Antes de pasar adelante, aclaro que el sustantivo que da título a este escrito es utilizado por los colombianos para designar a la mariguana. Y como ésta se nos va a volver más popular de lo que era, saliendo de las sombras, habrá que ir poniendo a circulación otras denominaciones.
De pronto la maracachafa se volvió tema por abordar en cada rincón del país. La sentencia al amparo en revisión 237/2014 (uso recreativo de la mariguana), dictaminada hace días por la SCJN con cuatro votos a favor y uno en contra, abre la puerta para que el asunto sea revisado desde todos sus flancos posibles. El asunto mantenía urgencia de tratamiento. No se le podía aplazar más. Tan sólo pensar en la cuota de sangre reconocida, cuya cifra frisa las 100 mil muertes, desde que Calderón desató su guerra contra las drogas, es factor más que suficiente para que los juristas del país, los médicos, los políticos, los líderes de opinión y en general todos los ciudadanos nos exigiéramos un debate a fondo, con el propósito de encontrar una salida al túnel.
Cuando este redactor era infante le pasó, como a millones de paisanos, que los profes le hicieron aprender y recitar el edicto de Hidalgo de la abolición de la esclavitud. El dato no tiene relevancia, salvo que a mi mente infantil le resultaban extrañas las proclamas que acompañaban al de la esclavitud. Se libera, aprendíamos, el empleo obligatorio del papel sellado. Se permite fabricar la pólvora. Debe ser libre el vino y demás bebidas prohibidas. Se libera la siembra, cosecha, comercio y consumo del tabaco. Se cancelan los estancos de colores y demás exacciones de bienes, de cajas de comunidad… y más cosas.
¿Cómo, preguntaba mi curiosidad imberbe, el cura Hidalgo le daba tal importancia a las bebidas y al tabaco? ¿Por qué mezclar asuntos de tanta monta como el tráfico de seres humanos con el de las botellas de vino, la siembra de tabaco o la elaboración de cigarros? En alguna ocasión elevé mis dudas a mis mentores, en los términos que daban alcance mis entendederas de entonces. No recuerdo haber recibido respuesta satisfactoria alguna. Es una de las muchas dudas que no resolví. Seguí creciendo y sólo el tiempo y el roce con estudiosos más especializados trajeron luz a estos fosos oscuros de mi infancia.
Confieso que ahora se me reviven parecidos sentimientos en torno al tema de la legalización de las drogas. No mantiene claridad para la gran mayoría de paisanos. Hasta ahora la tónica imperante sobre los estupefacientes, benéficos a la salud o no, ha sido la de la satanización. La perspectiva que deriva del combate a su uso, a su producción y tráfico, no remite a otra visión que no sea la de su condena. Hasta el día de hoy, mafufo es sinónimo de transgresor. Mula, burro, comerciante clandestino de yerba (no se diga de otros alucinantes), es sinónimo de delincuente. Hasta el día de hoy consumidores, productores y distribuidores de drogas se desplazan en lo oscuro, en los caños, por los drenajes de nuestras ciudades. Se trata de actividades ilícitas, perseguidas, combatidas. Hasta hoy todo contacto con la cannabis es estigma y demonización.
De pronto el tribunal máximo del país da un vuelco en sus posturas y espeta sin miramiento a los poderes constituidos que han estado equivocados en su práctica punitiva y que obliga la revisión. ¡Obliga la revisión! La reacción de las autoridades y del público tiene que ser la misma, de sumo desconcierto y confusión, que experimentaban antaño las muchachas. Desde niñitas se les repetía en todos los tonos que el coito era el peor pecado, el más punible de todos, al grado que no alcanzaba perdón alguno. De manos a boca, ante el altar, la mamá les hacía saber que podían cambiar de libreto, ir plácidamente al tálamo y satisfacer eróticamente a su marido. Para eso se habían casado.
Así andamos todos por ahora con esto del cambio de perspectiva sobre el tema de la mota. La recomendación prima tiene que ir aparejada al punto de hacer a un lado todos los prejuicios y satanizaciones que en su torno se tejieron con ya tantos años de prohibición y persecución. Las autoridades constituidas tienen que elevar un mea culpa público y reconocer que estuvieron equivocadas. No saben hacerlo. Pero van a tener que ir aprendiendo, porque no es la primera vez que los acontecimientos los ponen contra las cuerdas y los exhiben. Como la cuota de circo, que exhibe la arena pública, exige siempre sangre y descabelle, ellos no sólo crean víctimas, sacan de sus mazmorras los chivos expiatorios que necesitan. Les inventan cargos, les reconstruyen las historias nefastas más increíbles. Todo esto con el fin de satisfacer el morbo de los espectadores en tribuna. Uno de sus expedientes favoritos es el cargo del contacto con el mundo de las drogas. Drogadicto, narcotraficante, malandrín, criminalizable, sujeto digno de paredón.
Eso tiene que frenar ya y cambiar. Como en los tiempos de don Miguel Hidalgo, en los que estaba prohibido producir y traficar con el vino, con los mezcales, con los tabacos. Su olfato político le reveló que íbamos mal orientados, que era ruta que nos llevaba al averno. Decidió asentar en sus edictos principales el cambio de ruta, liberarnos de las malas perspectivas para llevarnos por derroteros más sensatos. Eso sí. Le metieron números caros. Los impuestos al tabaco y a los alcoholes dieron a los gobernantes que vinieron después de él materia de arancel suficiente para desempeñar su papel de gobernantes. Los cultivos de enervantes se convirtieron en una mina legal. Tal vez ahora vayamos a transitar por las mismas pistas. Mota, coca, heroína, morfina y muchos otros fármacos, entrarán a la distribución y al consumo generalizado, no más penado, aunque sí debidamente regulado. En su regulación, aplicará la transfusión de recursos para las arcas del erario, que siempre parecen barril sin fondo.
Viniendo a casa, hay que decir que no es malo el momento ni las observaciones de lo que se está haciendo, las medidas que se van a tomar sobre el tema, para que el nuevo equipo del ayuntamiento tapatío encabezado por Enrique Alfaro, le entre a una zambra similar y le encuentre una salida airosa al viejo problema del ambulantaje en la ciudad. Los ayuntamientos pasados capotearon el problema. Lo dejaron vivo. Alfaro se comprometió a zanjarlo de raíz. No se concluirá en un día. Las lecciones que arroje el nuevo trato a las drogas, hasta hoy tipificadas con cartas penales, pueden dar luz clara al manejo del comercio informal en el centro tapatío. No alcanza éste las dimensiones de delincuencia, pero se roza con intolerancias e incomprensiones semejantes. Ojalá empiece ya la racionalidad a imponérsenos en todos nuestros horizontes. l








