Nuestro 12 de octubre

El 12 de octubre es una fecha a la que concurren aniversarios ruidosos. Unos resultan de alto coturno, otros no tanto. Pero es día ligado a recuerdos. El que más ámpula levanta es, sin lugar a dudas, el de la llegada de los colonizadores al continente americano. Primero fueron los peninsulares españoles, pero tras ellos aparecieron por aquí portugueses, franceses, ingleses y cuanto europeo huía del clima extremoso, de la miseria y de un ambiente de guerra interminable en sus lugares de origen. Ellos suponían emigrar a tierras de promisión.

Llegaron acá con todo y chivas, con ánimos de establecer residencia definitiva. Se asentaron aquí echando mano de harta versatilidad de modos: a la brava, mediante el despojo, mediante crímenes, nimbados de mentiras, auroleados de divinidades, imponiendo su voluntad y sus caprichos sobre los aborígenes, sin detenerse en el exterminio mismo, con tal de apoderarse del edén prometido.

En ocasión de este aniversario muchas voces reviven sus viejas páginas negras. Nos enteramos, por ejemplo, que en Madrid lo siguen festejando con paradas militares, con fanfarrias y oropel. Siguen aludiendo a la visión arcaica del descubrimiento, de la empresa civilizatoria, en la que ocupa lugar primo la evangelización de los naturales que hallaron por aquí. Por cuestionar estas posturas, al menos superficialmente, habría que calificar el sentido de semejante celebración como acrítica, pues no es creíble que esté desinformada. Culturizaron a los sobrevivientes del genocidio. Y no aluden al despojo de sus idiomas, de su cultura y de sus pertenencias básicas como el territorio mismo en que estaban parados.

Hay discursos opuestos a su celebración. El día de la raza, que así suele denominarse, topa cada vez con más frecuencia con visiones que depuran su versión idílica. La desmitificación de sus hechos brutales, la pintura de los elementos crudos, genocidas y rapaces con que fue realizada la ocupación de América por los europeos, es un paso obligado que hemos de dar todos para mirar nuestro pasado de frente, como debe ser. Las insufribles escenas actuales, que repiten ese pasado deleznable casi al pie de la letra, siguen siendo disfrazadas con harapos creíbles, como los de la “verdad histórica” sobre Ayotzinapa. No hemos avanzado mucho. Tienen como precedente la saga de la invasión europea vista como empresa civilizatoria de naturales que se mantenían al margen del curso de la historia. No podemos seguir admitiendo esta falta de correspondencia entre lo que acontece y nuestros discursos.

Andamos arrancándonos a tirones las vendas de los ojos. Pero más vale tarde que nunca. Cuando lo logremos, podremos revisar nuestros viejos cuentos, la deformación de sus aristas más enconosas, su pintura de hazaña histórica. La esquizofrenia de nuestros avatares provienen de esta dualidad insalvable: El conquistador logró una proeza épica violentando la humanidad de los vencidos, el indígena sometido. Pero los actuales americanos provenimos de ambas vertientes. Nuestra sangre está mezclada tanto del tinte con saña del que conquistó como de la penuria agostada del que fue sometido.

Los americanos llevamos en nuestras venas la dialéctica del amo y del esclavo, pergeñada por Hegel, sin solución de continuidad, lo cual esboza uno de nuestros dramas. Es la realidad de los mestizos. A nuestro lado habita un buen porcentaje de descendientes de europeos para los que no genera ni rubor esta dicotomía. Y en el polo opuesto vemos a otro buen porcentaje de descendientes las etnias que no desaparecieron. A ellos tampoco les encaja esta digresión en torno a la esquizofrenia de la sangre. Los descendientes de los nativos están libres de todas estas amarras simbólicas. No padecieron en vivo el trauma de la conquista y la humillación, pero al presente padecen las secuelas de tales tribulaciones. Los descendientes de los vencedores europeos no han cambiado de partitura de sus correrías originales, ni se la cuestionan. En esta triple revoltura nos movemos, sin hallar una brújula eficiente de entendimiento, que nos saque del atolladero.

Pero el 12 de octubre colectivo, visto como día de la hispanidad o como el gran atropello, diluye su carácter de festejo central de aniversario en algunos lugares. Uno de éstos es la perla tapatía en donde nos sirve para dos eventos rumbosos, muy propios de nuestro aislamiento intencional. El más estrepitoso se refiere al retorno de la imagen de la Virgen de Zapopan a su santuario, llevada desde la catedral metropolitana de Guadalajara. El número de acompañantes, incluidas las danzas y los romeros, siempre es reportado con cifras millonarias. Si sean registros reales o no, el hecho es que toda la actividad cotidiana se trastoca, por lo que el comercio cierra, el transporte se paraliza, las escuelas suspenden sus clases. Es un día de asueto forzoso. De la misma forma, o tal vez aprovechando que se trata de día festivo local, se festeja el aniversario de la Universidad de Guadalajara.

En 1925 varios intelectuales tapatíos, nucleados en la figura del entonces gobernador del estado don José Guadalupe Zuno, dieron el banderazo de salida para las tareas académicas en Jalisco. Éstas llevaban suspendidas más de medio siglo. El hecho se toma como día de la fundación de la UdeG. Los números hablan de un noventa aniversario. Con establecer la validez de esta fecha quedaríamos bien informados de su origen histórico. Pero luego nos meten en enredos ciertas pretensiones de magnificencia y boato. No contiene ningún demérito cumplir 90 años de estar abierta. Pero como en 1792 fray Antonio Alcalde había conseguido el laudo real para que la Nueva Galicia echase a andar una universidad en estos lares, los dueños espurios de esta institución no hallan a cuál aniversario atenerse. Aunque, la verdad sea dicha, a ellos les importa un comino navegar por esta indefinición. De haber sido fundada en 1925, la UdeG anda cumpliendo su noventa aniversario. Por remitirse a su fundación colonial en 1792, cumpliría su 223 aniversario. Pero el asunto tiene otros bemoles y urge su definición.

Si nos atenemos al aniversario reciente, hablaríamos de una universidad echada a andar por cerebros revolucionarios, comprometidos con nuestros oprimidos, los obreros y los campesinos del país, herederos de los agraviados por los conquistadores, en plan de reivindicación de su lucha secular. Si se festeja el aniversario más antiguo, estamos hablando de una universidad vinculada a los conquistadores, a los depredadores. En el primer caso estaríamos ante la visión crítica del filósofo frente al príncipe. En el segundo, frente a un gremio, el intelectual, que no mantiene compromiso con las luchas populares de reivindicación, sino que vindica más bien a los que practican el despojo, la mentira y la infamia como atributos transmisibles con ropaje de dignidad académica o universitaria. Los depredadores habrán cambiado de rostro, de procedencia étnica; pero sus legitimadores, aunque sean descendientes de los explotados, mantienen la misma caradura de cinismo y racionalización. Pero ¿quién establecerá estos distingos, aunque sea para su debate, en la actual nonagenaria y a la vez dos veces centenaria UdeG? l