Francisco Toledo: “Duelo”

Espléndido como pintor, grabador y escultor en cerámica, el también defensor del patrimonio cultural y natural de Oaxaca, Francisco Toledo (México, 1940), nunca había vinculado la práctica artística con su activismo político.

Creador de un bestiario fantástico que concentra su devenir en el  insolente y escatológico placer erótico de la sexualidad, Toledo ha destacado por una narrativa lúdica en la que insectos y animales conviven en atmósferas de sutiles y sensuales cromatismos.

Magistral en la hibridación de estéticas prehispánicas, mítico-rurales y contemporáneas, Toledo se caracteriza por una poética atemporal en la que sapos, changos, murciélagos, chapulines y lagartos se convierten en habitantes protagónicos de un universo en el que no existe ni moral, ni bien, ni mal. Cínicos, burlones o hieráticos, estos seres viven en la potencia espiritual de la sexualidad reproductiva.

Adolorido por la situación de violencia que se vive actualmente en México, Toledo, inspirado en los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, incursionó durante 2015 en el territorio del arte político. Con una iconografía que remite a la exposición de escultura en cerámica presentada en 2006 en el Antiguo Palacio del Arzobispado, el prestigiado artista transmutó la transgresora y humorística sensualidad de su bestiario en una dramática agresividad cromática y textural.

Con seres vivos pero lastimados, sometidos o torturados, los habitantes de su mundo fantástico se acompañan de seres humanoides desfigurados y ensangrentados que, con fisonomías cercanas a las tridimensiones prehispánicas, se distinguen por una gorra, un zapato o una oreja cortada y acompañada de un machete.

En estas obras, la vida ya no se reproduce. El enorme sapo que antes eyaculaba descaradamente al masturbarse con la mano de un metate, ahora sólo puede sostener enormes huevos tan quemados como los chapulines que se enciman para sostener una estructura indefinida.

Invadida de tonos rojizos que remiten a la sangre derramada, la exposición que se presenta actualmente en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México bajo el título de Duelo, se integra con objetos ceremoniales como urnas y platos que, a manera de ofrendas, presentan el sacrificio de despojos humanos, ya sean huesos, una mano, un ser descarnado o un zapato que deja testimonio de la huida de una persona.

Notoriamente expresivas y dramáticas por la accidentada texturalidad del barro, las piezas, oscilantes entre poéticas prehispánicas y populares, no manifiestan muerte o deterioro. Por el contrario, remiten a una vida herida y adolorida que, al igual que México, no parece tener esperanza o solución.

Sobresaliente como arte político por su ausencia de panfletismos, la exposición devela el doble discurso de la política cultural del presidente Enrique Peña Nieto. Con un solo texto de sala que, firmado por la directora del MAM, Silvia Navarrete, se enfoca en la técnica omitiendo el tema central de la muestra, la exhibición, por la contundencia de su narrativa, se impone como un grito ante el silencio de la institución.