Estado de shock

PARÍS.- Los sobrevivientes del sangriento ataque contra Le Bataclan a duras penas logran contar lo que vivieron en esa mítica sala de conciertos donde se presentaba el grupo rockero Eagles of Death Metal, de California.

Algunos lograron esconderse en los baños del inmueble. Otros alcanzaron el ático. Los más pasaron horas tirados en el piso a la espera de la muerte.

Se habla de cuatro hombres con rostros descubiertos y metralletas kaláshnikov disparando por doquier y gritando ¡Allahu akbar! (¡Dios es grande!).

Millones de franceses pegados a las pantallas de sus televisores escucharon el viernes 13 por la noche los testimonios de estos ciudadanos trastornados, sus voces quebrantadas, sus palabras confusas, su terror.

Una vez más, los yihadistas atacaron Francia. Y ahora le asestaron golpes de una violencia jamás alcanzada.

En pocas horas, la Ciudad Luz cambió de rostro. El viernes 13 era muy festivo. No llovía ni hacía frío. Las terrazas de los cafés y de los restaurantes de los distritos 10 y 11, en el muy movido este parisino, estaban llenas.

De repente un individuo empezó a disparar contra los clientes de un restaurante camboyano; otros abrieron fuego en una calle también llena de restaurantes, al tiempo que otro grupo asaltaba Le Bataclan y varios kamikazes explotaban con sus bombas cerca del Estadio de Francia, en el que la selección gala disputaba un partido amistoso con la de Alemania.

Policías y militares se desplegaron de inmediato en toda la ciudad concentrándose en los barrios afectados. Las autoridades ordenaron a los parisinos quedarse en sus casas, y a quienes estaban en la calle los urgieron a regresar de inmediato. Y todos obedecieron.

Cinco líneas de metro dejaron de circular; lo mismo pasó con los autobuses. Los uniformados cuidaron las salidas de teatros, clubes nocturnos y salas de cine. Exigieron a los parisinos apurar su retorno a casa. No tuvieron que insistir mucho: las redes sociales habían difundido noticias del caos y el miedo ya se había apoderado de la ciudad.

Las personas que se encontraban en los cafés y los restaurantes cercanos al lugar de los atentados tuvieron que esperar durante varias horas la autorización para salir de los establecimientos. Y cuando por fin lo hicieron, no encontraron transporte para regresar a sus hogares. Las redes sociales entraron de nuevo en juego y organizaron algo inédito: ofrecieron hospedaje a los náufragos de esa noche de terror.

La suerte de los asistentes al Bataclan fue distinta. Las fuerzas especiales de la Policía Nacional lanzaron el asalto contra el establecimiento a la media noche y liberaron a centenares de rehenes cuya identidad fue sistemáticamente checada. Muchos hombres tuvieron que salir en camiseta o con el torso desnudo, ya que la policía buscaba posibles cómplices de los terroristas.

Empezó muy pronto una siniestra ronda de ambulancias que trasladaron a la morgue 80 cuerpos como mínimo, mientras que decenas de heridos fueron internados en distintos hospitales. Al cierre de esta edición se hablaba de más de 120 muertos. Nadie se arriesgó a dar cifras oficiales de los heridos.

En los alrededores del Bataclan, equipos de psicólogos atendieron a espectadores que entraron en shock. Los más afectados fueron también hospitalizados, mientras que autobuses llevaron a quienes lo deseaban a sus respectivos domicilios.

Poco tiempo antes de dar la orden de tomar el Bataclan por asalto, el presidente François Hollande pronunció un breve discurso que fue transmitido por la televisión. Anunció que Francia cerraba sus fronteras, declaró el estado de emergencia en todo el país y pidió firmeza y solidaridad ante el horror. Horas después confirmó que los ataques fueron perpetrados por el Estado Islámico.

A las cuatro de la mañana del sábado 14 los periodistas que reporteaban en las calles de la Ciudad Luz comentaron que jamás habían visto a París tan vacío, tan lúgubre, tan oscuro, tan tenso.

París duerme muy poco. Y los fines de semana menos. Siempre hay noctámbulos que vagabundean felices o ebrios en busca de una café abierto para una última copa o un triple expreso.

En esa noche del viernes 13 al sábado 14 París tampoco durmió. La ciudad veló sus muertos en silencio. Y sin duda, muy pronto se levantará una vez más para vencer el terror que busca inspirarle el Estado Islámico. l