Un atentado prevenible

El sábado 10, dos terroristas suicidas atentaron contra una marcha pacifista organizada por sindicatos y partidos políticos de izquierda en Ankara, la capital de Turquía, con saldo de un centenar de muertos. Fue el mayor atentado de la historia del país, cometido –de acuerdo con los primeros indicios– por una célula del Estado Islámico. Las investigaciones policiacas y periodísticas ponen en evidencia las graves negligencias del gobierno turco, dispuesto a hacerse de la vista gorda con los grupos yihadistas con tal de derribar al régimen de la vecina Siria.

ADIYAMAN, TURQUÍA.- El día que nacieron los gemelos Omer y Mahmut, la casa de la familia Dündar se llenó de alegría. No eran los primeros vástagos del matrimonio –antes habían tenido siete hijas–, pero sí los primeros varones, y en estas tierras la llegada de un niño es siempre signo de buen agüero.

Pero, por el contrario, los dos gemelos del señor Mehmet, un humilde funcionario retirado, no harían sino traer desgracia y oprobio a la familia. Hoy están en la lista de los hombres más buscados del país.

Omer y Mahmut Dündar crecieron en esta ciudad, situada donde la meseta de Anatolia se encuentra con la cuenca alta del Éufrates y comienza la región kurda de Turquía. Es una tierra árida que apenas da legumbres, trigo, tabaco; de hogares pobres –un quinto de las familias gana menos de 175 dólares al mes– y sólo rica en congregaciones religiosas.

La provincia ha sido siempre conocida por la presencia de jeques y órdenes sufíes ultraconservadoras fomentadas, según algunos, por el propio Estado turco para luchar contra la influencia del nacionalismo kurdo de origen marxista.

Pero Mehmet Dündar no era amigo de asistir a la mezquita –era, de hecho, un votante de la izquierda kurda– y jamás educó a sus hijos en la religiosidad musulmana, más allá de un par de cuestiones básicas.

La radicalización de los gemelos Dündar, según el abogado de la familia, ocurrió mientras éstos asistían a un curso preparatorio para la universidad. Abandonaron sus estudios y a inicios del verano de 2013 viajaron a Siria. Entonces, el Estado Islámico (EI) aún no había copado los titulares de la prensa y luchaba contra el régimen del presidente sirio Bashar al-Asad, entremezclado en la amalgama de grupos rebeldes y yihadistas apoyada en mayor o menor medida por los Estados sunitas de la zona –Turquía, Arabia Saudita, Qatar– y de la OTAN.

Alarmado, Mehmet Dündar acudió a la policía y alertó a los medios de que en Adiyaman se estaba reclutando a yihadistas. Casi nadie le prestó atención, así que él mismo se introdujo en Siria hasta dar con sus hijos, a quienes convenció de regresar al hogar. Lo hicieron, pero desposados con dos mujeres –una turco-alemana, la otra rusa– que también habían acudido a Siria para participar en la yihad.

“Cuando regresaron, su padre y yo fuimos a la policía y pedimos que, por favor, detuviesen a los gemelos. Pero la policía sólo les tomó declaración y los dejó en libertad”, relata el abogado Osman Süzen: “¡Ojalá los hubiesen encarcelado! ¡De esa manera no habría ocurrido la masacre de Ankara!”.

“Los Dokumaci”

La historia de los gemelos Dündar se entrelazó a inicios de 2014 con la de Orhan Gonder: “Un joven sociable y ejemplar”, según sus parientes.

Procedía de una familia aleví –una comunidad musulmana muy heterodoxa, tradicionalmente marginada por la mayoría sunita de Turquía–, pero comenzó a sentirse atraído por el Islam sunita más radical cuando, a los 17 años, estudiaba en una academia privada, preparándose para los exámenes de entrada a la universidad. “Creemos que fue por influencia de un profesor, pero jamás conseguimos dar con él”, asegura su primo Ercan Gonder.

Orhan Gonder se unió al grupo en el que participaban los gemelos Dündar, los hermanos Alagoz –quienes también habían estado en Siria– y otros muchachos; en total, más de una veintena de jóvenes de entre 17 y 25 años, dirigidos por un tal Mustafa Dokumaci, cuyo teléfono había intervenido la policía tras descubrir que viajaba asiduamente a Siria y mantenía lazos con Al Qaeda y el EI.

El grupo comenzó a asistir a rezos en mezquitas, pero fueron expulsados por sus teorías extremistas. “Son gente sin educación a las que les han lavado el cerebro. El Islam es una religión de paz, pero algunos interpretan erróneamente el sentido de la yihad”, explica a Proceso el imán de una de las mezquitas que frecuentaban.

Luego, el grupo de “Los Dokumaci” –como los llamaron– comenzó a reunirse en casas hasta que abrió una tetería de nombre Islam, en una bocacalle del destartalado centro de Adiyaman. Sus vecinos aseguran que nunca consiguieron averiguar mucho, pues Los Dokumaci “se reunían de noche”. Allí hablaban sobre su concepción de la religión de Mahoma, de la lucha contra los infieles y los sufrimientos de los hermanos sirios. Un adoctrinamiento en toda regla que no pasó inadvertido por sus familiares.

