del fin de las ideologías es que están contribuyendo a exacerbar la desigualdad social y la crisis de la democracia representativa y a atizar el resurgimiento de otra vía insurreccional. La consigna de que los partidos y los gobiernos izquierdistas han de parecerse cada vez más a los derechistas puede gozar de algún margen de maniobra en el primer mundo –aunque, como señalaré más adelante, los movimientos de protesta en países primermundistas indican que ese margen se está estrechando– pero la mayoría de la población mundial vive en el inframundo y su paciencia con los tiempos del mercado para derramar las gotas de la riqueza que genera se está agotando.
Ahí, en la aldea global, existen regiones donde la miseria no se da por enterada de los éxitos en la reducción de la pobreza. Y ahí están algunos empresarios grandotes de mirada pequeñita que se obstinan en rechazar la creación de alguna nueva modalidad de Estado benefactor que les daría estabilidad sociopolítica a costa de una modesta disminución en sus ganancias. Y ahí está esa izquierda que ha acatado los cambios en las reglas del juego que han gestado su crisis de identidad. Y ahí estamos algunos que no acertamos a cruzar el estrecho acechado por Escila y Caribdis, que no queremos acercarnos ni al monstruo de seis cabezas del neoliberalismo ni a la bestia del paleomarxismo y su remolino regresivo. Y ahí están los puristas de uno y otro costado, sobrados, observando con una sonrisa arcaica a quienes poseemos suficiente insensatez para seguir buscando el sincretismo.
Yo me incluyo entre los que se frustran porque no se ha podido cuadrar el círculo. A mí sí me acongoja la posibilidad de que liberalismo y socialismo sean como el agua y el aceite, y que sólo pueda haber coherencia en la pureza. Por obvias razones: si eso fuera cierto, entonces sí tendríamos una sola ideología factible, al menos por ahora; es decir, la sociedad sólo podría escoger entre dos modelos económicos neoliberales, uno diáfano y otro matizado. Y mi preocupación no emana únicamente del hecho de que la existencia de alternativas es deseable, sino también de que ninguna de las dos viejas opciones “puras” es éticamente aceptable: no es admisible un totalitarismo a la soviética, pero tampoco es satisfactorio un capitalismo a la americana. ¿O se valen los guetos o los millones de muertos en estultas aventuras bélicas que alimentan a la industria militar o las crisis financieras que socializan las pérdidas de los especuladores? Reitero lo que escribí hace muchos años, cuando Fukuyama se presentó en sociedad en calidad de iluminado: si lo máximo a lo que la humanidad puede aspirar es este mundo de lacerantes desigualdades que mantiene en la pobreza extrema a millones de personas, entonces sí nos merecemos el fin de la historia.
Mi propósito es reflexionar sobre la incidencia de la globalización unipolar en la pérdida de identidad de la socialdemocracia y el impacto negativo de la contracción ideológica en el funcionamiento de la democracia representativa. Mi conclusión va un poco más allá, porque intento atisbar una solución de largo aliento a lo que considero un grave problema, el advenimiento de un pensamiento hegemónico que exalta el individualismo excluyente como única opción de progreso.
Se trata, en suma, de un ensayo de divulgación y de provocación que cuestiona algo que se ha vuelto incuestionable. Lo dicho: terquedad pura y dura.
