En la redacción de un noticiario matutino de televisión, un reportero intenta concentrarse en la nota que trabaja y de la cual tiene sólo el título: “En un baldío encuentran dos cabezas de niñas”. Sus compañeros están arremolinados en torno a las pantallas y deben estar generando un ruido que él no escucha porque tiene puestos los audífonos, mismos que se quita cuando ve venir a su jefe con cara de alarma, ordenándole:
–Te vas a Nueva York ahora mismo. Denle equipo, un teléfono, dinero y coche, no hay aviones a Estados Unidos.
El 11 de septiembre 2001 él apenas se entera de lo que todo mundo ve en las pantallas: dos aviones estrellándose contra las Torres Gemelas de Nueva York. El pánico se apoderó del planeta, es inminente –dicen– la Tercera Guerra Mundial.
Mario inicia entonces un viaje a bordo de un Dodge rojo, cuya primera escala es Paseo de la Reforma, donde lo rodean mujeres y hombres desnudos que dejan el sudor de su piel en el parabrisas y en el cofre, donde pintan sus demandas. Cuatro días después llega a Nueva York y al fondo de la memoria, la propia y la de muchos de nosotros.
La historia es narrada con filo punzante por Gastón García Marinozzi, periodista y escritor argentino radicado en México, en Viaje al fin de la memoria (Tusquets, 2015; Colección Andanzas).
No es un viaje sin pies ni cabeza: para llegar a Nueva York, Mario se vale de un mapa, y las cabezas ruedan una tras otra a lo largo de las páginas. Es a fin de cuentas la memoria de una guerra o de varias guerras; la que cree vivir el mundo por la locura de los fanáticos de la religión enfrentados a los fanáticos de las armas, y la guerra que cada uno guarda en su propia historia de vida:
–Todos somos un avión a punto de estallar –dice el autor.
Mario es argentino y es hijo del exilio. Como tantos otros periodistas extranjeros vive aquí y allá. Poco a poco ha ido perdiendo el sentido de su nacionalidad. En su ruta recoge a Merisi en Ciudad Satélite, un periodista italiano a quien un mundo sin guerras no se justifica si eres reportero.
Es un miembro de esa tribu de periodistas que recorre el mundo tras las guerras que les dan historias e imágenes que traducen en dólares para sobrevivir y comprar más adrenalina, esa dosis tan necesaria para de verdad vivir. Merisi cayó en Chiapas seducido por la guerra de los zapatistas, se enamoró, se aburrió y creyó en el retiro. Los aviones de Wall Street (piensa) le devolverán la vida.
Se cree descendiente de Caravaggio, el pintor italiano con quien comparte, además del nombre, su predilección por elegir modelos entre prostitutas, chicos de la calle o mendigos para posar en los lienzos religiosos del pintor o en los retratos del reportero gráfico.
La cabeza de San Juan, cercenada para entregarla en una charola a Salomé –escena pintada por Caravaggio– forma parte de esa hilera de cabezas que van cayendo en la memoria de los personajes del viaje a la memoria. Aparecen las dos cabezas de niñas halladas en un bosque adonde el reportero de televisión es conducido por una mujer que aparentemente busca justicia. Hay cabezas de argentinos y otros sudamericanos asesinados o muertos en explosiones de la guerra sucia, hay cabezas caídas en las guerras de la Europa Oriental, en Centroamérica, en México.
En Reynosa, Mario y Merisi recogen a Alberto (Beto), un camarógrafo de televisión que huyó de la violencia cotidiana que viven los periodistas de la Ciudad de México, cansado de retratar una cabeza en un lado y los restos del cuerpo en otro. Harto de vivir de un sueldo que lo obliga a seguir a personajes que otra cabeza llena de miedos hace espiar, Beto se ha instalado en la frontera para vivir de los videos y fotos tomadas en bodas, bautizos y quince años.
Alberto se sube al Dodge rojo con los ríos de sangre que corren por su propia memoria y aportará elocuentes pausas de silencio a la historia.
Mario vuelve una y otra vez a Argentina para recrear su infancia y la guerra que se los robó virtual y físicamente. Va a Houston para recordar su primer contacto manual con el sexo. Merisi vive su tormenta en el Golfo y en el Atlántico y en el Pacífico que no lo dejan en paz, ni la quiere; mientras Beto trama su escape de la memoria de los demás.
En el ir y venir de la novela caen reflexiones profundas sobre lo extranjero que hay en cada migrante, en cada exiliado, no importa de dónde vengan ni a dónde vayan. Hay también una mirada cruda, desinteresada, sobre México y los mexicanos. Yo me quedo con ese tono de la novela, un texto para reflexionar, para disfrutar la prosa como acicate de la memoria, del cerebro.
El texto fue trabajado a conciencia por el autor. La novela se lee como si uno estuviera en el cine, a oscuras, con la música a todo volumen, con los flash backs y los retornos a la realidad que se parece a la de todos los días.
El viaje por los salvajes caminos de la memoria es envuelto por las letras, guitarras y voz de Lou Reed, quien clandestinamente lleva a los periodistas por una ruta de terciopelo que anima sus recuerdos más temidos.
Suba el volumen y lea.