“Supe que allá llegaba también gente de otras provincias, barbudos cargando mochilas militares. Así que nos comenzamos a preocupar seriamente por Orhan”, relata su primo.

El carácter de Orhan Gonder fue cambiando gradualmente. Primero empezó a no querer sentarse con mujeres –él, que antes defendía la igualdad entre sexos–. Empezó a leer libros sobre yihadistas en las guerras de Afganistán y Chechenia. Se dejó la barba. Cambió la vestimenta. Comía menos y se pasaba el día entero rezando en casa. Pero no quería conversar sobre la transformación que estaba sufriendo. “No hablaba, ni siquiera con el psiquiatra al que lo llevamos. Era una pared”, lamenta Ercan Gonder.

Incluso, en una ocasión trató de ­suicidarse.

La radicalización del joven se aceleró en septiembre de 2014. Gritaba a sus padres que eran unos “infieles” y les recriminaba que no rezaran. El joven Orhan, un chico enclenque y sin valor, vivía una lucha interna, debatiéndose entre el amor de su vieja familia –destrozada por la mutación que estaba viendo en su hijo– y su grupo de adopción.

Los genios batallaban en su interior, hasta que uno finalmente triunfó. Ercan se dio cuenta un día en que discutieron: él, un panadero de hombros anchos y fuerte complexión, estaba dispuesto a pegarle por sus palabras en defensa del yihadismo, pero Orhan no reaccionó. “Estaba en absoluta calma, como si hubiese tomado una droga”, relata.

Apenas un mes después, el 13 de octubre de 2014, desapareció, y junto con él, el resto de Los Dokumaci. “Lo denunciamos a la policía, al fiscal, no quedó un lugar al que no fuésemos”, relata ahora su madre transida de dolor. Pero esta vez tampoco la escucharon.

La familia Gonder no se dio por vencida y, a través de un contacto, consiguió ubicar a su hijo en Tel Abyad, una ciudad de Siria entonces en manos del EI. Se había visto a los jóvenes pasear en moto y armados con pistolas. El contacto intentó acercarse a hablar con Orhan Gonder, pero entonces fue detenido y amenazado de muerte por la policía del EI. También en Adiyaman la familia de Gonder recibió amenazas.

El 6 de junio la familia Gonder recibió una llamada de la policía que les pedía acudir a Diyarbakir, a 200 kilómetros de Adiyaman. Orhan estaba allí, detenido como principal responsable del ataque con bombas contra un mitin del Partido Democrático de los Pueblos (HDP, de corte progresista y nacionalista kurdo). Cuatro personas murieron y más de 100 resultaron heridas.

Era sólo el inicio del despertar de la célula formada por los jóvenes de Adiyaman, a la cual, según los expertos, el EI instruyó en el manejo de explosivos y en infiltrarse en Turquía para cometer atentados.

Apenas había pasado un mes cuando en la también kurda localidad de Suruc y en medio de un acto organizado por un pequeño partido de izquierda, Seyh Abdurrahman Alagoz se hacía explotar llevándose por delante la vida de 33 jóvenes. Era el 20 de julio.

Tras ese atentado, que conmocionó al país, el gobierno del islamista moderado Ahmet Davutoglu anunció su particular “guerra contra el terrorismo”. Accedió a abrir las bases del país a los aviones de guerra de Estados Unidos que bombardean al EI en Siria y el ejército turco se sumó a los ataques. Se practicaron centenares de detenciones. Pero hicieron falta pocos días para darse cuenta de que el objetivo de las operaciones militares y policiales eran más los rebeldes del grupo armado kurdo del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) que los del EI.

Una fuente del Ejecutivo consultada por el reportero se defendió alegando que también se ha actuado contra los yihadistas –“se han desarticulado multitud de células del Estado islámico”–, pero lo cierto es que “en Turquía hay más gente encarcelada por tuitear (contra el gobierno) que por ser del EI”, subraya Sezgin Tanrikulu, diputado de la oposición socialdemócrata.

El atentado en Ankara el sábado 10 pondría de relieve que lo hecho por el gobierno había sido, desde luego, insuficiente.

Negligencia sospechosa

Según la reconstrucción de los hechos, los terroristas –Yunus Emre Alagoz, hermano del suicida de Suruc, y un “extranjero” aún no identificado– cruzaron desde Siria a la provincia de Gaziantep y de allí viajaron en un vehículo privado a las afueras de Ankara. De allí tomaron un taxi hasta el centro y, como era aún temprano, aprovecharon para hacer un último desayuno antes de inmolarse en la marcha pacifista, matando al menos a 102 personas.

La oposición aún se pregunta cómo, en un Estado donde los servicios secretos y la policía tienen intervenidas decenas de miles de líneas telefónicas, los suicidas pudieron recorrer medio país sin ser detectados.

“¿Cómo pudieron llegar hasta Ankara sin ayuda? Eran simples jóvenes que no sabían ir solos de una ciudad a otra”, inquiere el jefe local del HDP, Abuzer Kucukkelepce.

