Oriundo de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, aunque avecindado en la periferia de Guadalajara desde que tenía seis años, el artista plástico Gilberto Ortega Ortega, Infeliz, tiene una vasta obra plástica que se conoce poco por su renuencia a exhibirla en lugares públicos. Sus inicios como caricaturista en los noventa no fueron muy afortunados, dice, porque los diarios en los que aparecían sus trabajos no le pagaban, de ahí su decisión de dedicarse a la escultura de monos o bultos, que es otra forma de hacer crítica social. A sus 53 años se muestra optimista y expresa su deseo de viajar al sur de Estados Unidos. “Trato de ir al ombligo sin gastar pólvora en infiernitos”, dice.
Gilberto Ortega Ortega, Infeliz, comenzó a publicar sus caricaturistas hace poco más de tres décadas. Se inició en el Semanario Diez, ya desaparecido, pero luego saltó a otros medios impresos donde no le pagaban, pero sí lo censuraban.
En los noventa optó por cambiar de giro y evolucionó hacia la pintura, que abandonó pronto y para refugiarse en la escultura. Así elaboró sus monos, siempre satíricos, entre impresionistas y surrealistas; a ratos abstractos, pero siempre humorísticos. Y éstos comenzaron a serle más redituables, mucho más que los que plasmaba en sus caricaturas, algunas trazadas con pocas líneas, otras con múltiples rayas; todas ellas hirientes, penetrantes, venenosas.
Su vena es la crítica social y política, que ahora suele plasmar en bronce, pero que cuando los recursos económicos no le alcanzan, elabora sus obras en resina o en yeso, en espera de la bonanza.
Ortega tiene su taller en La Coronilla, una colonia arrinconada en el municipio de Zapopan. Está casi en el vacío, a medio terminar, sin barandales en una finca de tres niveles, al borde de la siempre impresionante Barranca de Huentitán reverdecida cada temporada de lluvias. Se ubica a unos 500 metros sobre el nivel del río Santiago de espumosas y contaminadas aguas.
Ahí es donde él concibe, dibuja, modela y funde sus creaciones en su universo surrealista. El taller está repleto de bosquejos, donde lo mismo hay figuras míticas de animales, que humanoides y otros bultos de mediano y gran tamaño. Unos son blancos, como la pedacera sin fin de yesos petrificados; otras son figuras en cera-parafina bronceada a punto de sufrir el averno bajo la tutela de Tino, hermano del artista.
Ortega también le da forma y modela, a petición expresa, a obras de otros artistas, como lo hizo en varias ocasiones para José Luis Cuevas, Javier Arévalo, Alejandro Colunga y Luis Valsoto, entre otros.
Ortega cuenta a Proceso Jalisco, entre bromas y veras que ya no se llamará Infeliz, sino Martho Leticio–. Aquí, dice, la industria del arte no termina por desarrollarse, por profesionalizarse. Y reitera: va, sin duda, de la mano con el tercermundismo y está muy castigado por los empresarios y funcionarios. Para hacer arte público, dice, “se necesita un 80% de grilla y un 20% de talento”.
Cuando se le hace notar que ninguna de sus obras están en lugares público, explica: “Claro que la promoción es muy importante, pero también la disciplina para dar a conocer el trabajo. Y es lo yo no he hecho. Tienes que llevar orden, como en todos los negocios, dar a conocer el trabajo y eso yo no lo he hecho”.
–¿Pero, por qué no hacer escultura pública con la firma Infeliz o Martho Leticio?
–Nunca me he apuntado a los concursos ni la he hecho; vamos, ni siquiera lo he intentado. A estas alturas –tiene 53 años– me considero viejo para entrar a concursos.
Reflexiona unos instantes y suelta: “Posiblemente le entre ahora que llegó este gobierno (el de Movimiento Ciudadano)”.
Y señala uno de sus monos. “Ese puede ser –dice–, el que está pisando a un cristiano, simula la opresión del poder hacia los más débiles. Es la trinidad de intelectuales, políticos, empresarios que van de la mano… hasta el de la Iglesia. Pero mejor no, es muy agresivo. He hecho el intento de no hacerlos tan agresivos”.