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Ahora bien, el proyecto neoconservador que sería absorbido por el que se ha dado en llamar neoliberal fue desde luego más complejo y ambicioso. Incluyó el libre comercio y con él la intensificación de la ofensiva contra el bloque soviético, que enfrentaba los prolegómenos de su quiebra y de su derrota en la guerra fría. Para 1989, el año de la caída del muro de Berlín, era evidente que el socialismo real se estaba derrumbando. Entonces se culminó la tarea: sin contrapesos, el thatcherismo y la reaganomics avasallaron al mundo. El desequilibrio geopolítico y geoeconómico y la entronización de la unipolaridad provocados por la globalización aceleraron el viraje. Y es que emergió entonces un modelo económico primero dominante y luego prácticamente único que representó un nuevo cedazo para la izquierda democrática. Sus partidos, que ya habían acatado las reglas del liberalismo político y económico –pluralismo y propiedad privada– debieron entonces acatar nuevas condiciones: bajar impuestos, eliminar aranceles, privatizar y minimizar el Estado de bienestar. La izquierda fue orillada a correrse a la derecha casi al grado de no distinguirse de ella en su proyecto de economía y sociedad y, en consecuencia, perdió identidad. Eso, en vez de acercar a la democracia a lo que debe ser –entre otras cosas, la forma de gobierno que otorga a la sociedad la posibilidad de elegir entre distintas opciones de vida en común– empezó a apartarla. El triunfo liberal hizo muy difícil proponer cualquier alternativa económica.
En suma, la socialdemocracia ha tenido tres versiones, que equivalen a su surgimiento, su apogeo y su declive. La primera comprende el periodo entre 1875 y 1945 , es decir, va del nacimiento del SPD al ocaso de la Segunda Guerra Mundial, y se caracteriza por la gradual emancipación de los dogmas marxistas pensada por Bernstein e impulsada por un creciente realismo; la segunda se sitúa entre 1945 y 1975 y consiste en la Treintena Gloriosa, que marca la exitosa consolidación del Estado de bienestar; la tercera comienza en 1975 y llega hasta nuestros días, y se distingue por el paulatino y parcial encogimiento del Estado benefactor v la adopción de una política económica cada vez más apegada a la ortodoxia neoliberal. Apenas es necesario aclarar que ninguna de esas etapas es homogénea –toda clasificación es reducción– y que particularmente en la última de ellas existen diversos grados de dilución.
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El nombre del juego es pragmatismo. Se aduce que el Estado de bienestar no es viable y que la economía debe moverse por sí sola, con mínima injerencia estatal. Es el regreso a una vieja discusión que parecía superada justamente a mediados de la centuria pasada, con esa aparente conciliación de socialismo y capitalismo que significó la socialdemocracia consensuada. Y sí, las condiciones económicas cambiaron y parte del engranaje del Estado benefactor se volvió obsoleto, pero en el fondo ese no fue el dilema. Lo que en aras de una presunta visión pragmática se impuso fue el dogma individualista de que lo privado –no lo social– debe prevalecer sobre lo público. Bien pudieron haberse buscado otros instrumentos para proteger a los pobres, a los viejos, a los discapacitados, otras herramientas de financiación. En esta era de innovaciones en las tecnologías de la información y en las ingenierías financieras debería ser relativamente fácil tejer una nueva red protectora sostenible.
Nació así un sistema económico que privilegia la especulación y los movimientos del capital y detesta el control político, uno que realmente privatiza las ganancias y socializa las pérdidas (too big to fail) y que en aras de un mercado laboral libérrimo ha logrado eliminar gran parte de las reglas que resguardaban al trabajo. El tema del empleo merece punto y aparte.
En síntesis, la democracia liberal se está convirtiendo en una mercadocracia que aspira a erigir el paraíso del consumidor, aunque para lograrlo propicie un infierno para el trabajador y un limbo para el ciudadano. Y el ámbito de la elegibilidad ideológica, para efectos prácticos, se reduce a la unicidad. La humanidad tiene libertad de elegir muchas cosas dentro de un solo paradigma económico, social y político.
En el siglo XX la humanidad tuvo la alternativa entre el comunismo y el capitalismo, pero ambos cancelaron la posibilidad de cambiar de un modelo a otro de manera pacífica, dentro de un marco legal e institucional. En el mundo del socialismo real sólo había un partido, y en el mundo capitalista, donde la democracia amparaba elecciones entre varios partidos, no se podía escoger el comunismo. En semejante contexto de polarización, en el que abrir la puerta al sistema opuesto era aceptar el germen de la demolición del propio, el viraje tenía que ser en mayor o menor medida destructivo. Eduard Bernstein buscó la conciliación en un punto intermedio, que cifró en el voto universal como epicentro del socialismo. Y su predicción resultó acertada hasta que la corriente neoliberal arrastró con ella a la socialdemocracia.
