Tras la muerte de su hermano y compañero Diego (Nahuel Pérez Biscayart), Lupe (Elena Anaya), una roquera famosa, vive confinada en casa con Pancho (Cristian Bernal), su hijo adolescente, y su madre mexicana, Paquita (Angélica Aragón). Hasta ahora la abuela se ha hecho cargo del chico, pero tras enterarse de un diagnóstico fatal, decide traer al hijo difunto a que la ayude con la hermana.
El mundo de los vivos es poroso, los muertos entran y salen para resolver pendientes con sus deudos. Todos están muertos (España-México-Alemania; 2014), primer largometraje de Beatriz Sanchís, es un drama doméstico que recurre con desenfado al realismo mágico, sin justificarse. No queda mal. El tono sentimental toma cuerpo en la fantasía hecha realidad, como si la única manera de salir del cerco materno fuera recurriendo a la magia. México funciona como el lugar legendario del sentimiento y la comunicación directa con lo sobrenatural; Sanchís hace a un lado la sátira de Almodóvar, se queda con el romanticismo y prefiere un humor más fácil.
Paquita es una matriarca discreta; sus caséts de música ranchera, ceremonias de muertos y limpias con huevo, le hacen llevadera la vida en esa ciudad, Madrid, que encuentra fea. Pancho, narrador de la historia, entiende a la abuela y el mundo al que pertenece; lo que no sabe es cómo ajustarse en la vida, carente de padre y con una madre que no puede asumir su maternidad. Juguetea que con la música, sin tener mucha idea de la implicación de tener una madre que fue una leyenda del rock.
Elena Anaya recuerda un tanto el estilo de Victoria Abril de joven, sabe mostrarse vulnerable pero sorprende con su fuerza; se requiere una actriz de talento para convencer al público de los males que padece, desde agorafobia, culpa, rechazo a la música, hasta la obsesión de preparar tartas de manzanas. El realismo mágico en el cine o en la literatura puede actualmente tener un gusto muy rancio; Sanchís muestra que en el fondo no ha perdido su vitalidad; una de las ventajas que ofrece esta técnica de los maestros de la novela latinoamericana es que instala el mito en lo cotidiano. Lupe no racionaliza, sólo vive las cosas; lo importante no es que Diego aparezca y necesite sus botas de regreso, sino la razón por la que vino del más allá y lo que tiene que decir.
El espectador de Todos están muertos no tiene tampoco mucho que explicarse, o acepta la premisa y disfruta las apariciones, la intriga y los densos secretos familiares, o se aburre y exaspera con una película que no logra definir su género, y trata a la ligera temas que el cine europeo tomaría con mucho cuidado. Si se toma por el lado fácil, la historia intriga desde el comienzo, los personajes se hacen entrañables, la risa es ligera y el sabor agridulce.
En el fondo, el hechizo de lo mexicano funciona porque aquí engarza con la leyenda negra del rock; Lupe y Diego son roqueros malditos; Groenlandia, el grupo que formaron, evoca la década de los ochenta; el cuarto escondido donde se hayan el sintetizador, los discos de vinil y demás parafernalia, se abre mágicamente como una cripta. l