Se trata de una escultura de 12 metros de altura en la que ya está trabajando. Piensa elaborarlo con resina, pero si sale algo lo hará de bronce. Siempre hay alguien a quien pueda interesarle; seguramente quedará en la casa de algún ricachón. “Es una contradicción en uno que se dice crítico –comenta–, pero así sucede. Quedará entre paredes de caoba” Y suelta la risa.
Además, añade, “Guadalajara es muy conservadora y a veces se asusta por las obras que ve y hay que andarla tapando aunque sea con hojas de parra”.
Aquí, asegura, sí hay recursos y se mueve mucho el arte, “pero los que lo gastan lo hacen más en lo decorativo; por eso el éxito de artistas como (Sergio) Bustamante”.
Y continúa mencionando a los artistas valiosos, como Martha Pacheco, quien hace buena obra. No obstante, “por sus muertos y los cadáveres que pinta, está olvidada; pero es muy buena la doña”, dice.
Ahora hago bultos
A propósito de lo que platica, el reportero le comenta que no se puede hacer todo: crear y promoverse. Y él responde que en el modelado sí lo hace todo de pe a pa: “Hago modelos de todas clases; pintura, y retratos. Soy responsable de eso. Aun en el modelado de gran tamaño, yo me lo echo todito”.
–¿Reditúa más la escultura que los cartones?
–Es redituable. El arte sí reditúa, está apagadón, pero a veces es muy movido. Pero tienes que talonear, exponer, estar siempre en el aparador.
–Pero Infeliz casi no ha estado en el aparador.
–No, no me ha gustado mucho eso; aunque veo que es necesario. Los artistas más bien tienen que buscar la forma, ser hábiles y mandar a alguien. En general, el arte tiene mucho que decir; sobre todo si es crítico. Tiene que esforzarse en darlo a conocer. Con pura saliva no se lleva a nada… y en un agujero, menos.
Ortega es autodidacto. Nació en el rancho El Carrizo, municipio de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, pero desde los seis años lo trajeron a esta capital donde se desarrolló siempre en barriadas y colonias de la periferia metropolitana.
–Su obra ha sido –y al parecer sigue siéndolo– una caricaturización de la vida, ¿no es así?
–Empecé como caricaturista (en medios impresos), pero ahora (la elaboro) en bultos. Por lo general son caricaturas; una forma de retratar el ridículo. También trato que sea con un cierto humor –negro, si se quiere–, pero la gente lo acepta. Aquí mismo, en el barrio, entre grotesco pero también con cierto chiste, algunos los consideran agresivos (a sus monos).
“Hay una agresividad, pero tirándole a lo mío, que es lo ridículo de lo social y lo político. La caricatura llevada a lo plástico, y un poco a lo duradero, porque la caricatura tiene una vida muy breve, un día, una semana… Era mero amor al arte.
“Colaboré casi en todos los periódicos: El Occi (El Occidental), El Jalisciense) pero no daban chance de nada. Te censuraban aunque no te pagaran. La caricatura es un trabajo muy ingrato y matadito, para poder sacar buenas caricaturas.
“Conocí a varios que ya les andaba… Lo que veo es que hay mucha gente talentosa y están sobreviviendo, son habilidades que tienes que desarrollar”, comenta.
Pese a haber expuesto poco, Ortega ha participado de manera individual y colectiva en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara y en el exconvento el Carmen, dice: “Voy a buscar otros horizontes. Voy a hacer el esfuerzo en el sur de Gringolandia, tal vez California y Arizona… Bueno, tengo largándome desde hace como 20 años. Pero quiero sin los escalones del Distrito Federal o Monterrey. Trato de ir al ombligo sin gastar pólvora en infiernitos”.
Aunque casi no ha hecho esculturas en madera, cantera o mármol, está dispuesto a hacerlo, dice, “siempre y cuando haya quien pague de manera razonable”.
De las obras actualmente en proceso y algunas ya terminadas, destacan las siguientes: Gestas 2 –el renegado crucificado junto con Cristo–, Bestia echada, Pájaro, Rumbo al empeño y Escudo nacional.
–Y la perdurabilidad de la escultura frente al cartón, a la caricatura, ¿cuál es?
–La escultura es como el matrimonio: dura lo que dura dura. l








