La megalomanía de Javier Marín

Las cédulas de sala y los logotipos de los patrocinadores son lo más interesante de la exposición que presenta el escultor Javier Marín, Expo Terra. La materia como idea, en el Palacio de Cultura Banamex, en la Ciudad de México. No es ironía. A través de estas imágenes se puede ubicar la verdadera significancia de la firma Javier Marín.

Exageradamente consentido, consumido y demandado por un mercado de gustos simplistas –con base en esas cédulas, todas las obras, con excepción de las monumentales que no tienen referencias, pertenecen a colecciones o compradores particulares–, Marín es un escultor que si bien tiene los suficientes medios económicos para auto-promoverse y financiar sus exposiciones, no cumple con la calidad creativa necesaria para considerarse un artista de primer nivel. Los patrocinadores son la Fundación Javier Marín, la galería Terreno Baldío, que comercializa sus piezas, y Fomento Cultural Banamex.

Con una trayectoria similar a la del escultor Sebastián (México, 1947), Javier Marín destacó en sus inicios como un extraordinario escultor emergente, se desarrolló en su trayectoria media como un repetitivo y rebuscado creador, y actualmente sobresale por confundir, al igual que Sebastián, lo grandote con lo monumental.

Perteneciente a la interesante generación de escultores en cerámica que destacó en la primera mitad de la década de los noventa, Marín (Uruapan, Michoacán, 1962) se caracteriza por una estética posmoderna de apropiación y resignificación de lenguajes clásicos de fácil decodificación: manieristas, barrocos, prehistóricos y griegos antiguos.

Con una pésima museografía que no cuida la relación entre cédulas y obras, la muestra, constituida con aproximadamente 90 realizadas en barro entre 1984 y 2015 –las más recientes combinadas con resinas–, está diseñada a partir de una endeble propuesta curatorial que, sin éxito, trata de sustituir la retinalidad de las piezas por un concepto que convierte a la materialidad en la idea central de la producción.

Sobresaliente de 1992 a 1995 por las sensuales contorsiones de los cuerpos mutilados, dolientes y eróticos de robustos rostros y referencias manieristas –que unían sus fragmentos con grapas que enfatizaban el falso y romántico deterioro del barro–, Javier Marín decayó a lo largo de los años en una poética centrada en la exageración y obscenidad de su propio lenguaje.

Dividida en cinco núcleos que interpretan la obra a través del accidente de las formas, el trabajo colectivo –la participación de sus trabajadores en la producción–, la intervención como gesto de libertad –vasijas en talavera que reproducen lenguajes de la antigüedad griega– o como cambio de destino –conversión de ollas de piñatas en urnas funerarias–, y la transgresión –mezcla de cerámica artesanal con resina poliéster–, la exhibición descubre a un personaje megalómeno que no sólo ha incrementado hasta el absurdo la escala de sus esculturas sino que, también, ha expandido su auto-revisión de carrera a otras dos muestras que, bajo el título de Corpus Terra, invaden la Plaza del Seminario y, próximamente, el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Por tratarse de espacios financiados con recursos públicos, estas dos últimas presencias exigen una normativa que regule la subordinación de las instituciones gubernamentales al capricho de los patrocinios privados.