La primera socialdemocracia fue marxista, la segunda socialdemocracia fue “socioliberal” y la tercera socialdemocracia es cada vez menos social y más liberal. Y en sus mutaciones ha estado siempre presente la crisis de identidad que, a partir del fin de la Treintena Gloriosa, facilitó el triunfo de la estadofobia y de algo que yo denominaría soberanía del mercado.
He aquí el meollo del asunto. En los países democráticos, hasta la década de los setenta, los representantes populares tenían que complacer primordialmente a sus electores, y si bien había algunos muy ricos y poderosos, los demás constituían la mayoría y estaban a favor del gasto social.
El resultado es la transferencia neta de poder de lo público a lo privado y la enorme dificultad para realizar reformas fiscales verdaderamente redistributivas.
Si mis argumentos son válidos, la conclusión es obvia: el acotamiento de la izquierda democrática es el origen de la crisis de la democracia. Ya no existen en el menú partidario primermundista opciones que representen a un creciente número de ciudadanos que repudian los perjuicios socioeconómicos que han recibido –dicho sea de paso, paradójicamente combaten los males de la globalización con los bienes de la globalización, es decir, con los productos de la revolución comunicacional y digital–. Por ahora son minorías, pero resultaría insensato confiar en que lo seguirían siendo si no se desacralizara el modelo económico y no se modificaran los instrumentos y los mecanismos de representación.
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Si, como sostengo en este libro, la crisis de la democracia se explica entre otras cosas por la gradual derechización de la socialdemocracia, la solución está en izquierdizarla o, mejor dicho, en moverla hacia un centro progresista. Es decir, en ofrecer una opción partidaria que se aleje de los dogmas de la economía neoliberal y tenga una oferta viable para contrarrestar la desigualdad que este modelo ha producido en el ámbito socioeconómico v en el acceso a la educación de calidad y a la impartición de justicia. El tema está en la agenda actual de la ciencia política, y se discuten diversas opciones.
Lo que me interesa cuestionar ahora es la visión economicista de la historia que hace que los extremos se toquen en la coincidencia entre neoliberales y paleomarxistas. Sin entrar en una deliberación que trasciende los propósitos de este ensayo, he de reiterar que al menos en el caso de la distribución de la riqueza no hay fatalismo económico que valga y que son decisiones políticas, sobre todo de política fiscal, las que determinan que la desigualdad sea mayor o menor.
Privar al Estado de los instrumentos normativos para subsanar las fallas y las distorsiones de un mecanismo que tiende lo mismo a generar riqueza que a concentrarla ha resultado tan perjudicial como en su momento lo fue centralizar la economía y manejarla por decretos burocráticos. Me refiero, vale precisarlo, a la dimensión cualitativa y no cuantitativa de la regulación, a regular lo importante de manera clara y sencilla y no a sobrerregular todo. Y en este sentido, lo que habría que perfilar es una nueva etapa de la socialdemocracia, una que en sus efectos se parezca más a la segunda que a la tercera.
Y aunque no estemos todavía ante el umbral de una nueva era en la economía global, no me cabe duda de que presenciamos los prolegómenos de una profunda mutación en la circunstancia social, lo cual tarde o temprano ofrecerá una coyuntura favorable a decisiones políticas que aceleren el tejido de una nueva red de bienestar. Se trataría de un arreglo diferente en su estructura al viejo Estado benefactor, desde luego, pero similar en sus consecuencias equilibradoras y compatible con un manejo prudente y ordenado de las finanzas públicas, con crecimiento y creación de empleos bien remunerados.
Ahora bien, mientras el fundamentalismo capitalista se globalizaba, la izquierda se pasmaba. Sé que esta afirmación ronda el facilismo, pero creo que es válida: el error de la socialdemocracia frente a la globalización fue mimetizarse con el presente para evitar ser asociada al pasado. l








