Alfaro: aciertos y pendientes

Tan malos fueron los gobiernos recientes de Guadalajara (del PRI y del PAN) que cualquier medida correctiva o cualquier acción acertada que equis funcionario haga a partir de ahora, por más modesta que sea, por fuerza y por contraste acabará luciendo, con la muy explicable complacencia de la mayoría de los tapatíos. Eso es lo que ha sucedido con algunas acciones emprendidas por la administración municipal que desde el pasado 1 de octubre encabeza Enrique Alfaro, lo cual ha llevado a muchos a ver con buenos ojos el desempeño que como alcalde de la capital jalisciense ha tenido el susodicho en el poquísimo tiempo que lleva en funciones.

Pero aun cuando no se debe regatear el reconocimiento a Alfaro por su buen debut como primera autoridad de los tapatíos, resulta prematuro echar las campanas al vuelo, en la inteligencia de que es mucho, pero muchísimo más, lo que se necesita para devolverle a Guadalajara su gracia y su grandeza de otros tiempos, hasta el punto de que esa ingente tarea (equiparable con cualquiera de los 12 trabajos de Hércules o con todos ellos juntos) no se puede cumplir en un solo trienio, pues a lo más que podría aspirarse en un periodo tan corto sería a sentar las bases para reencarrilar una ciudad que se fue descomponiendo primero, poco a poco, y en años recientes, a pasos agigantados.

A consecuencia de políticas públicas equivocadas, de funcionarios poco capaces, de corruptelas y de una ostensible mala planeación, el municipio de Guadalajara ha venido acumulando todo tipo de achaques urbanos. Uno de ellos es el despoblamiento, el cual se ha resentido particularmente en su zona central, la cual de manera paradójica es la más dotada en materia de servicios. Y al despoblamiento se han sumando otros muchos males.

Entre ellos, y sin ánimo de ser exhaustivos, fincas abandonadas, muchas de las cuales suelen colapsar en época de lluvias; altos niveles de inseguridad, que se padece sobre todo en zonas con baja o nula densidad poblacional (ejemplo mayúsculo, el centro tapatío al caer la noche); proyectos urbanos tan ambiciosos como fallidos como es el caso de la plaza Tapatía y, más recientemente, del ambicioso plan (Proyecto Alameda) que pretendía darle un uso habitacional masivo a los alrededores del parque Morelos y que a la hora de la verdad terminó deteriorando todavía más esa demarcación, con casas demolidas y convertidas en lotes baldíos, así como otras fincas de la zona que están a punto del colapso total como la antigua Posada Nayarit, en la esquina suroeste de la calle Independencia y Doctor Baeza Alzaga.

La lista de males incluye también el desaseo citadino; una movilidad urbana cada vez más espesa y congestionada; altos niveles de contaminación atmosférica; una imparable pérdida de las ya de por sí muy menguadas áreas verdes; enajenación de bienes y espacios públicos como sería el caso de una buena extensión del parque Mirador Independencia y también del terreno de 13.6 hectáreas (ambos en la zona de Huentitán) que la administración del panista Alfonso Petersen Farah entregó a sendos grupos empresariales (uno de la comarca y otro gachupín); la salida de madre del comercio informal por distintos rumbos, comenzando por el primer cuadro tapatío, y las incontables banquetas en estado lamentable u obstruidas con todo tipo de armatostes, incluidos vehículos, cuyos propietarios las toman descaradamente como zonas de estacionamiento o como extensión de su domicilio.

De todos los achaques mencionados, hasta ahora el gobierno de Enrique Alfaro ha enfrentado –positiva pero parcialmente– a los dos últimos y ha comenzado con las gestiones legales necesarias para que el municipio pueda recuperar el terreno de 13.6 hectáreas, el cual se localiza entre el Periférico norte y el Zoológico Guadalajara y donde un grupo inmobiliario español, a cambio de casi nada, pretendía hacer un súper business con la edificación de una serie de torres habitacionales.

La aplaudida iniciativa que busca despejar el primer cuadro tapatío de las legiones de vendedores ambulantes –y quienes hasta hace dos semanas ahogaban la zona céntrica de la ciudad– tiene literalmente más de una limitación. Por principio de cuentas, el perímetro libre de comercio informal quedó bastante recortado, tanto que resulta inexplicable que dos céntricos y apreciados espacios públicos como el parque de la Revolución y la plaza del templo Expiatorio vayan a seguir siendo afeados por tendidos y manteados donde se ofrece todo tipo de géneros: discos y películas piratas, gafas ídem, accesorios para teléfonos celulares e incluso ropa y calzado usados. Y ello porque las nuevas autoridades municipales discurrieron que, hacia el poniente, su perímetro de acción terminaría en el Exconvento del Carmen.

Todo hace pensar que también va a quedar como territorio propicio para la piratería y para el comercio ambulante en general, hacia el viento oriente, la mayor parte de la zona de San Juan de Dios, pues la administración de Enrique Alfaro determinó caprichosamente que la frontera oriental del centro de Guadalajara habrá de quedar en la calle Cabañas, tres cuadras arriba de la calzada Independencia.

Un punto a favor de Alfaro y colaboradores es haber ideado una serie de opciones laborales para los comerciantes informales removidos del centro tapatío (desde el ayuntamiento de Guadalajara se llegaron a contabilizar mil 114 puestos ambulantes). Otro acierto es impedir la venta de fauna (silvestre y doméstica) en la vía pública. Un punto más a su favor es haber logrado lo anterior sin confrontaciones violentas. Otro punto que también debe ir a la cuenta del nuevo alcalde tapatío es haber convencido a los vendedores de artículos navideños para que se reubicaran en el muy espacioso parque del Refugio, a fin de poder despejar el jardín de San José y también los de San Francisco y Aranzazú, donde dichos comerciantes solían ofrecer sus géneros durante esta temporada.

Y apenas como un acierto a medias habría que calificar el programa llamado Banquetas Libres, pues las cuadrillas que trabajan en él son tan exiguas que difícilmente podrían peinar, aunque sólo fuese una vez, todo el territorio del municipio de Guadalajara, por lo que lo más probable es que pueda haber, a ratos, “banquetas libres” en el centro tapatío, o en Santa Tere, o en la colonia Americana, pero no en San Andrés, La Federacha, Colinas de la Normal, Santa Elena Alcalde; Colonia del Fresno, Polanquito, El Retiro, Oblatos, Huentitán…, así como la inmensa mayoría de barrios y colonias de Guadalajara.

Por lo que hace a las asignaturas pendientes de la capital tapatía, éstas son tantas y de tal calado que le quitarían el hipo al más pintado: acabar con las inundaciones que cada temporada de lluvias inundan numerosas zonas del municipio; recuperar para los vecinos de Huentitán El Bajo, y para todo mundo, la parte que le fue cercenada al parque Mirador Independencia para el fallido Museo Guggenheim de Guadalajara y luego para el ídem Barranca Museo de Arte Moderno y Contemporáneo; poner al día a los muy cateados mercados municipales y hacer otro tanto con las unidades deportivas que, a fuer de ser sinceros, no están en mejores condiciones; encontrarle sentido a dependencias como la Dirección de Cultura, que mucho le cuestan a los contribuyentes de la comarca y tan poco le reportan; revertir el despoblamiento que Guadalajara padece desde hace por lo menos un par de décadas, comenzando por el primer cuadro de la ciudad, y entre muchas otras cosas, devolver la tranquilidad que las legiones de tapatíos perdieron hace muchas lunas y otros tantos soles.  l