“Al menos desde junio se conocía la identidad de todos estos jóvenes”, recuerda el abogado de los gemelos Dündar, Osman Süzen, haciendo referencia a una lista filtrada a la prensa por las fuerzas de seguridad en la que aparecen los 21 posibles terroristas suicidas del grupo de Los Dokumaci.

El primer ministro Davutoglu reconoció que el gobierno tiene en su poder dicha lista, pero “no se puede hacer nada (contra ellos) a menos que cometan una acción criminal”, pues Turquía es “un Estado de derecho”. Una afirmación que enerva a Süzen, quien recuerda los cientos de izquierdistas y nacionalistas kurdos que han sido detenidos y encarcelados en este país por “la más mínima sospecha”.

De hecho, sobre estos tres atentados cometidos por la célula de Adiyaman siguen pesando importantes interrogantes que revelan graves negligencias por parte del Estado.

Por ejemplo, ha trascendido que la Fiscalía de Adiyaman abrió una investigación acerca de los posibles vínculos del grupo con Al Qaeda, pero la cerró meses antes de los ataques terroristas diciendo que no había pruebas suficientes, pese a las denuncias de las familias de los jóvenes desaparecidos alegando lo contrario.

Igualmente, fuentes de seguridad citadas por la prensa local aseguran que, tres días antes del atentado, la Dirección General de Seguridad de Ankara recibió información de inteligencia alertando sobre un ataque contra la marcha pacifista del 10 de octubre. Pero esa instancia no tomó ninguna precaución. Es más –al contrario de lo habitual en Turquía–, ese día la presencia policial en los alrededores era escasísima.

Orhan Gonder, el único autor de los atentados que no se suicidó, es una pieza fundamental para reconstruir el rompecabezas. Según le explicó a su primo Ercan una vez detenido, él no fue quien colocó las bombas de Diyarbakir, sino que se limitó a entregar un paquete, del que desconocía su contenido, a otra persona. “Asegura que fue utilizado por la policía”, explica Ercan.

De hecho, cuatro días antes del atentado Orhan fue detenido en Diyarbakir por la policía militar, acusado de haber evadido el servicio militar; pero quedó en libertad poco después, pese a que su nombre estaba en varias bases de datos gubernamentales de desaparecidos y posibles miembros de organizaciones terroristas.

Aunque ya ha pasado más de cuatro meses en prisión, la familia de Orhan Gonder desconoce cuándo se celebrará su juicio. Tampoco lo saben las familias ni los abogados de las víctimas de los atentados de Diyarbakir y de Suruc, a los que además se ha impedido el acceso al sumario de instrucción.

“Esto no ocurre en ningún país que se considere democrático”, denuncia el abogado Süzen.

Dadas estas pistas, no es raro que haya muchos que vean la mano del gobierno en los atentados. “El culpable es (el presidente, Recep Tayyip) Erdogan, que busca un modo de mantenerse en el poder”, dice sin ambages Naci Sapan, dirigente socialdemócrata de la provincia de Adiyaman, durante un encuentro con la prensa extranjera organizado por la fundación P24.

Para Sapan, el polémico presidente turco –cuestionado por un amplio espectro de la sociedad– está detrás del reciente descenso de Turquía a una espiral de violencia, con enfrentamientos continuos entre los kurdos del PKK y el ejército y atentados yihadistas, como modo de fomentar el caos y garantizar que su partido, el islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo, que se postula como defensor de la estabilidad, gane las elecciones del próximo 1 de noviembre.

La célula de Adiyaman no es la única del EI en Turquía ni la mayor, reconocen fuentes del gobierno. Tras la detención de varios sospechosos de haber colaborado en el atentado de Ankara, la policía incautó 2 mil 500 kilos de nitrato de amonio –usado para fabricar explosivos–, 10 chalecos para ser usados por suicidas y 60 kilos de dinamita, suficientes para fabricar otras 12 bombas como las del atentado en Ankara.

En otras localidades de Turquía varios padres también han denunciado la desaparición de sus hijos a manos de reclutadores del EI; incluso en Estambul se halló un departamento donde los seguidores del fanático grupo yihadista entrenaban niños.

“La política del gobierno turco de ayudar o permitir las actividades de todos los grupos opositores a (el presidente sirio) Asad, aunque fuesen yihadistas, ha hecho que estos grupos crezcan sintiéndose seguros”, denuncia Süzen. Ahora los yihadistas se vuelven contra la propia Turquía, haciendo honor a esa frase de Hillary Clinton: “No puedes criar serpientes en tu patio trasero y esperar que sólo muerdan a los vecinos”.

“El gobierno tiene que hacer algo, porque estos chicos están por ahí sueltos dispuestos a volarse por los aires en cualquier momento”, exige el abogado de los Dündar.

Mientras tanto, la familia de los gemelos, que ha abandonado Adiyaman, vive con miedo y vergüenza, esperando con temor el día que suene el teléfono y la policía les avise que sus hijos se han inmolado.